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31 diciembre 2008
¿Hay un futuro para la novela?
Por supuesto que sí: el futuro de la novela es la novela del futuro. Aunque desde hace años no deja de hablarse del final de la novela, lo cierto es que en tanto los individuos humanos continúen necesitando de un aprendizaje divertido, es decir, en tanto no estén completamente robotizados, los juguetes existirán, y mientras que haya juguetes habrá novelas, que no son sino juguetes destinados a los que ya han dejado de ser niños.

Porque no solo los niños juegan. San Agustín ironiza en sus Confesiones (I,15) con el desdén que los adultos muestran hacia el juego de los niños. “(…) Me gustaba jugar”, dice el santo hablando de su infancia, “y me castigaban justamente los que hacían lo mismo que yo. Pero los juegos de los mayores se llaman negocios (…)”.

El juego es en todos los casos, desde los bebés hasta los abuelos, un proceso de aprendizaje. Lo malo es que los adultos solemos jugar con fuego y provocamos incendios con tanta más frecuencia cuanto más poderosos somos. Que se lo pregunten a Bush o a los artificieros de Wall Street. Los niños juegan con juguetes y los jóvenes han venido haciéndolo con novelas. Me pongo como ejemplo: con tres años yo jugaba con el manojo de llaves de mi madre, con siete lo hacía con soldaditos de plomo y camiones de hojalata, a los doce leía a Emilio Salgari, a los quince a Julio Verne, a los dieciocho a Dostoyevski y a los veintidós a Kafka, en todos los casos jugando y aprendiendo a la vez a vivir gracias al juego. Pasada la juventud, las novelas han seguido acompañando a muchos lectores hasta el final de sus caminatas vitales, siempre entreteniendo y enseñando.

Es una opinión general que los jóvenes, abducidos hoy por los medios audiovisuales, leen mucho menos que antes, y no solo los jóvenes. Esta afirmación tendría que ser matizada, porque ¿cuántos griegos sabían leer en tiempos de Homero, cuántos londinenses en los de Dickens y cuántos rusos en los de Dostoyevsky? Hoy, en las sociedades occidentales, sabe leer casi todo el mundo y lee mucha más gente que nunca, ahí están la industria editorial y las librerías para demostrarlo. Pero la variable que provoca la alarma no es la magnitud absoluta del tiempo dedicado a la lectura, sino la fracción del tiempo libre que uno asigna a leer. En nuestra época mercantilizada casi todo es una cuestión de cuota de mercado, en este caso del mercado total del tiempo dedicado al juego y el entretenimiento.

La radio arrancó en su momento cuota de tiempo libre a la lectura, pero el ataque más contundente lo ha llevado a cabo la televisión, que se ha apoderado de la mayoría del tiempo libre del común de la gente, aunque tanto el libro como la radio han terminado soportando bastante bien el embate televisivo, aprendiendo a convivir con él. La televisión, a su vez, se ha visto atrapada en una doble crisis: por una parte, su dependencia de la publicidad para subsistir la obliga a capturar audiencia como sea, es decir, atendiendo a lo más popular, que suele ser lo más vulgar; por otra, para dotar de contenidos de calidad un mínimo de dieciséis horas diarias de programación, necesitaría montar unas infraestructuras creativas que ninguna cadena generalista es capaz de costear. Todo esto ha llenado el medio televisivo de banalidad, defraudando las esperanzas puestas inicialmente en sus posibilidades educativas y culturales. Es un medio que iguala a la gente por abajo, en lo simplemente entretenido, todo aquello que sirve para matar el tiempo, cosa terrible, en verdad.

Pero la televisión se ha tropezado de frente con otro competidor temible, el ordenador personal cabalgando a lomos de Internet. ¿En qué le gana éste? En libertad de elección e interactividad. Internet es una revolución que constituye un reto para todos los medios, incluyendo el libro y dentro de él la novela.

En este escenario, ¿qué ventajas competitivas tiene la novela? Lo que aporta la lectura de novelas, y más en general todo lo literario, son vivencias más que experiencias, las cuales vivencias, al interiorizarse, se hacen permanentes y enriquecen las cajas de herramientas de los lectores. Estas aportaciones dependen principalmente del grado de interacción entre el lector y los personajes de la novela. El proceso de encuentro de un lector con un personaje, que se va llevando a cabo a lo largo de la lectura de una novela, genera una interactividad mucho más abstracta y profunda, también por ello más permanente y poderosa, que la simple interactividad audiovisual de una conversación o un juego de ordenador, cuya índole es más mecánica, más de acción y reacción, más fugaz.

