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31 enero 2009
Recetas para después de una crisis
No están los tiempos para alegrías culinarias. Más bien para rescatar soluciones de la bisabuela que mitiguen ese buraco que parece tenemos en el descosido bolsillo de nuestra economía doméstica, valga la redundancia entre oikos y domus.

En aras de una pequeña contribución, no sé si sabatina, al paladar de los nickjournalistas, aunque uno no es en absoluto un ‘cocinitas’, ahí va una ahorrativa receta que resuelve con celeridad una frugal colación, no apta sin embargo para ayunos y abstinencias del rito romano.

Tal y como me la contaron, la cuento.

La base de la misma está determinada inexorablemente por una condición sine qua non a saber: que previamente se haya preparado un cocido. Y el truco, que de dicho cocido se reserve una parte de esa carne que lo acompaña. La mejor, un jarrete de vitela cuyo jugo forma parte de su caldo de sopa y que, algo fibroso entonces, trataremos de reciclar para una cena futura que además no puede hacernos perder demasiado tiempo de elaboración. Apartado del condumio, guárdese lo más desnudo posible de restos garbanceros.

Llegado el momento, córtese en pedazos finos y pequeños y para recuperar parte de su brío, añádase de esa guisa a un sofrito sobreabundante de cebolla muy picada en su punto de dorado en aceite de oliva, donde deben nadar previamente también unos taquitos de serrano jamón. Hecho lo cual, antes de que todo el aceite se empape, cásquense encima unos huevos de corral y sin batir previamente, si se tenía prisa si no también, con un punto de sal, revuélvanse en la sartén con el preparado anterior, usando un tenedor de madera hasta que cuaje muy ligeramente.


Conseguida la textura adecuada, sírvase en los platos adornados con olivas rellenas de anchoa “La Española” para hacer patria.

Este platillo sencillo y sostenible, que puede acompañarse con un tinto del año de Jumilla por ejemplo, es un económico manjar de dioses, por eso lo denomino ‘Revuelto de Júpiter’.

Aunque si no se consigue el toque exacto con los huevos, puede denominarse entonces ‘Devuelto o vómito de Júpiter’ y a lo hecho, pecho.


(Escrito por el Sr. Verle)

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30 enero 2009
Qué decir
El pasado domingo, maese Protactínio me lo advirtió en un escueto correo: que te toca tal día, prepara algo. Algo; ahí está. ¿Qué coño voy a decir?

En el largo devenir de este blog ya apenas me quedan enemigos, pues llega un momento en que incluso la pelea cansa. No es presunción: ellos están igual.

La política es un coñazo, y aunque conservo la esperanza de que esa frase haga saltar a algún entusiasta, en realidad ni siquiera la he escrito para provocar. Malgastamos años de nuestras vidas hablando de fontanería -no es otra cosa-, y empiezo a estar harto.

Cada vez estoy más convencido de que la ética es individual, pero no más que lo que llamamos moral social, que consiste en buscar la aprobación del entorno a nuestros actos y no la razón para perpetrarlos. Y si no fuera así, me la suda -y me la sopla-: no hay quien pueda evitar que haga lo que quiera hacer; eso es un hecho, esa es la realidad. Y todo el proceso civilizatorio no es más que una progresiva e imperfecta domesticación que no podrá con nosotros.

No es fácil encontrar novedades artísticas todos los días. Ayer mismo estuve en el teatro Jovellanos, en Gijón, y echaban la de siempre. Estuvo bien.

Del iPhone ya habla demasiado cualquiera; imagínenme a mí, que sólo tengo un iPod Touch. Es una máquina maravillosa, bla, bla, bla.

Así que esta es, y ya era hora, la entrada que nadie tiene motivo alguno para leer o comentar. Pasen Vds.; al fondo hay sitio. Y pongan el vídeo, si quieren, que no molestan.

(Escrito por Mercutio)

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29 enero 2009
Carne y arcilla

Bajo tierra. Largos túneles que se entrecruzan, algunos lo bastante anchos para permitir el paso de grandes bloques de piedra y vagonetas, otros apenas son transitables agachándose y rozando el casco con el techo. Voces o ruidos o silencios que se escabullen justo en el límite de la percepción. Avanzamos con las oscilantes lucernas en alto tanteando las paredes con la mano libre, Cemento, hormigón, granito, tierra, ladrillo, madera… las texturas bajo los dedos susurran historias viejas y nuevas. Al superar un recodo se abre ante nosotros una amplia cámara de techo abovedado. En el centro, la figura de una robusta matrona con un niño en brazos. Matria Matuta, Madre Creadora, terrosa y blanda.

La imagen se hace más nítida. El niño (o quizás el joven, o el anciano, o la muchacha…) está demasiado relajado, demasiado laxo. Sus propios contornos se difuminan y confunden con los de la Madre. En verdad se está disolviendo en ella, disgregándose. La Djinn se remueve inquieta y apenas es una candelilla flotando entre nosotros.


-Creía que las Matutas eran generadoras de vida, no diosas de la Muerte
-No es posible crear vida sin haber aceptado la muerte. Las Tejedoras Sombrías ya han cobrado su óbolo y yo recojo los cuerpos para devolverlos a mi matriz. Yo empapo la sangre derramada, amaso su carne, separo sus huesos, y en amoroso humus les doy el beso que les absuelve de todo pecado y todo daño, devolviéndoles la inocencia elemental.
-Tampoco estaba en mis cuadernos que por esta parte del mundo se encontraran Matutas.
-Yo soy la Magna Mater y la negra Kali, Isis la Maga y la Serpiente de Cernunnos, y soy Sechina, la mente de Dios. Yo soy la Diosa Blanca, y de mi carne mineral he creado a todos los hijos de los hombres y todos los hijos de los animales y todos los hijos de las plantas. Soy su Tumba y su Resurrección.
-A veces los crímenes de los hombres son tan espantosos que me sorprende que al morir los malvados no se retiren de sus cadáveres las aguas del mar o los dedos de la arcilla y aun el aire que los envuelve.
-Yo no juzgo a los muertos, sólo recojo sus carroñas abandonadas, Para mí, víctimas o verdugos, todos son hijos míos que vuelven a mí para descansar en la Paz. Y yo aplico la oscura alquimia para que los muertos sean purificados y os devuelvo una y otra vez los bendecidos materiales. Carbono, nitrógeno, azufre, calcio, hidrógeno…

Por toda la tierra, desde el Nilo hasta las nieves del Himalaya, los fantasmas de los muertos se hacen espesa niebla que no deja ver la luz del sol. Los falsos profetas encienden grandes hogueras con la excusa de iluminar y dar calor, y solo sirven para quemar a los que se acercan tiritando. El humo asfixia a los tristes, ciega a los viajeros, y damos manotadas en el aire intentando espantar a los espectros, pero no conseguimos nada.

-Mientras yo espero aquí abajo, con los cuerpos en lenta descomposición, a que dejéis de soñar en el mundo de los espectros y tengáis el valor de vivir con los vivos. Espero para ver a la Aurora de Rosados Dedos llenar de flores y frutos vuestras manos y que los funerales no tengan como música de fondo el retumbar de las explosiones. Os abro mi regazo para envolveros en mi berachah y colmaros de la leche y la miel. Seré Carmentis y pondré la mano en la frente de las mujeres que paren, expulsaré el hierro y el cuero de mi casa y prohibiré el sacrificio a los padres fallecidos. Mi ara estará cubierta sólo por ofrendas de pasteles y sal pura, y no volverá a ser profanado el laurel de mi patio ni arrancado el limonero.

(Escrito por Mandarin Goose)

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[0] Editado por Protactínio a las 8:00:00 | Todos los comentarios 184 comentarios // Año IV
28 enero 2009
¿Crisis económica o cambio de época?