La singularidad de esta relación lector-personaje viene facilitada por lo abstracto del medio novelístico, por la ausencia de vías de contacto audiovisuales. Cada lector tiene que irse imaginando (ir dotando de imágenes) a los personajes, es decir, al texto y el contexto de la novela. Eso lo hace cada lector a su manera, recreando la novela que lee, tanto más profundamente cuanto más apasionado es el lector y mayor la calidad literaria de la novela. Del mismo modo que el escritor ejerce de mago creador dando vida a sus personajes, el lector, de una forma más simple pero no menos profunda, va gestando a sus personajes a medida que lee. De manera que el escritor y el lector son cómplices, el primero desea que sus personajes vivan una y otra vez en los lectores, y éstos, si lo son plenamente, desean recrear estas vidas de sus personajes en la imaginación de cada uno de ellos. En esto consiste el juego novelesco completo.

Los poderosos medios audiovisuales lo son en buena medida por su inmediatez sensorial. Pero precisamente por eso provocan un alejamiento de la abstracción y con ella, de la imaginación. En cuanto a Internet, es tanta la cantidad de información visual y textual que es capaz de ofrecernos que nos dispersa, haciendo difícil que pueda tener lugar en su medio la conversación íntima que como lectores de novelas tenemos con los personajes, como si personaje y lector intentaran hacerse entender el uno por el otro en mitad de una plaza pública en fiestas, llena de gente y ruido. Nuestra época está capturada por los sonidos y las luces de lo inmediato, lo perceptible sensorialmente, aunque todavía se le escapen a los medios audiovisuales los ámbitos del olfato y el tacto. Es por ello una época a la que le cuesta cada vez más abstraer, que es una forma de imaginar escenarios posibles y por lo tanto de plantearse el largo plazo buscando los medios para ir construyendo el futuro que se quiere, y no aceptando el que simplemente se nos caiga encima.

Ese aprender a abstraer e imaginar, tan necesario, sigue siendo capaz de aportarlo la novela, haciéndonos jugar con sus personajes. La nueva novela, como lo hizo la antigua, puede ayudar a salvar al mundo de lo peor de sí mismo, es decir, de lo mundano, de ese frívolo jugar con el fuego de la banalidad y ese alocado poner todas las esperanzas en un salvamento de última hora mediante el azar de la idea feliz. El juego novelesco es capaz de crear personajes y convertirlos en héroes. Éstos han desaparecido de nuestro mundo a pesar de que estemos, quizá más que nunca, necesitados de ellos. Tampoco se les echa en general de menos, lo que no deja de ser preocupante.

En la época de los medios audiovisuales y de Internet, ¿puede aspirar seriamente la novela a seguir educando con sus juegos al mundo? Sin duda que sí. Aunque para ello tiene que presentarse de modo que atraiga a los lectores potenciales de hoy, adaptándose a los nuevos tiempos tecnológicos y cambiando muchas cosas en ella. Algunos de estos cambios necesarios se ven venir. Cambiará sin duda el soporte físico, que pasará a ser el libro electrónico, quedando el libro en papel como un producto para bibliófilos. Con el libro electrónico nos llegarán muchas posibilidades nuevas, que hoy solo pueden intuirse vagamente, porque dependen de la aparición de creadores capaces de implementarlas.

Así, los hiperenlaces abrirán el camino de novelar y leer novelas de una forma distinta, ya no lineal, sino multidimensional. Con esto se habrá roto la servidumbre que la novela tiene con respecto al transcurrir del tiempo, y más concretamente a su presente, lo que no sabemos qué consecuencias revolucionarias podrá traernos.

También será posible incorporar imágenes, sonidos y hasta olores al texto novelesco electrónico. Aunque la novela verdadera no deberá dejarse atrapar en una turbamulta de sensaciones, seguirá siendo cierto que a veces una imagen, más en general una sensación, pueda valer más que mil palabras. Estas sensaciones excepcionales, al poder incorporarse electrónicamente a las novelas, enriquecerán el texto literario constituyendo un contexto sensorial que refuerce lo narrado.

Pero siempre la novela deberá ser básicamente lectura activa, o dicho de otra forma, deberá conducir, a través de la abstracción, a lo recreado imaginativamente, dos procesos muy necesarios para enfrentar la vida, como ya quiso poner de manifiesto don Alonso Quijano el Bueno, en mi opinión con mucho éxito.

(Escrito por Olo)Justificar a ambos lados

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30 diciembre 2008
Confundir valor y precio
¿Qué se debe? La voluntad.

Ciertamente es craso error confundir valor y precio, y de tal confusión muchos problemas se acarrean. El precio es la tasa del intercambio por algo concreto, mientras que el valor puede ser mucho más subjetivo. No es que el precio no sea subjetivo, pero es lo que objetivamente supone de coste la adquisición de algo. Así suele resultar que, sobre todo para lo no estrictamente necesario, lo que se entiende de mucho valor también adquiere mucho precio. ¿Es cuantificable el goce? Una entrada de cine para una película magnífica tiene el mismo precio que para un horror que nos abrase los ojos y la mente para el resto de nuestros días. ¿Y entonces? Pues nada creo que se pueda convenir para acomodar precio y valor, salvo la subjetividad del deseo de algo, de su admiración, de su necesidad o de su reconocimiento. ¿Cuánto valen “Las Meninas”? Un lienzo viejo de unos 16 metros cuadrados de superficie, con no más de tres milímetros de espesor de pintura, sin contar el marco, no debe valer más allá de unos cien euros. ¿Quién no compraría tal maravilla por tan poco precio? Y no parece posible que se vaya a vender nunca por tan poco. Sinceramente, no podría decidir fórmula alguna que nos ligase valor y precio.

Imagino que en tal confusión de ideas andaba un ministro cuando, preguntado acerca de lo desmesurado del precio pagado por una obra tildada de artística, al modo de un Gran Capitán pillado en mal paso, atinó a decir escurriendo el bulto que no hay que confundir valor y precio.

¿Qué hacer? ¿Tiene el Talleyrand del siglo XXI razón? ¿O la tiene el malvado inquiriente que pretendía insinuar que demasiado precio era aquello para tan poco valor? Creo que el valor de algo artístico necesita el poso de una cierta permanencia y juzgar a toro recién pasado si el valor justifica el precio es arriesgado, por no decir rematadamente imbécil. Por mi parte, no he visto el producto del precio pagado y, aunque lo hubiera visto, tampoco me atrevería a opinar acerca de lo atinado del precio. Obviemos el siempre espinoso asunto de que el precio se pagó con dinero público, porque, ya se sabe, ese dinero no es de nadie. Eso sí, las palabras de la lumbrera de la diplomacia mundial tendían a descalificar al preguntón haciéndole ver que su mezquindad lo arrastraba al error de considerar que se puede reparar en el gasto cuando hablamos de arte. ¿Qué digo yo de arte? ¡De Arte!

Para salir de dudas, me puse a mirar entre los libros que tengo –por los que pagué un precio que me pareció acomodado a su valor- a ver si encontraba solución entre casos históricos. Y agarré el primero que me cayó entre los diez dedos que tratara del asunto, para contarlo aquí y poder concluir algo razonable: las obras que se sucedieron en una iglesia entre finales del siglo XV y principios del XVI.

La iglesia perteneció durante siglos a una de las familias que más cardenales aportó a la Iglesia Católica, llegando uno de sus miembros a Papa, nada menos. Era una basílica paleocristiana, sobre la que acabó levantándose una iglesia tardogótica y luego claramente renacentista. Es una de las iglesias más importantes del mundo católico y de la ciudad de Roma. El libro con que topé cuenta los avatares de las obras, de las paradas y recomienzos, de las luchas entre los distintos miembros de la familia, de sus tropezones con el Papa de turno a cuenta de las propias obras. El caso es que, ¡sapristi!, aparecen referencias concretas al encargo que la familia hace al constructor –con medidas y cantidades precisas- y, ¡más sórdido aún!, la relación de pagos efectuados por cada una de las partidas ejecutadas. ¡Por Dios, qué gente más zafia! Y no sólo, sino que el Papa, que en parte tenía que sufragar las obras, añade que alguna cosa se ha de descontar, porque mucho le parece la cantidad que quiere cobrar el contratista. El contratista brama y se queja, porque primero ejecuta a sus expensas y luego cobra sólo a tajo terminado. La familia tampoco está dispuesta a pagar cualquier cantidad pues, si bien las rentas de cada uno de sus miembros no son bajas, otra parte del coste se sufraga con donaciones y hasta con impuestos. Y claro, tienen que rendir cuentas ante los que contribuyen, como no quieren tampoco pagar de más de su propia faltriquera. En cualquier caso, con el contratista refunfuñando por la paga, la obra se acabó y hoy se visita tanto como entonces. Ya no tanto para orar, sino más bien para pecar, pero tanto da una cosa que otra, que se ora por pecar más y mejor y si no se peca tampoco de mucho vale orar.

Podría pensarse que, claro, eran dineros privados y de gente poderosa, agarrada y expoliadora del pobre contratista. Sí, pudiera ser, pero tal cosa no quitaba para que controlaran hasta el último escudo que pagaban. Pero tampoco es así, porque la misma iglesia, ya en manos del nuevo Estado Italiano –si bien no Roma entera por entonces-, tiene que verse de nuevo en obras, pero esta vez con dinero público. ¡Vaya, de nuevo escatiman y regatean y hacen cuentas pormenorizadas de qué se hace y a cuánto! Nada, no hay caso. Los contratantes siguen sin darse cuenta de que para el Arte no hay que tener en cuenta el precio. Y así, una detrás de otra, cuantas grandes obras de arte se han ejecutado a lo largo de la historia.