Me temo que la crisis económica que estamos viviendo es solo la manifestación de una crisis de valores más profunda. No es ésta una opinión muy generalizada. El Googlómetro en español da 232.000 referencias para “crisis de valores” y 8.480.000 para (“crisis económica”+”crisis financiera”). En inglés, 104.000 referencias para “crisis of values” y 35.600.000 para (“economic crisis”+”financial crisis”). De manera que no solo los hispanohablantes apenas ven esa crisis de valores subyacente a la económica, sino que los angloparlantes, mucho más pragmáticos desde siempre, la ven todavía menos. Y sin embargo, sospecho que la crisis de valores está ahí abajo, explicando las cosas que acontecen.

Muchas crisis suelen tener una estructura catastrófica, según la cual cuando un sistema entra en crisis cambian de forma inesperada y rápida sus cinéticas y aparece un riesgo grave de colapso. Lo que sucede se parece al desplome de un edificio en cuyo interior estamos: el techo se nos cae encima y miramos horrorizados hacia él, ¡una crisis de techo!, gritamos, cuando lo más probable es que hayan fallado los pilares que lo sustentaban, incluso los cimientos que daban apoyo a éstos. Ya que junto a las crisis catastróficas, por debajo de ellas, hay otras, quizá las más peligrosas, que son latentes, larvadas; se están incubando, viven hacia dentro, hacen un trabajo subterráneo, gestando así las crisis catastróficas hasta que un día éstas eclosionan.

LO QUE SE VE

Estas crisis larvadas pueden detectarse por sus efectos no catastróficos en muchos aspectos de la vida cotidiana. Voy a describir algunos tal y como aparecen en España, advirtiendo previamente que mi talante no es apocalíptico ni profético. Los cambios que observamos en actitudes y comportamientos son consecuencia de que vivimos y evolucionamos, por lo que tienen siempre aspectos positivos y negativos. Algunos alcanzan dimensiones de crisis y entre ellos destaco los siguientes:

- La indiferencia de la sociedad respecto a la educación de los jóvenes. En España la educación de nuestros hijos no es un tema caliente. Intenten oír hablar de él en las conversaciones que pueden escucharse en los bares: ni rastro, solo se oyen cosas de espectáculos y dinero. Ni le interesa el asunto a la mayoría de los ciudadanos ni tampoco a los políticos. Hace solamente treinta años no era así, pero hoy mucha gente parece convencida de que la educación no va a sacar a la familia de pobre, o de que ya no hay pobres y el esfuerzo educativo no vale la pena. Los políticos, por su parte, están cómodos con una educación que puede ser manipulada, que crea ciudadanos sumisos, miopes a todo lo que no sea el terruño. No valoramos la educación como un instrumento creador de futuro y de ventaja competitiva a nivel español. Menos aún como un sistema para gestionar las capacidades intelectuales de los ciudadanos, descubriendo y sacándole el mayor partido posible a los mejor dotados; esta pretensión hasta resulta escandalosa, por ir en contra de una idea fundamental de nuestro sistema educativo, la igualación, que lo es siempre por abajo. Quizá todo lo anterior sea una consecuencia de la masificación educativa, que es la cara fea del gran esfuerzo educativo que ha hecho la democracia española. Esa masificación está produciendo quebrantos no solo en la primera y segunda enseñanza, sino quizá todavía más en la Universidad.

- El debilitamiento de la familia. La tasa de natalidad de los vientres españoles sigue siendo una de las más bajas de Europa. La población autóctona envejece. Esta crisis tiene sus complejidades y, como todas, sus aspectos positivos, porque en parte es consecuencia de la incorporación de la mujer al trabajo en la calle, la igualdad jurídica de sexos, el aumento del nivel de vida y su secuela consumista, etc. Pero puede decirse que hoy, en España y para la gente en edad de procrear, tener hijos no es una de las prioridades. No se ponen demasiadas ilusiones futuras en ello, no se confía en poder ofrecerle a los hijos una vida mejor que la que sus padres han tenido. No se piensa en que los niños de hoy tendrán que resolver la gran crisis del S. XXI, que necesitamos hacerlos fuertes y prepararlos adecuadamente para ello, casi como si fueran espartanos.

- El cortoplacismo económico. Casi nadie apuesta en España por construir un sistema económico para el largo plazo. La izquierda sociológica porque teme enamorarse otra vez de utopías condenadas al fracaso, es decir, sigue anclada en la postmodernidad. La derecha sociológica porque su único horizonte, como siempre, es el muy pesimista del ahorro seguro. Más todavía: no es que seamos incapaces de ver a España estratégicamente, sino que cada día la vemos menos en cualquiera de sus aspectos. Cuando empezó el boom de la construcción, todos sabíamos que aquello no era un camino de desarrollo sólido, sino algo coyuntural, pero cerramos los ojos, ¿qué otra cosa podíamos hacer? El “pan para hoy, puede que hambre para mañana” rige la toma de decisiones porque estamos convencidos de que el mañana es algo que no está en nuestras manos controlar.

Hay más indicadores que no da tiempo a tocar en el espacio de esta entrada. El fatalismo energético y climático, la angustia existencial puesta de manifiesto en la expansión hasta lo habitual del consumo de drogas como la cocaína, la virtualización de la cultura, etc. Juan Español y Carmela Española están llegando a una situación en la que el futuro no existe, tampoco el pasado. Solo existe el presente, acongojante unas veces, estimulante otras, pero solo el aquí y el ahora. Nos comportamos como esos enormes rebaños de antílopes y ñus que acuden para aplacar su sed a la charca semiseca de la inmensa sabana africana. Ese agua está deliciosamente fresca y nos llena de vida, sí, pero también es allí donde nos están acechando nuestros predadores. La charca es nuestro presente, lo único que, como no podría ser de otro modo, nos importa, por lo bueno y por lo malo.

LO SUBYACENTE

Ese anclaje en el presente que ponen de manifiesto los fenómenos anteriores, conforma el material del que están hechos los pilares de nuestro sistema vital. Pero ¿qué hay de los cimientos que los sustentan? Me parece que a este nivel pueden identificarse al menos tres crisis larvadas de envergadura:

- El sentido del tiempo. Si nos recluimos en el presente es porque hemos ido perdiendo el pasado y el futuro. En las sociedades occidentales está en marcha un proceso de cambio radical en la vivencia del tiempo. Desde que con Nietzsche como notario dimos por muerto a Dios y después de las guerras terribles que llenaron el S. XX, no nos interesa recordar el pasado, arrepentirnos a partir de él; baste como muestra lo molesta que va resultando en muchos ámbitos la insistencia de los judíos en que se recuerde la Shoah, cuando en realidad se trata de una admonición moral, no de un acto de marketing. Tampoco queremos mirar abiertamente hacia el futuro, porque lo vemos lleno de interrogantes terribles para los que no tenemos respuesta, de los que el mejor ejemplo quizá sea ese cambio climático anunciado que muchos se obstinan en denunciar como una exageración. Así nos empeñamos en vivir en un presente rabioso al que lo único que le pedimos es que sea confortable, aunque pueda traer consigo situaciones de angustia existencial a las que cada vez más nos gusta calificar como psicosis, es decir, como excepciones patológicas, esas depresiones que son un emblema de nuestra época.

- La inabarcable complejidad del sistema global en que vivimos. El sistema político, económico y social en que basamos nuestra vida los occidentales se hace cada vez más complejo, es como un castillo de naipes en el que, a medida que crece, lo hace con él una inestabilidad escondida. Empezando por la ciencia y la tecnología, estamos lejísimos de los tiempos de un Leibnitz o un Kant que habían asimilado toda la ciencia de su época; a los filósofos ni siquiera les permitimos hoy que hagan lo que siempre han sabido hacer, apuntar con claridad hacia los grandes problemas. Ahora tenemos ciencias, no ciencia, a ningún humano le es posible abarcar una visión científica integrada del mundo, pues nuestra comprensión científica de la realidad está dividida en entornos que se excluyen unos a otros. La divulgación científica, que junto con la ciencia ficción debería ser hoy una de las ramas nuevas de la literatura, sigue estando muy lejos de entusiasmar a la gente. Nos intuimos como incapaces de controlar un desarrollo tecnológico que si siempre tuvo sus riesgos hoy nos amenaza con la extinción del individuo humano, a través de singularidades como la absorción del hombre por las máquinas o del agotamiento de los recursos. Mientras más pequeño se nos hace el mundo, más difícil nos es comprenderlo, más miedo nos dan los comportamientos contraintuitivos del sistema global o los riesgos de que partes metaestables del mismo vuelquen. En algunos ambientes intelectuales la ciencia va segregando una nueva religión, el ciencismo, que proclama ser nuestra salvación si ponemos suficiente fe del carbonero en él. El sistema económico está centrado en el mercado al que, según el dogma de nuestro tiempo, consideramos autorregulable, cuando lo que realmente sucede es que somos incapaces de controlarlo sin frenarlo. Y el sistema financiero, que debería ser nada más que uno de los engranajes importantes que mueve al sistema económico, ha adquirido autonomía escapando a todo control.