Retomando lo que en principio me trajo, resulta que el ministro no tiene razón, sino que el Arte, como el arte, tienen precio y bien tasado. Precisamente, lo que siempre quisieron los encargantes de las obras maestras fue obtener mucho valor por poco precio, y controlaron siempre cuánto debían gastar para cuánto iban a recibir. ¡Qué gentuza! Menos mal que ahora se enciende una luz para que, por fin, se haga Arte para el pueblo sin escatimar en el sucio dinero.



Veo ahora, acabada la perorata, que se me ha olvidado decirles de qué iglesia se trata. Si es de valor para ustedes, propónganme un precio por la información y se lo digo. Prometo hacer el esfuerzo de considerar los malos tiempos que arrastran nuestras economías.



(Escrito por Dragut)

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29 diciembre 2008
¿Somos o no somos?

Un palíndromo se lee de izquierda a derecha como de derecha a izquierda. Un ambidextro, como quien dice. ‘Reconocer’ y ‘Somos o no somos’ son palíndromos. (En itálicas, los palíndromos contenidos en este texto).

En un principio fue el palíndromo. Adán a Eva:

Madam, I'm Adam.

Traído al castellano:

Nada, yo soy Adán.

Diálogo que se debe a James Joyce y su traducción a Cabrera Infante.

Semanas más tarde Faustine de Morel paseaba por la entretela, cuando se cruzó con un menesteroso:

Yo de todo te doy, le dijo.

Salut, tu l’as, respondió éste, que hablaba en gabacho.

Los palíndromos se mueven de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, como el mundo, la vida, el espíritu y el cuerpo, y pueden leerse alegremente de ida, penosamente de vuelta. Y al revés.

Como el mundo, decíamos, en donde grandes palindromistas han sido.

Los griegos jugaban a palindromar como en el NJ algunos juegan a hostiarse. Joyce, los surrealistas, Cortázar, Cabrera y el Oulipo (Calvino, Perec y compañía) trajeron los palíndromos y otros juegos de vuelta a nuestros días, en los que hay mucho palindromista en activo.

Mi tío Pepe, sin ir más lejos, se para sobre la cabeza y compone un palindromín:

Yo hago yoga hoy.

Que, por cierto, queda mejor así:

ʎoɥ ɐƃoʎ oƃɐɥ oʎ

Sin olvidar el contingente de palindromeros anónimos que desde la noche de los tiempos han urdido la reversible trama del habla y de la escrita. La ruta natural. Ni tampoco al pequeñín Monterroso, quien, gracias a un estado de profunda concentración obró este palindromete de retrete:

Acá caca.

Ni menos a Víctor Carbajo, palindromista, músico y dibujante, quien, tal vez por la proximidad territorial (es madrileño), parece componer sus palíndromos mientras lee este NJ.

A propósito de NJ, en un día como hoy, antepenúltimo del año, ¿cuántos y quiénes escribirán aquí? Un número capicúa, en el mejor de los casos, 22 ó 44. Digamos 33. Pues bien, cada cual, a falta de su retrato por Carabacho, al menos tendrá a cambio su palíndromo de Carbajo.


Reconózcanlo, reconózcanse.

1. Sabanita legada gelatinabas
2. Si era Tsé, no más amonestaréis
3. Atar a la rata
4. Metí yo hoy ítem
5. Oirán a cada canario…
6. Otro coito, tío corto
7. O da mi moro mimado
8. La Calaza caza la cal
9. Edipo seboso beso pide
10. Diva, de la sinagoga ni sale David
11. Efímera es la fama, falsearé mi fe
12. Atíname la alemanita
13. Etílica fama facilité
14. Si esa moto tomaseis…
15. Sábana meada emanabas
16. Oda emocionará paranoico meado
(Me temo que hay uno que acumula)
17. A mí sí da luz azuladísima
18. Árabe cateto teta cebará
19. A lobo ajeno, coneja o bola
20. Así te opresa ser poetisa
21. Romano coño soñó con amor
22. Oirá loco torpón no protocolario
23. Su rival fuma cosas o camufla virus
24. A tres ídolos solo diserta
25. Allí va ramera; hoy yo haré maravilla
26. Le di faisán así a Fidel
27. Nazi: ni vida divinizan
28. Sacar rusas urracas
29. Si era mamada, mamaréis
30. Lana se trae artesanal
31. Ora cipote meto pícaro
32. A tu pedorro morro de puta
33. ¿Asoma falos acaso la famosa?

De izquierda a derecha y de derecha a izquierda. ¿Somos o no somos?

(La ilustración es de Escher)

(Escrito por Josepepe)

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28 diciembre 2008
Viaje a Bolivia

Sufría una vez más la cíclica e imprevisible erupción del volcán en que se había convertido mi relación de pareja cuando me propusieron llevar a cabo un trabajo de consultoría en Bolivia. La propuesta me pareció providencial porque evitaba tanto continuar la ya imposible convivencia como la no deseada separación. Aceptar la propuesta podía servir para abrir un largo paréntesis y dejar que el tiempo remediara lo que parecía no tener remedio. Así, pues, sin pensarlo acepté el duro encargo incluso con cierta alegría.

Cuando el vuelo de Avianca Bogotá - La Paz se aproximaba al aeropuerto de El Alto sentí los primeros síntomas del temido soroche altiplánico y tuve que pedir una mascarilla de oxígeno. Ya en el edificio terminal me dieron el primer mate de coca y una pastilla de coramina para reforzar la función cardíaca. En la ciudad volví a tomar más mates y más pastillas pero de poco sirvieron los remedios y esa noche la viví como la última de mi vida. Durante dos semanas mejoré lentamente hasta conseguir un nivel de adaptación a la altura tan excelente que si viajaba a Los Llanos no sufría de soroche al volver, algo que pocos nativos conseguían.

La Paz, ubicada en una honda depresión altiplánica (su nombre en aymara es Chuquiago, El Hoyo) era entonces una ciudad de medio millón de habitante; su aspecto y tipo de vida eran marcadamente provincianos; había muchos aymaras, unos deambulando como zombis por las calles, otros vendiendo dos o tres montoncitos de limones, sentados en el suelo a la morisca, y todos comiendo a todas las horas en los mercados callejeros. Después de unas cuantas noches de hotel conseguí un apartamento en el traspatio de una casona de la vieja burguesía paceña cercana a la plaza Noroña, en la cual se exhibe un monumento a los héroes de la guerra del Pacífico, de la que ese año se celebrada a bombo y platillo el primer centenario. Una cholita eficiente se hacía cargo de la limpieza y en poco tiempo logré desarrollar la misión que me había llevado a aquella perdida ciudad de un país que se llamó el Kollasuyo en tiempos del Gran Imperio Inca y Alto Perú en los del Virreinato cuya capital fue la ciudad de Lima.

El Supremo Gobierno de Bolivia había contratado los servicios de una consultora norteamericana para realizar un ambicioso estudio integral del transporte a fin de romper la secular desmembración de un país de un millón de km2 que seguía sin caminos transitables en toda época en las postrimería del siglo XX. El numeroso equipo de trabajo necesitaba un economista con experiencia en agricultura y en evaluación de inversiones que hablara castellano. El puesto lo desempeñé yo. La sección que dirigí contaba con tres técnicos bolivianos, un ingeniero agrónomo jubilado, un economista senior y un economista junior. El primero cumplía el papel de ser mi contraparte y fue con él con quien más intensa y frecuentemente me relacioné. Amisté algo con el economista junior, con apellido catalán, Clará. Era animoso, sentía un amor ardiente por su país y no ocultaba su ideología militarista, claramente xenófoba y fascistoide. No ocultaba su pertenencia innata a la Rosca, nombre que en Bolivia se da a lo que en España llamamos fachas y en chile momios. Hugo Banzer convocó elecciones en julio de 1978 cuyos resultados le fueron adversos y las anuló, lo que provocó que el ejército, al mando del general Pereda diera el enésimo golpe militar y se hiciera con el poder. Solo gobernó durante cuatro meses ya que a fines de noviembre el ejército dio un nuevo golpe. A mi llegada a Bolivia el país estaba gobernado por una Junta Militar presidida por el general David Padilla Arancibia, la cual se había pronunciado partidaria de implantar la democracia parlamentaria a través de las elecciones que estaban convocadas para julio de aquel mismo año. Faltaban pues cinco meses para los comicios. Admiro la buena fe y el entusiasmo de los bolivianos. Daba la impresión de que nunca habían padecido la falta de libertades que sufrieron durante los siete años de la dictadura de Banzer. Se les veía disfrutando pacíficamente del fin de la dictadura. El país vivía una cierta etapa de bonanza económica que muchos atribuían a la política económica neoliberal de Banzer combinada con la consabida represión policial. Conocí a muchos militantes del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) que no dudaban en reconocer méritos indudables a la época de Banzer hasta el punto de lamentar que hubiera perdido las elecciones. El economista Clará no estaba contento con la vuelta de la democracia. Más de una vez me aseguró que algún día, cuando ya estuviera yo de vuelta en España, oiría hablar de él como cabecilla del golpe de estado gracias al cual se impondría en Bolivia el sistema político que haría del Corazón de América (así llamaba a su país) la nación más poderosa de América y una de las más grandes del mundo.