- El encuentro con el otro como una ocasión de conflicto. La revolución de las comunicaciones y de la globalización tecnoeconómica nos ha puesto forzada e inesperadamente en un contacto de todos contra todos. Puesto que vivimos instalados en el presente, desconocemos el pasado de los demás, sus interconexiones biológicas e históricas con el nuestro, de manera que cualquier diferencia profunda nos lleva más al rechazo que al acercamiento. Ese es hoy el caso entre Occidente y el mundo Islámico y puede serlo en el futuro entre ricos y pobres.

UN DIAGNÓSTICO

Todos estos elementos de crisis pueden resumirse en un diagnóstico: la intensidad del progreso desborda nuestras capacidades de asimilarlo, mientras que la diversidad de intereses y visiones en un mundo limitado dificulta la paz mundial. Por todo ello nuestra tentación es la de refugiarnos en el presente y en el terruño, donde nos gustaría pasar desapercibidos. Pero como ya no hay valles escondidos entre montañas, sintiéndonos además faltos de una orientación clara, capeamos el tiempo y el espacio, dejando que sus vientos y corrientes nos lleven a la deriva, eso sí, con un enorme bagaje tecnológico a cuestas.

EL TRATAMIENTO Y SUS RIESGOS

Tenemos ante nosotros varias alternativas. Podemos excluir de antemano toda posibilidad de tratamiento, seguir sin reaccionar, poniendo parches que alivien los síntomas y hagan llevadero el presente. También podemos reaccionar en exceso, dando un parón a la libertad y el progreso, volviendo de un cerrojazo a las antiguas ineficiencias de los estados y las iglesias salvadoras.

Pero la única solución decente es confiar en el futuro, es decir, en nosotros mismos y en nuestra capacidad de construirlo. Para ello tenemos que asumir nuestro pasado, arremangarnos y ponernos en la tarea, confiando en los demás, conociéndolos mejor para comprenderlos, yendo juntos y con la mayor rapidez y sensatez hacia un mundo justo y viable. Educando para todo ello a nuestros hijos, que van a ser los protagonistas de esta hazaña, con cariñosa dureza espartana.

LA PROGNOSIS

La mayoría de los futurólogos serios, sea cual sea su especialidad, nos anuncian momentos muy críticos para la mitad del S. XXI. Será el que ya llaman cuello de botella de los 2.050, del que saldrá un mundo nuevo o un mundo gravemente herido. Según eso, el S. XXI seguiría en la misma línea dramáticamente conflictiva y a la vez llena de esperanzas de los S. XIX y XX. Una situación análoga a la de los siglos I, II y III de nuestra era, que entonces resultó en el fin del imperio romano, el triunfo del cristianismo y la predominancia de los bárbaros. Es decir, no se trata de algo que nos sea totalmente desconocido. La cuestión está en enfrentar dicha situación con conocimiento histórico, determinación y visión a largo plazo, para superarla de la mejor manera posible. Podría decirse, evocando la frase famosa del expresidente Clinton: “No será la economía, estúpido”.

(Escrito por Olo)

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[0] Editado por Bartleby a las 8:00:00 | Todos los comentarios 229 comentarios // Año IV
27 enero 2009
En la taberna de Egisto

“--- a vosotros os exhorto que ocultéis estos proyectos míos a fin de que, habiendo muerto por la astucia a un varón, por la astucia sean cogidos en el mismo lazo y mueran….

ESQUILO, La Orestiada

“Orestes (…) se preguntaba quiénes serían aquellos a los que había de dar muerte terrible. (…) Semanas enteras pasaban sin que se acordarse de sus nombres”

A.CUNQUEIRO, Un hombre que se parecía a Orestes


… por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos…-

Amén, respondieron a coro las mujeres.

Terminado que hubo el último responso, la rezadora se recogió estudiadamente en sí misma con una profesionalidad que debió adquirir en muchos velatorios como aquél. Se notaba que estaba ella satisfecha de su impecable actuación. Parecía dueña de ese punto difícil de alcanzar en el que es posible oírse sin que lo parezca.

El gineceo se desperezó del cansancio acumulado por las muchas horas pasadas en el velatorio. Algunas mujeres iniciaron esa descompostura que suele dar el saber que se ha llegado al final de un acto encorsetado. La capilla ardiente de Egisto estaba instalada en su taberna. Frente al mostrador, que él durante tantos años regentara sin la menor queja, sin dar muestras de cansancio, estaba el androceo, formado por los más asiduos de sus parroquianos, y, en la zona más penumbrosa de la taberna, a la izquierda según se entra, el gineceo, presidido por Clitemnestra, colocada, según la costumbre inimaginablemente incumplible del lugar, junto a la cabecera del difunto. Las débiles bujías eléctricas, que la funeraria había instalado en los dobles brazos de un metálico y desdorado crucifijo mortuorio, daban a sus níveos cabellos un resplandor amarilláceo que remarcaba con trazos de excesiva dureza un rostro cansado, de mirada ausente.

El cadáver de Egisto lucía envuelto en un sudario blanco, que daba a la cara un cierto aire de macabra máscara personera. Aquél cadáver no recordaba en absoluto a Egisto. Tenía la boca subsumida por los estertores de la muerte, las fosas nasales taponadas por sendas tirundas de algodón y los ojos discretamente entreabiertos, como si quisiera espiar los movimientos y las expresiones de los velantes. Sólo el ralo bigotillo encanecido que se adivinaba sobre el labio superior me recordó fugazmente la imagen complaciente, en extremo bondadosa, que Egisto tenía durante los últimos años de su vida. Con mi llegada llegaron también las únicas flores que, al ser colocadas sobre el cadáver rompieron la restallante blancura del sudario. Al hacer mi entrada en lo que hasta ayer fue la taberna de Egisto, se dirigieron hacia mí escudriñantes, amparadas en el anonimato de la penumbra del gineceo, numerosas miradas, ávidas de curiosidad, expresivas de un irresistible deseo de satisfacerla cuanto antes. A mí, muerto Egisto, nadie me conocía en Argos de la Mancha. Tampoco esperaba nadie mi llegada. Noté que, desde al androceo, ningún hombre se atrevía a mirar hacia mí, hacia la dirección por donde entraba la luz, pero pude advertir cómo algunos salieron discretamente a la calle con el pueblerino propósito de indagar cuanto antes mi identidad y las razones que pudieran arrojar alguna explicación sobre mi extraña y no anunciada presencia en el velatorio de Egisto.

Con el desparpajo de un actor que se sabe admirado, me dirigí hacia el lugar que ocupaba la enlutada Clitemnestra. Sin dejar que se levantara de su asiento me incliné para besarla familiarmente en ambas mejillas al tiempo que murmuraba mi pésame. Ella respondió maquinalmente a mi saludo sin entretenerse a averiguar si me conocía. Al verla junto a mí pude comprobar cuánto había envejecido, en efecto, pero también que aún seguía conservando restos visibles de aquél armazón de hembra fuerte que tanto le habían envidiado las mujeres y tanto había atraído y aterrorizado a los hombres que tiempos atrás la habían deseado. En su mirada, inexpresiva sólo en apariencia, leí que por su mente estaba pasando, implacable, la película de su vida, de esa vida suya de la que tanto ella se enorgullecía, y por la cual se consideraba la piedra angular de su casa, el prototipo de la mujer que, desesperada, tiene que asumir, sin desearlo, después de enviudar de su primer marido, Agamenón, el postrero papel de esposa, ahora por mera formalidad, y también aunque parezca una paradoja, por un desmedido amor a sus tres hijos, afrontando así la infinita amargura de saber que ellos nunca llegarían a comprender el profundo, el verdadero sentido de su aceptación de Egisto como segundo marido antes que sus continuas visitas y largas estancias en la taberna dieran pábulo a las lenguas anabolenas de quienes ya murmuraban soto voce que la viuda Clitemnestra se entendía pecaminosamente con el joven Egisto.

Clitemnestra siguió sentada, hieráticamente, en su silla de rotas eneas. De las dos zonas del velatorio empezaron a levantarse los asistentes con evidentes señales de impaciencia en espera de que, acabado un acto, tuviera su pronto principio el siguiente. Alguien avisó de que ya estaba llegando el cura que debía rezar el responso canónico antes de que el cuerpo de Egisto abandonara el velatorio. Cuatro o cinco hombres se dispusieron a colocar el féretro frente a la puerta de entrada de la taberna, justamente en el centro del lugar que ocupó hasta entonces el androceo. Las mujeres, deshecho el gineceo, se arremolinaron, rezongantes y bisbiseando las últimas jaculatorias por el alma del difunto, en uno de los flancos. Ifigenia se apresuró a dar compañía a su madre. Electra ya estaba en la calle, esperando que se pusiera, por fin, en marcha la comitiva fúnebre. En ningún momento trataron de fingir, hipócritamente, que con la desaparición de Egisto desaparecía para siempre la sombra antaño odiada que su madre aceptó sin el consentimiento de ellas, una sombra que fue el obstáculo que durante tantos años las tuvo apartadas.

El cura dio precipitadamente comienzo a una burocratizada y cansina salmodia con un gesto que no supe averiguar si era de fastidio o de simple aburrimiento. En cualquier caso terminó pronto el buen hombre y dio media vuelta sin más protocolos al tiempo que esbozaba un inelegante gesto como queriendo indicar al acompañamiento que le siguieran hasta el templo donde se diría la protocolaria misa de corpore insepulto.

En el mostrador de la taberna estaba la tapa del ataúb. Al cogerla alguien para cerrarlo observé que por la parte interior iba provista de una lámina de vidrio en la que estaba escrito con tiza y en grandes caracteres el número dos. Cuando cerraron el ataúd el guarismo debí quedar justo frente a la frente del cadáver de Egisto. Tengo la certeza de que sólo yo advertí este simbólico detalle, insignificante para cualquiera que no fuera yo. Imposible saber, además, quién y con qué oculta intención lo había escrito pero no es descartable la hipótesis más inocente: que por motivos de mero orden lo hubieran puesto en el taller donde se construyera y que nadie repara en él antes de expedirlo a su destino. Con intención o sin ella, por puro azar o completamente al margen de él, lo cierto es que el cadáver de Egisto iba a ser enterrado bajo la sombra un tanto cabalística de un guarismo que sin duda simbolizaba el verdarero lugar que siempre ocupó en la vida y en el corazón de Clietmenestra, la mujer a la que tanto amó.

Al regresar al pueblo de Argos de la Mancha, Orestes, envejecido y humillado por el incumplimiento sistemático de su pregonada venganza por la muerte de su padre, entró en la primera taberna que encontró abierta para adormecer su fracaso en el alcohol. Electra ocultó su ya inelegante figura tras el portón carcomido de su casa. Sólo Ifigenia volvió con su madre. Minutos después entraba yo de nuevo en la desolada taberna de Egisto. Las sillas del velatorio estaban desordenadas todavía. El crucifijo se veía inútil y absurdo encima del mostrador. Clitemnestra estaba en sus dependencias privadas acompañada por las vecinas de más confianza. Su voz, desprovista de flecos plañideros, se oía con fuerza impropia de su edad. Se jactaba sin disimulo del digno entierro que había dispensado a Egisto, en el que no faltó ni la rezadora de los grandes velatorios. El entierro de Egisto, aquél gañán del que ella, decía, había hecho casi un señorito.

(Escrito por Desdeluego)


 
[0] Editado por Tsevanrabtan a las 8:00:00 | Todos los comentarios 303 comentarios // Año IV
26 enero 2009
Sujeto, verga y complemento
¿Qué es el sexo, qué es el amor, qué es la vida? A estas tres preguntas fundamentales, La Chapelle sextine, de Hervé Le Tellier, fornece una total ausencia de respuestas. A cambio de esto presenta un modelo de circulación amatoria según el cual 26 personajes, 13 hombres y 13 mujeres, componen 78 parejas diferentes.

Precisión y alegría de las matemáticas.

El resultado está lleno de humor y, quién lo diría, de humanidad. A la imagen de los personajes que, mientras se acuestan (o se levantan), hablan de otra cosa, el libro entero habla de otra cosa mientras habla de sexo. ¿Y de qué habla, pues? De sus protagonistas. Y lo hace a través de breves secuencias y contadas líneas, ya que no es necesario saber mucho de una persona, de su aspecto, de su pasado, de su futuro, ni siquiera de su musculatura cardíaca y genital para interesarse por ella. Puesto que, como dijo Aristóteles « la verga y el corazón son dos órganos que se mueven solos ». Rodeados, eso sí, agregaría Le Tellier, de sujeto y complemento.

Para muestra, siete húmedos botones.


Rémi y Sofía. El tren deja la estación Plaisance (línea 13) haciendo mucho ruido, sin que la rubia Sofía haya logrado convencer a Rémi de la redomada tontería contenida en la noción freudiana de « envidia del pene » de la niña pequeña. Ante su mala fe, Sofía abandona la partida, le saca una lengua rosada y puntiaguda y, por sorpresa, introduce prestamente su dedo auricular en la boca de Rémi que, instintivamente, entreabre los labios.

Sofía prefiere no soltarle que, si bien es verdad que las mujeres no tienen pene, esto les evita andar preguntándose —como él— si lo tienen suficientemente grande.

Ben y Chloé. En la zona pija de Houston, Texas, en la cama matrimonial de la habitación de sus padres —de vacaciones en Nassau, estupendas vacaciones, regresamos el lunes— Ben siente como su pene se agranda entre los dedos de Chloé, que lo besa, primero tímida y luego cada vez más resueltamente. El televisor está encendido en CNN y difunde imágenes de un atentado que acaba de ocurrir en Nueva York. Chloé se anima a lamer el glande. Le parece que la piel, en ese sitio, tiene una suavidad seca de cojincillo de pata de gato. Pero no por eso Ben se echa a ronronear.

Chloé se dice que si fuese hombre sería homosexual. Y en seguida piensa que esta idea es bastante tonta.

Dennis y Elvire. El ascensor ART (dos personas, 180 kilos) transporta hasta el séptimo piso de un edificio parisino a Dennis y Elvire (« Sube con nuestro amigo, le dice a Elvira su marido, Chloé y yo cogeremos el siguiente »). En el primer piso, Dennis besa la nuca de Elvire y acaricia sus nalgas a través del vestido. En el tercero, su mano rodea sus caderas, alza la tela del vestido y desliza los dedos por las entretelas hasta el vientre. En el quinto, el dedo mayor se aventura más lejos por la carne húmeda. En el séptimo, el dedo se retrae (lamentándolo) tras una última caricia. La puerta va a abrirse, Dennis retira delicadamente su mano y ambos salen. El ascensor arranca nuevamente.

Nada hay más tranquilizador que el deseo húmedo y salado de una mujer, piensa Dennis, respirando el perfume de su mano.