Mi contraparte, el ingeniero agrónomo, era de origen polaco y había sido combatiente en la guerra del Chaco siendo muy joven. Su padre, un oficial del ejército del Imperio Austrohúngaro, se vio obligado a huir del país porque había dado muerte a otro por una mujer. Llegó a América a fines del siglo XIX y se ganaba la vida con un barco mercante por los ríos de Brasil, Bolivia y Paraguay. Eran los tiempos de otra guerra, la del Acre, que terminó, como la del Chaco, con un desgarrón territorial de la nación boliviana que ya había sufrido otro, la pérdida del Departamento Marítimo, como consecuencia de la guerra del Pacífico, también llamada del salitre, contra Chile. Después de las tres guerras citadas, Bolivia perdió la mitad del territorio que el general Bolívar le adjudicó en 1825, año de la independencia de España, en reconocimiento a los servicios prestados por el general Sucre.

Mi contraparte me hablaba a menudo de su padre, marino mercante fluvial como ya he dicho, prófugo de la justicia de su país y aficionado a la arqueología cultural. Que él hubiera nacido en Bolivia se debía a que su padre oyó hablar de las viejas y olvidadas ruinas que había cerca del lago Titicaca. La imaginación del mercante prófugo apasionado por las mujeres y las ruinas del pasado le llevó a La Paz, ciudad en la acabó estableciéndose para así estar más cerca de las ruinas y poder dedicar más tiempo a su hobby, las investigaciones arqueológicas. Como consecuencia de ellas, el viejo mercante escribió un grueso y prolijo libro, que publicó la Universidad neoyorquina de Columbia, en el que aventuró las hipótesis, hoy superadas por la investigación posterior sobre la cultura del Tahuantinsuyo, así como esquemas y dibujos sobre los elementos arquitectónicos y escultóricos de una cultura que puede tener alrededor de los diez mil años de antigüedad. La casa que se construyó en La Paz la decoró con reproducciones del Tahuantinsuyo. En esa casa vivía mi contraparte y en ella estuve en varias ocasiones. Intenté que me regalara un ejemplar de la obra de su padre pero no lo conseguí.

Mi contraparte era un acendrado y visceral anti español al que tuve que soportar sus continuas diatribas contra los españoles y sus supuestas prácticas antiecológicas. Era amigo de la naturaleza y como tal fue el fundador de la Asociación Ecologista Boliviana. Estaba convencido de que si los indios, así los llamada él, quemaban los pastos era porque lo habían aprendido de los españoles. De nada me sirvió decirle que está demostrado que la quema de rastrojos y pastos es una mala y ancestral práctica universal. No tenía por costumbre atender a razones. Fue esta mala práctica la que, según él sostenía, hizo que se descubriera la enorme riqueza argentífera del monte de Potosí. La quema, decía, derritió la plata más superficial y los españoles se la llevaron en lingotes o amonedada en la Real Ceca que fundara Felipe II. Con mi contraparte lo único que conseguí es que me acompañara en los grandes viajes de reconocimiento del extenso territorio boliviano a fin de recoger datos sobre la calidad de los terrenos y su aptitud para los cultivos. Fue imposible conseguir que se dedicara a elaborar los proyectos agronómicos imprescindibles para proceder a la estimación de los excedentes de los futuros productores gracias a los cuales evaluar empresarial y económicamente las inversiones del plan integral de transportes que el gobierno había encargado. El agrónomo llegaba diariamente al estudio con una sonrisa en su enrojecido pero afable rostro de anciano, se sentaba, suspiraba, se levantaba, se sentaba de nuevo, haraganeaba por la oficina y daba su amable aquiescencia a los proyectos agronómicos que tuve que hacer en su lugar antes de llevar a cabo la evaluación económica de los mismos. Todo parecía discurrir dentro de la mejor y más idílica de las relaciones profesionales y personales. Él no hacía nada de lo que tenía que hacer y yo hacía lo mío y lo de él. Me sentía tan bien en Bolivia que incluso una sobredosis de trabajo me parecía un lenitivo si la comparaba con los duelos vividos en Madrid, aunque bien es verdad que a la sensación de bienestar colaboraba el haber encontrado una compañera culta e inteligente con la que estaba viviendo un romance reparador.

Al finalizar mi participación en el estudio, mi complaciente contraparte me traicionó sin mover un músculo facial manifestando ante el comité director del estudio que no estaba de acuerdo con la contribución al proyecto que presenté en nombre del equipo del que él mismo formaba parte, lo que demuestra que la condescendencia con los haraganes no da buenos resultados ni para el trabajo ni para las relaciones personales. Aquella situación fue muy penosa para mí en el terreno profesional pero mi estancia había terminado y abandoné Bolivia desgarrado por la separación forzada de una compañera cuya bondad nunca sabré encomiar bastante.