Rémi y Chloé. En un local técnico cuyo ventanuco sucio muestra apenas la torre de un castillo de cuento de hadas, Mickey se quita la cabeza con las orejas redondas y se arrodilla frente a Blanca Nieves. La princesa alza su vestido y apoya una pierna sobre un banco. El rostro de Rémi entra en el pubis de Chloé, sus manos aprietan las nalgas suaves y sus labios se aventuran por entre los finos vellos a la búsqueda del pequeño botón rosa. En la Calle mayor, una banda toca una melodía de los Aristogatos.

El oficial uniformado, cruzado por una cicatriz, entra en el cuarto vacío donde ella lo espera, desnuda. El va hacia ella y la toma por el cuello. Esto es lo que Chloé tiene que imaginar para correrse finalmente.

Yolande y Johann. Un pedo escapado no se recupera nunca, dice el proverbio de un pueblo grande y sabio. El que se escapa de Yolande en el momento en que Johann hunde su verga profundamente en ella es, incontestablemente, sonoro. Pero la televisión aúlla eslóganes publicitarios y el camión recogedor de basura hace vibrar los vidrios, y todo ese barullo consigue que nadie note esa flatulencia. Por lo demás, francamente, no se trata de desconcentrarse en ese momento.

¿Qué hubiese escrito Teishi Hiro, se pregunta Johann in petto? /Un pedo jovial y divertido / Saluda mi llegada / Carcajada

Ben y Mina. En el amplio vestidor de un cuarto del primer piso, Ben, el pantalón del smoking en las rodillas y la espalda contra el muro, levanta a Mina, ¡tan liviana!, cuyo vestido de lamé rojo subido hasta la cintura deja ver sus caderas. Con sus brazos y sus muslos musculosos, ella rodea a Ben quien la coge suavemente, sosteniendo sus nalgas menudas con sus manos potentes. You took advantage of me, de Art Tatum, sube desde la planta baja y acompaña el ritmo de la lenta penetración. Dentro de poco, ellos se preguntarán nuevamente sus nombres.

Si conociese a Mark Twain, Mina podría decirse que ella y Eva tienen en común el hecho de acostarse con el primero que aparece.

Ben e Irma. Irma admite que la idea es algo loca. Al crepúsculo, se ha llevado a Ben hasta el techo de zinc de su inmueble, en Montmartre. Allí, tendidos sobre un manta, ambos contemplan las luces de la noche parisina. El viento levanta la falda de algodón de Irma, descubre sus rosadas nalgas desnudas, entre las cuales Ben desliza primero un dedo delicado, en seguida dos. Irma gime y se levanta para entregarse mejor a su amante. Ben presiente confusamente que no es el momento de confesar que siente vértigo.

Toda esta puesta en escena, piensa Irma, es un poco excesiva. Por lo demás, cuando una fantasía sexual es compartida, ¿sigue siendo fantasía?

Nota: La Chapelle sextine, Hervé Le Tellier, ilustraciones de Xavier Gorce, Estuaire, 2004. Traducción al español de Josepepe.

(Escrito por Josepepe)

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25 enero 2009
Cartografías de ficción
Discurre el siglo XVI, Abraham Ortelius es uno de los más importantes cartógrafos europeos. Suyo será el considerado primer atlas moderno, el Theatrum Orbis Terrarum y Felipe II le designará geógrafo real.

En esta época la misión del mapa no era tanto servir de guía en los viajes como describir el mundo, pero las cosas empezaban a cambiar.

En un bufete de Amberes, inclinado sobre su mesa de trabajo, junto al ventanal por el que entra la luz que necesita, Ortelius fija escalas, escudriña cabos y golfos, dibuja hermosos buques que surcan los océanos.

Abraham Ortel, también se le conoce por ese nombre, es esclavo de la exactitud. En su trabajo la precisión es lo primero, lo fundamental.

Pero Ortelius es un hombre de su tiempo, un humanista, sus inquietudes van más allá de los mapas e incluyen la literatura, la filosofía, los idiomas. Unos años antes, Ortelius era sólo un niño, Tomás Moro ha publicado su Utopía, el auténtico best seller de su época.

Utopia, la isla fantástica, la república perfecta, tal como el viajero Hitlodeo la describe al narrador. Hitlodeo viajó con Américo Vespucio, pero ahora, en el puerto de Amberes (quizá este detalle tuvo un interés añadido para Ortelius), no habla del nuevo mundo, sino del mundo ideal.

Ortelius tiene una idea: dibujará un mapa de Utopía, hará varias copias y las enviará a alguno de sus amigos, afortunados amigos, con el texto de Moro.

Parece un divertimento: por una vez, el cartógrafo no está limitado por lo real, no tiene que constreñirse a la geografía, a trazar bahías remotas con la mayor corrección posible. Podrá inventar nombres, ríos o montañas a su libre albedrío. La tentación parece irresistible y Ortelius despliega todo su conocimiento. El mapa lleva leyendas en distintos idiomas, griego, latín, alemán, francés, español, en el sentido de las agujas del reloj, e incluye nombres y alusiones a los amigos del autor.

Pese a esa libertad, Ortelius es fiel al texto de Moro. Hay una ciudad sin hombres, un río sin agua, Anhidro, un río sin riberas, un río sin peces, porque en la obra de Moro todos los nombres denotan imposibilidad: sus habitantes son los alaopolitas (ciudadanos sin ciudad), gobernados por el príncipe Ademo (sin pueblo).

Así, Ortelius acaba su mapa y lo envía a unos pocos escogidos. Durante mucho tiempo, el caso se supo por una referencia en una carta, hasta que en el siglo pasado apareció la única copia conocida.

Lo que Moro no pudo imaginar es que había inventado una palabra. Hoy en día, gastada por el uso, ha pasado a servir de adjetivo para corrientes políticas (socialismo utópico, probable pleonasmo) y ha terminado por significar algo inalcanzable, un ideal, pero cuando Moro alumbró su obra Utopía significaba sólo “ou topos”, “ningún lugar”.

No sólo algo inalcanzable, sino también y primero algo inexistente.

He dicho antes que para Ortelius fue un divertimento. Ahora se me ocurre otra posibilidad, ahora conjeturo que no fue goce, sino exhaustividad. El hombre que había reunido mapas de todo el mundo conocido no podía dejar de dibujar el mapa del no-lugar. Si ocurrió así, no fue el único en pensar tal cosa.

“Un mapa del mundo que no incluye Utopía no es digno de ser contemplado”.

Oscar Wilde.




(Escrito por Schultz)

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24 enero 2009
Contra los criterios administrativos de calidad

Lo europeo (para mejor decir, lo francés) frente a lo norteamericano; lo jacobino, devenido más tarde en socialdemócrata, frente a lo puramente liberal; lo estatal frente a lo individual. Estas dicotomías están hoy, más que nunca antes, presentes indefectiblemente en el mundo del vino. Y así como la “vieja Europa” del tópico rancio ha ido progresivamente mudando legislaciones y estructuras administrativas frente al avance (básicamente económico pero también, y a veces sobre todo, social, cultural, político) del nuevo mundo, los vinos europeos –a la fuerza ahorcan– se han tenido que adaptar, para sobrevivir, a lo que dictan los mercados internacionales, los parker, los winespectators y, last but not least, los gustos, apreciaciones y conocimientos de la clientela. En los gastados esquemas de hace veinte años, parecía no haber vida fuera de las Denominaciones de Origen: la regulación, siempre la regulación. De variedades cultivables, de tiempo mínimo en la barrica y, después, en la botella, de límites geográficos perfectamente delimitados hasta el, a veces ridículo, microespacio del terroir

Al igual que en resto de los órdenes, la nueva urdimbre conceptual que el mundo del vino está adoptando promueve la calidad personal frente a la (pretendida) bondad apriorística del origen; las ideas de un enólogo que experimenta frente a los métodos normalizados de producción; lo individual, en el fondo, frente a lo colectivo. El vino moderno es antinacionalista; o post-nacionalista, si lo prefieren. ¿Qué más da, opina el enófilo, que sea chileno, neozelandés, búlgaro o californiano si responde a la calidad que uno espera? Si, además, su precio es razonable, miel sobre hojuelas. De todos modos, esta afición no es exactamente nueva, bien que haya sido en los últimos años cuando ha eclosionado definitivamente: Vega Sicilia, por ejemplo, jamás perteneció a Denominación alguna. A diferencia de los Rioja, cortados todos por un mismo patrón proteccionista y creativo, los de Valbuena de Duero hacían los vinos que querían, introduciendo las variedades que estimaban oportunas y creando escuela. A su prestigio, a ellos, y malgré eux, se debe la creación de la D.O. Ribera del Duero, hoy día casi geográficamente textual incorporando tierras y climas tan diversos como los de Soria, Burgos y Valladolid: casi todo el río en su recorrido español. ¿Hay quien dé más?

De todas las D.O. españolas, si una no tiene sentido en su estado actual es La Mancha. ¿Puede haber un mínimo de homogeneidad, incluso de posibilidad real de control, en una región que cultiva casi un cuarto del viñedo mundial (sí: mundial) en lo que a superficie se refiere? Sin embargo, La Mancha (“Informe Rabobank” dixit) es una de las regiones mundiales con más expectativas de futuro; esto puede significar, si lo leemos cínicamente, que es una de las regiones con menos realidades de presente. Pero no nos pongamos más cínicos de lo estrictamente necesario: el suelo (¡y su precio actual!), el clima y la experiencia centenaria de sus viticultores, hacen de estas tierras un candidato real al futuro del vino de calidad. Y así lo entienden muchos bodegueros y así lo está empezando a entender el mercado. Irremediablemente, este futuro está, en gran medida, fuera de la actual D.O., anquilosada y lastrada por variadísimos problemas estructurales.

(Escrito por Protactínio)

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23 enero 2009
Se ve venir
Uno siente que la ingenuidad es de esos caracteres que le mantiene amarrado a la vida, en el sentido de mantener abierta la espita que le encuentra sentido. Así, uno se regodea en el asombro que le produce que hace apenas veinte años ni existieran ni se esperaran los teléfonos móviles. Y se asombra de que el aparato en cuestión resulte actualmente un apéndice insoslayable. Estaría bien que un atento del estilo de Punset o Verdú analizase en qué medida estos avances producen felicidad o mejoran la calidad de vida. Acaso sea necesario inventar una máquina que realice tales mediciones.

La cuestión es que el apagón de la TV analógica está al caer pero ya vienen goteando desde hace unos años las filtraciones rapidshare de la próxima estación, aquella en la que cambiaremos nuestros nuevos aparatos planos por otras pantallas. Nos habrán durado menos que los reproductores de DVD igual que los reproductores de DVD habrán tenido una vida más escasa que los viejos videos VHS. Reciclaremos teles como ahora latas. Y uno se asombra ingenuamente de lo que costaba uno de estos cacharros (permítanme el despectivo) hace menos de un lustro y de poder adquirirlo ahora por menos de 500.

Sin más demora codificadora, lo que uno quiere enunciar es el próximo advenimiento de la televisión en tres dimensiones, la siguiente etapa tras la plena digitalización. Japón ha marcado la trayectoria con un canal dedicado a la modalidad: el 11 de Nipón BS Broadcasting Corporation opera en las frecuencias niponas desde hace varios meses ofreciendo unos veinte minutos diarios de 3D. Y en abril del año pasado Hyundai comercializó un televisor LCD específicamente preparado para optimizar la señal tridimensional. A diferencia de modelos anteriores como los Samsung de plasma, el aparato no requiere complementos especiales para su funcionamiento en el incipente ámbito. Entretanto, el salto europeo ya se masca.

La cadena Sky de nuestro amigo Rupert realiza pruebas desde el otoño, curiosamente habiendo estrenado los ensayos con un combate de boxeo. Imagino que los del plus, si siguen vivos para cuando llegue la cosa, colocarán cámaras en la frente de los púgiles para que nos identifiquemos con la recepción de un magnífico punch afroamericano.

Sky, decía, está maniobrando y la tecnología que emplea nos obligaría a disponer de un nuevo televisor para ver a Piqueras holografiado. Y el uso de esas gafas bicolores, una lente en horizontal y la otra en vertical. Yo vi Tiburón 3 en cine y uno de los viernes 13 con los entrañables objetos. Ha llovido; entonces ni tenía ni esperaba teléfono móvil y la última generación de pantalla casera eran los PAL. Históricamente, la emisión en 3D se estrenó en la década de los cincuenta del pasado siglo, con el Crimen Perfecto de Hitchcock como ejemplo destacado. Volviendo al ahora cabe preguntar el precio de la tele empleada por Sky para sus experimentos. Dicen que unos 3.000 euros en el mercado, ahora que la libra se nos ha solidarizado. Puede que más, claro. O sea, la tecnología Wow desarrollada por Philips (sí, los pioneros del CD) opera en televisores de no menos de 5.000 euros. En cualquier caso, habrá competencia, tanto en la emisión como en los medios, así podemos respirar tranquilos. Y si se evitan la guerra de formatos, más aún. Permítanme que lo duda. Pero BBC también está en la carrera. Ah, y en su apuesta no se requieren las gafas. Hay debate aquí, puesto que usuarios de indias de este modelo han confesado mareos y nauseas tras las emisiones de prueba de la tele pública británica. Sky ya hace marketing aduciendo que las lentes serán harto económicas (dos libras) y poco distinguibles de nuestras gafas de sol convencionales.

En el continente, como gustan de decir en las islas, la cosa se desarrolla en 3d4you. Coordina Philips y colaboran la propia BBC; el Fraunhofer Heinrich Hertz Institut, la Christian Albrechts Universität y KUK Filmproduktion (Alemania); y Thomson R&D France y France Télécom. Los de costumbre.

Las emisiones necesitarán un aumento del veinte por ciento del ancho de banda que hemos ampliado para el discurrir digital y quienes están embarcados en la aventura hablan exclusivamente de futuro y descartan la nostalgia: la adaptación de productos en formatos viejos está prácticamente descartada. De modo que el salto será más como el de la tele en blanco y negro al color que como el intento ochentista de colorear series y películas originalmente facturadas en blanco y negro.

En Obamalandia, algunas de las principales marcas de televisión tuvieron la oportunidad de lucir sus últimas prestaciones en 3D a través del escaparate de la Consumer Electronics Show celebrada en Las Vegas. Sony, Samsung Panasonic y LG evidenciaron que de momento sigue prevaleciendo la necesidad de emplear las gafitas de rigor. Asimismo, se destacó la necesidad de usar tecnología extra en la filmación de los productos que irán destinados al futuro formato. Constituirá, de otro lado, la plataforma ideal para los productos de animación que se ha revolucionado en los tres últimos lustros.

(Escrito por Sickofitall)

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22 enero 2009
A Manuel González no le gusta Merripit House
(Para J.A. Montano, que lo sugirió, y Mark Gardner, que lo apoyó.)

Una tarde, a principios de 1969, mi padre irrumpió en la habitación donde yo estudiaba y me hizo una rara proposición:
-¿Te vienes a una conferencia?
-¿Sobre qué…?
- Supongo que sobre novelillas policíacas, porque la da un autor de Tomelloso que acaba de publicar una.
-¿Quién?
- García Pavón, se llama. Es amigo de Demetrio, el veterinario de Criptana, y vamos a ir los dos a escucharle. Si quieres, puedes venir con nosotros…

La conferencia fue en el Casino y, al terminar, Demetrio nos presentó a Francisco García Pavón. Me llamó la atención el brillo de su calva y el filo de su nariz. Y los labios de fumador impenitente, como confirmaban índice y corazón de su fina, venosa mano izquierda. Al día siguiente, en la librería Aspa, compré “El reinado de Witiza”, planeada por el autor durante un viaje nocturno en tren entre Madrid y Alicante, como él mismo nos explicó durante su entretenida charla. Así también supe que don Lotario no es, en absoluto y aunque pueda parecerlo, un trasunto manchego de Watson. Don Lotario, o la persona en la que se inspira, existió. Y era veterinario, como Demetrio y mi padre. Por otra parte, al autor le vino muy bien su total disposición temporal en un momento histórico en el que desaparecen las caballerías del campo y los veterinarios manchegos, sobre todo los de La Mancha vitícola, se quedan sin mucho que hacer. Algo parecido le sucedió al amigo Demetrio, si bien éste decidió montar una joyería en lugar de vivir aventuras policiales.