Al volver al hogar mis hijos jugaban en la puerta de mi casa. Me miraron y me dio la impresión de que no me estaban reconociendo. Había pasado casi un año en Bolivia y mi aspecto era talmente el de un boliviano nativo, mal vestido y con barbas de guerrillero, lo que probaba de un modo palpable que había logrado lo que me propuse al llegar al país andino ya que o me adaptaba o tendría renunciar. Desde entonces siempre pienso en Bolivia como se piensa en un país que supe convertir en mi propio país.

Al abrirme la puerta, mi mujer leyó en mi cara síntomas de ausencia y, a bocajarro, me espetó si estaba libre. No me vi con fuerzas para mentir, con lo que el drama estaba servido. Cuando nos fuimos a la cama mi mujer temblaba y los dientes le castañeteaban. Incluso vomitó compulsivamente. Como el menos avisado de los lectores podrá imaginar, la solución del problema estaba en mis manos sólo si era capaz de poner punto final, aquella misma noche, a la relación amorosa que había mantenido en Bolivia, lo cual quiere decir también que la fórmula parecía haber dado unos resultados más favorables de lo que hubiera podido imaginar cuando me fui.

Durante dos meses experimenté en la meseta castellana (a setecientos metros sobre el nivel del mar) sensaciones físicas inversas a las del soroche que sufrí a cerca de cuatro mil de altitud en el altiplano: al sobrarme al menos dos o tres litros de sangre, tenía una oxigenación cerebral excesiva. Una sensación de modorra y laxitud extrema me impedía trabajar con normalidad.

Cuando desperté, la crisis seguía allí.



(Escrito por Desdeluego)

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27 diciembre 2008
Chardonnay
(A Manolo Manzaneque, Roi du Chardonnay, con el que me emborraché dos veces: una, de gozo, tras probar su vino; y otra, de gin&tonic, algo más tarde.)

El misterio mágico de la Chardonnay es el equilibrio. En termoquímica, se entiende como situación de equilibrio aquella en la cual la diferencia de entalpía libre entre reactivos y productos es exactamente igual a cero. Ello impone, necesariamente, que el término entrópico se ha igualado –por efecto de la temperatura– al término entálpico. El símil termodinámico viene al caso porque, en el mundo del vino, podríamos conjeturar (sin que tal especulación sea una mera cogida foliar de rábanos) que el tiempo tiene un efecto paralelo al de la temperatura: ambos factores hacen posible lo raro, lo inimaginable, lo poético. Además, el término entrópico estaría directamente relacionado con la perfumada agresividad juvenil de los blancos y, por último, la entalpía, ese calor interno transmisible a presión constante, convergería conceptualmente con las características (epi)genéticas de los vinos tintos. ¿Por qué? Allá va mi explicación: al igual que la entalpía, el vino tinto es energía interna más trabajo: maceración con los hollejos, fermentaciones prolongadas fuertemente exotérmicas y relajadas crianzas son conditio sine qua non para que aquello que finalmente bebemos pueda ser descrito como redondo. Pues bien, la Chardonnay es una variedad blanca que debe de ser tratada, en aras del mencionado equilibrio, como si de una tinta se tratase: apropiada poda (tres/cuatro pulgares de dos yemas), agua la justa, potasio el que buenamente pueda extraer del vitífero suelo, tres kilos por cepa, fermentaciones (alcohólica y maloláctica) en barrica, crianza posterior de hasta seis meses… Sólo tras semejante industria obtendremos esa tonalidad más otoñal que áurea, esa untuosidad láctea que confiere el glicerol pacientemente sintetizado, esos aromas profundos, alejados de las fanfarrias frutales de los blancos al uso, ese recuerdo inequívoco al terroir, a lo mineral, a lo fáctico. El vino de la Chardonnay debe de llenar la boca; su explosión, una vez difuminados los iniciales cánticos nasales, es posterior, íntima, casi gástrica: una llama en la ancestral cueva; un grito de equilibrio esforzadamente meditado. Como en el cuento de Boris Vian, un blanco con alma de negro: termodinámica de la paciencia, sabor sin cambio de energía libre. Espeleológico. Genital.

(Escrito por Protactínio)

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26 diciembre 2008
¿Por qué ya me gustan las Navidades?
(El autor, en Navidades. Disculpen el casi imperceptible toque de Photoshop.)