Holmes y Plinio (Manuel González, jefe de la GMT, Guardia Municipal de Tomelloso) tienen escasos parecidos, en mi opinión. También, no crean, en la de don Lotario que, en “Una semana de lluvia” afirma, muy convencido: Te conozco, bacalao, y es que tú no eres un hombre racional (…). Tú eres intuitivo y palpitero, pero de lógica cartesiana, ni pum (…). Tú te guías más por el hocico. Si lo sabré yo. De Sherlock Holmes, nada. Tú, sabueso puro. Creo, no obstante, que es posible rescatar tres importantes similitudes entre las dos cimas del oficio detectivesco, a saber: su desafección a la policía oficial, su horror al aburrimiento y su congénita, cenital misoginia.

Plinio, aunque sea funcionario público, jamás dice de sí mismo que es policía: guardia municipal, y a mucha honra. Es más, sus continuos roces con los miembros de la Comisaría de Policía de Alcázar de San Juan, personificados por el inspector Mansilla (Atiza, Manuel: la secreta, le dice en una ocasión don Lotario al verle aparecer), recuerdan en todo a las poco amigables charlas de Holmes con Lestrade, Hopkins o Gregson, ineficaces miembros de Scotland Yard. Al final, claro, unos resuelven los casos y otros, los oficiales, se llevan las medallas.

Si Holmes vencía el aburrimiento con soluciones de morfina al 7%, Plinio lo intenta tomando una cerveza en el Casino de San Fernando, un chato en el bar Lovi o unos buñuelos mañaneros en ca Rocío. Únicamente los casos, la acción, son capaces de sacarlos de la improductiva modorra melancólica a la que conducen la igualdad de los días, la londinense niebla o el cielo gris gordo de un junio tormentoso en Tomelloso. Sólo que Holmes, educado y elitista sportman, masculla un Come, Watson, come! The game is afoot! mientras el manchego musita, como mucho, Avise usted a don Lotario, a ver si nos lleva en su coche y nos ahorramos el paseo…. Pero su corazón le dice que está ante un “caso gordo”, de los de verdad.

Al socaire de la corrección política, Plinio y Holmes son dos misóginos convencidos y consecuentes. Por ejemplo, al inicio de “El reinado de Witiza” sentencia el jefe de la GMT:

—¡Puñeteras mujeres! —exclamó Plinio.
—Nunca sé de qué tienen hecha la cabeza —dijo el Faraón.
—Ni cabeza ni na —siguió Plinio—, son ingle sola.

Sin embargo, para ambos (y esta es, claro está, otra radiante coincidencia) existe la mujer. Aquella por la que se puede dejar todo. Aquella que es el infinito y la nada. Aquella que nubla los pasos e ilumina los sueños. La mujer. Irene Adler para Holmes; para Plinio, Gregoria. Su mujer. La que duerme con él aunque no le prepare el café con leche mañanero. La madre de su adorada hija Alfonsa.

Pero ahí acaban los parecidos. La diferencia, la enorme diferencia si hacemos excepción de la que señalaba anteriormente don Lotario, es el esprit de ambos investigadores. Holmes es elitista, exquisito, refinado rayando en lo cursi, culto hasta la pedantería. Habita una torre de diamante donde no llegan ni el humo ni el polvo. Nada existe fuera de sus propias investigaciones y pesquisas. Plinio, Manuel González, es, sin embargo, una mera excusa. Una casi diminuta referencia espacial. Poco más que un majano, útil para señalar una dirección o una quintería invisible en el mapa. Porque lo que a su autor le interesa no es tanto el intríngulis detectivesco como la socarrona descripción de lo manchego y de los manchegos. Y, eso sí, dejar constancia de lo que pasa alrededor. De todo (o casi todo) lo que pasa. ¿Se imaginan a Holmes diciendo, por ejemplo: la primera cosa que hay que hacer, palabra, antes de la reforma agraria, la nacionalización de la banca o la investigación de los capitales robados, de verdad, lo primero que hay que hacer, te lo digo sin reservas, créeme, es desentontecer España. Ese es el primer punto del programa…? Esto está escrito en el año 1971. Pero, un año antes y en “Las hermanas coloradas”, Plinio sentenciaba: La guerra no produjo un millón de muertos. Dejó un millón de enterrados y nadie sabe cuántos millones de muertos andando, agonizantes o sin hombre dentro. Afortunadamente, se trataba sólo de una novelilla policíaca. Así, al menos, las calificó mi padre al invitarme a la conferencia.

(Escrito por Protactínio)

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21 enero 2009
Teoría de las nueve


Se van para no volver
y vuelven; son mentirosas.
Encantadoras ociosas,
se agostan para pacer
más dulce el amanecer
de nuestro asombro a su vuelta.
Anciana cometa suelta,
son isla de Barandán:
no son sino donde están.
Húmeda ropa revuelta.

*

Oh lápices que no pintan palabras
sino labios, oscura, dulce niebla
por la que pasan trenes
que llevan nombres propios,
un duende deshojado hoja por hoja,
ojo por ojo,
por una reina triste
como el corazón de un ciervo.
Es hoy conmutativa la mirada que se torna
carbón para decir los accidentes de este miércoles.
En la ciudad del lago hay una calle con tu nombre.
Pesada como la cuchara llena de cenizas,
una muchacha baila por las plazas invisibles.

(Legendario)

(Escrito por Al59)

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20 enero 2009
Sobrevalorados

Bob Dylan: evidentemente, entre sus 778 elepés hay dos o tres canciones buenas ("Like a Rolling Stone", "Just Like a Woman"). Utilizaré dos adjetivos muy apreciados en el NJ: estólido y estomagante. A partes iguales.

Van Morrison: casi lo mismo que el anterior. Soy incapaz de tararear ni un solo tema de sus teóricas obras cumbres “Astral weeks” y “Moondance”.

Marvin Gaye: el tipo me cae bien, y tiene, repartidos en varios discos, canciones muy buenas, pero “What’s goin’ on” no está entre los cinco mejores elepés de la historia. Vamos ni entre los 500.

The Clash: punks con pretensiones. Es decir, pretenciosos. Solo tienen dos canciones buenas, “London Calling” y otra que no recuerdo.

Joy Division: aburridos hasta el suicidio.

Elvis Costello: cursilería “new wave”.

Pet Shop Boys: nunca he entendido el aprecio que la crítica tiene por estas petardas que, en realidad, deberían ocupar el mismo estante que CC Catch y Modern Talking.

The Smiths: vale, no estaban mal, pero de ahí a la santificación de Morrisey va un trecho. No se les recuerda un estribillo.

Jeff Buckley: el chico tenía una voz prodigiosa, y se lo creyó. Así, el buen disco que pudo ser “Grace” se fastidia por sus insoportables gritos. Irritante.

Bjork: otra gritona. Tampoco se le recuerda estribillo alguno.

Sonic Youth: universitarios e indies. Enmascaran con ruido su alarmante falta de ideas: quien haya ido a un concierto suyo sabrá de qué hablo.

Tricky y Massive Attack: estos trip-hoperos, al principio, tenían cierta gracia. Ahora ya podemos decir que, además de pasados de moda, son soporíferos.

The Magnetic Fields: sacaron un disco con sesenta y nueve canciones de amor, de las que no se salva ni media.

El artista anteriormente denominado Prince: en los ochenta dijeron que era un genio. Una sola canción de Michael Jackson ("Beat it", por ejemplo) vale por toda la carrera de Prince, el otro negro empalidecido.

También están sobrevalorados Bruce Springsteen, Paul Simon, Peter Gabriel, Frank Zappa, Primal Scream, Nick Drake, Paul Weller, Gilberto Gil, Joan Manel Serrat y Bárbara Barbra Streisand.


Nota: esto es un artículo de opinión.


(Escrito por Desierto Polaco)

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19 enero 2009
Palestina
Si hay un síntoma de vejez es perder el impulso de escribir, de no callarse. O que un tema, un suceso, se pudra hasta hacerse tan previsible que no admita crónica. El conflicto de Palestina, por situarlo en su nombre geográfico y político de origen moderno, se ha hecho viejo a fuerza de debilitar cualquier esperanza de solución equilibrada, de equidad. Y de justicia, en su sentido de derecho, de derechos históricos y presentes de los miembros de ambas comunidades. Derechos cuya equivalencia no puede suponer equidistancia respecto al modo de reclamarlos y ejercerlos por ambas partes. El paso del tiempo le ha sentado mal a la región, que se ha enquistado en la costumbre de perder, sobre todo los palestinos. Se ha perdido la inocencia (en forma de esperanza) y con ella buena parte del futuro. Ya no se puede ser testigo infantil de una guerra que se va quedando con un solo contendiente. ¿Qué guerra puede perder ni ganar quien carece de armas? Cuando la guerra no es duelo igual entre iguales se queda en un duelo fúnebre anunciado.

El gueto de la franja de Gaza: las condiciones que lo definen, el bloqueo y las restricciones a una vida medianamente digna de sus habitantes son tan conocidas que no hace falta hacer inventario. La invasión del gueto no es ninguna guerra, es un asalto más de un combate que Israel plantea como misión histórica para consolidarse como único Estado en Palestina. No hay novedad, sólo más muertos en menos tiempo, número y ritmo, de los que se puede permitir cierta conciencia occidental. Es de la misma naturaleza que los asaltos anteriores, de Sabra y Chatila hasta los “asesinatos selectivos” y la “desconexión” de 2006 que inauguró el gueto, pasando por la clave que ha cambiado la política en la región: la colonización de los territorios palestinos mediante los asentamientos, muros y separación entre localidades. Si sólo ha variado el grado de la presión hacia los palestinos, no su tipo ni instrumentos, ¿cómo condenar la invasión y los bombardeos de Gaza sin haberlo hecho antes con los otros episodios y con la misma existencia del gueto? Y si se reconoce el derecho israelí a defenderse de los cohetes caseros de Hamás (= fervor), ¿cómo no reconocer el derecho palestino a defenderse de la agresión con cohetes industriales? Yendo a la cuestión original: si se reconoce el derecho de Israel a existir como Estado dentro de unas fronteras seguras, ¿cómo no reconocer del derecho de los palestinos a su propio Estado, independiente y sin tutela?

El aislamiento forzoso del gueto produce una mitología privada que sólo tiene salida como resignación o violencia. No hay el menor atisbo de un Estado palestino independiente, con fronteras, aduanas, competencias, unidad territorial y solvencia institucional equivalentes a las de quien reclama para sí el dominio en exclusiva –pero excluyente- de la región, Israel. La tercera generación de palestinos (en cuenta orteguiana, desde 1948) en el forzado exilio interior es la primera que lo sabe: sólo pueden aspirar a una autonomía tutelada, sin ejército ni control de fronteras propias, y sometida a los cambios de política de los gobiernos de turno en la metrópolis, como lo demuestran los asentamientos, el aislamiento de poblaciones y las restricciones de movimientos de sus habitantes en Cisjordania. Vergüenza, propia y ajena, de tres generaciones pérdidas, con la cuarta en ciernes y probablemente más volcada al exilio hacia los países vecinos. Salvo que recuerde las humillaciones y le entre el pánico, en forma de violencia. A esa combinación le llamamos terror.

Los muertos: mil y pico es una indeterminación. Tomados uno a uno adquieren forma y contenido. Unidos por la misma circunstancia, la agresión de Israel a Gaza, son una denuncia. Llevar la contabilidad de los muertos puede ser macabro; no llevarla cuando todos son del mismo bando es grotesco. Así, lo grotesco se convierte en una mueca de lo macabro, una parodia para eludir la realidad. Se habla de desproporción en el uso de la fuerza por parte de Israel, lo que implica una cuota e intensidad aceptables de muertos y un exceso, el producido por los bombardeos, cuyo umbral hace saltar la alarma de la conciencia. Pero la conciencia, como toda categoría moral, no puede depender de la cantidad, aunque sí de los hechos y las decisiones políticas que los producen.

La estrategia política de Israel se basa en una firme decisión de evitar cualquier Estado palestino que pueda equilibrar la distribución de poder regional. Firme y cada vez más unánime decisión, porque es tomada por sucesivos gobiernos, con independencia de su sesgo político, que representan mayorías parlamentarias y apoyos sociales crecientes. La desaparición del rol de halcones y palomas, Likud (= consolidación) y laboristas, otorga mayor fuerza y solvencia a ese planteamiento de seguridad nacional, con la simétrica reducción de las posibilidades de los palestinos de instituirse como Estado. Los instrumentos de esa estrategia son:

1) la hegemonía militar de la región, para la cual dispone de superioridad técnica, la exigencia de desarme de los palestinos, el atraso militar de los ejércitos árabes vecinos y la exclusividad nuclear. Y la hegemonía política, con una Siria proscrita y relegando a Egipto y Jordania a la condición de espectadores y chambelanes de negociaciones placebo como Annapolis.

2) la táctica del vencido a plazos, manteniendo a un enemigo desarmado o, al menos, estéril ofensivamente, cuyo extremismo justifica episodios de agresión o una estrategia de colonización.

3) de la negociación se ha pasado al ejercicio incierto de la gracia. La primera implica cesiones mutuas; la segunda necesita de un protocolo que distraiga de su discrecionalidad y condescendencia. Annapolis es ya la negociación como liturgia, sin resultados tangibles. Al no haber una relación equitativa entre dos comunidades que habitan un mismo territorio, toda negociación está condenada a ser una concesión graciosa del dominante.

4) la división del rival -facilitada por éste hasta la guerra civil entre Hamás y Fatah- en dos facciones enfrentadas, reduciendo su capacidad negociadora.

5) negar la condición de interlocutor, más allá de la interlocución circunstancial, a los representantes de los palestinos, aunque hayan sido elegidos democráticamente. Arafat fue calificado como un obstáculo insalvable a cualquier negociación. Sin embargo, su muerte no dio vía libre a una negociación. Por su parte, Fatah, el perdedor del actual conflicto, dejará de ser representativo de los palestinos como interlocutor de Israel.

6) la vuelta a las relaciones bilaterales privilegiadas, con Estados Unidos en primer lugar, frente a cualquier planteamiento y resolución multilateral del contencioso con los palestinos, mediante la apropiación del conflicto por parte de Israel, su creciente carácter local, con un papel menguante de la comunidad internacional. A ésta se la relega a una función asistencial; en especial, a la ONU, limitada al despliegue de sus agencias de ayuda humanitaria y sanitaria. El bombardeo de uno de sus edificios y las consiguientes disculpas oficiales del gobierno israelí se convierte así en simbólico. Por su parte, la estrategia de Hamás de querer implicar a la comunidad internacional utilizando militarmente esas instalaciones para provocar el correspondiente bombardeo y cuota de muertos, se muestra cada vez más inútil ante la indiferencia mundial. No es casual que la función que el gobierno israelí reserva a esa entelequia cesante llamada comunidad internacional sea el control del desarme de Hamás, que se extendería a Fatah o cualquier otra organización palestina si se desmandara.

A propósito del fundamentalismo nacional que ofusca a Israel y del religioso a Hamás, viene una malicia de Gide dedicada a Paul Claudel (citada por Márai en sus Diarios, 1984-1989): “Claudel piensa que puede llegar al cielo en coche-cama”. Israel cree que puede fundar su reino en la tierra en tanqueta, y sin duda lo está consiguiendo. Pero aún es pronto para saber si podrá salir de ella.

(Escrito por Bartleby)

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