Yo, lo confieso, era de esos que caen presa del shock anafiláctico al acercarse estas entrañables fiestas. Era ver en televisión los primeros anuncios de colonia (ahora fragance) y notar cómo un sarpullido me brotaba aquí, por la parte derecha de la espalda, y se me venía hacia delante, mismamente hasta la barriga. ¡Imagínense ustedes! Podría notar, aún en la más perfecta de las oscuridades, cómo me ardían los ojos, empapados en salvíficas –aunque inútiles– lágrimas; cómo la congestión nasal se hacía con mi nariz, convocando, de paso, a mi pertinaz sinusitis aguda. En fin: un desastre. Y no les cuento nada cuando aparecían, en las ventanas de mi barrio, los primeros papánoel colgaditos de sus ridículas escalerillas, con una mochila llena de nada. Ir al centro de mi pueblo, me estaba vedado por prescripción facultativa. Estrictamente. Pisaba las calles iluminadas, escuchaba las musiquillas machacantes, reparaba en los decorados escaparates, y mi sistema inmune explosionaba. Me convertía en un sobreproductor de inmunoglobulina E que, hinchado y trastabillante, procuraba, al menos, tener la dignidad de no caer derrotado, convulso y azogado, en plena calle. Y, claro está, no gozaba de la fiesta.

Todo eso ha cambiado, sin embargo. Hoy, anoto cuidadosamente las distintas fragances que, con delicioso acento ora francés, ora británico, nos regala la publicidad. Así, cuando mi mujer me dice ¿Qué quieres este año como regalo, darling? pues yo, cumplidor sobre todo, puedo informarle del amplio abanico de posibilidades a su alcance. Ella lo agradece mucho, claro. Y, de paso, se ahorra la magnífica corbata con topillos que queda reservada para el Día del Padre. Very convenient, como pueden suponer. Además, y sin el menor atisbo de espasmo o sudor, he sido capaz de decorar la fachada de casa con una hermosa ristra de LEDs de colorines y bajo consumo que componen la expresión: Merry Christmas. Por supuesto, un par de rojos papánoeles flanquean, a distinta altura por mor de matar un poco la simetría, semejante luminaria. Sus mochilas van cargadas de dátiles, nueces y orejones de melocotón y naranja ya que, como es sabido, estas chucherías son muy saludables para los que han de dar largas caminatas entre la nieve. Por supuesto, ya tengo comprada para mi princesa la nueva fragancia de Ágatha Ruiz de la Prada. Se la regalaré al lado de un sugerente conjunto de lencería de color rojo, que da mucha suerte para el año entrante.

Y todo esto, ¿cómo?, se preguntarán incrédulos. Pues muy sencillo, como todo en la vida si el trabajo duro, el esfuerzo y la dedicación son los faros que iluminan, orientan nuestro paso por este valle de lágrimas: me puse en manos de un psicólogo. Conductista puro. Formado en Harvard con el mismísimo Burrhus Frederic Skinner. Les ahorro, por cruda, la descripción de la terapia pero, cuando acabé y aboné al terapeuta la correspondiente minuta, sólo me quedaban ganas de Navidad. Y de nada más que eso. Todas mis turbias pulsiones (la comida compulsiva, la dipsomanía galopante, los puritos Mehari’s, los puzzles, los relatos de Connan Doyle, los blogs…) habían desaparecido como por ensalmo. Era otro hombre. Libre. Sano. Flotante en una inopia de felicidad navideña, en un magnífico, iridiscente limbo de nubes blancas, bolas de colores, espumillón, Sidra Champagne El Gaitero y décimos de lotería no premiados. Todo eso sin más precio que una obscena factura y la (me aseguran que pasajera) anorquia que desde entonces me acompaña. Pero, no crean: tiene sus ventajas. El tanga rojo que me pongo para las grandes ocasiones (Nochebuena, Nochevieja y Reyes) me queda, no sé, como más estiloso, menos alfredolanda, ya me entienden. Y si a eso le unen el irresistible aroma a Hugo Boss que desprendo, comprenderán que el cambio ha sido como de la noche al día. Cuando quieran, les paso el contacto de mi psicólogo. Y ya verán qué bien.

(Escrito por Protactínio)

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25 diciembre 2008
¡Feliz Navidad!


(Recopilado, digitalizado y musicalizado por El Richal)

((Con la impagable ayuda de muchos de ustedes. Gracias enormes.))

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24 diciembre 2008
Soñaré penas escasas

Will your magic Christmas tree be shining?
(ISB, Chinese White)



Soñaré penas escasas,
árboles de Navidad.
Las compresas no traspasan,
hoy me duermo sin llorar.
Pongo tu nombre a las cartas,
luego las dejo volar.
Infecciones de garganta
para escupir la verdad.

Y sentado en el camino
veo pasar el viejo tren
lleno de gente.
No he sabido qué comprarte,
no me gusta que estés
en ninguna parte.

La tristeza en la ventana,
los amores sin regar.
Habitaciones cerradas,
libros que no sé cerrar.
No ha cambiado apenas nada,
pero nada sigue igual.

Aguarda, amor, que estoy vivo,
aunque tenga tierra y plantas
en la frente.
Aguarda, que no te olvido,
las cosas que deben ser
son de repente.

Y sentado en el camino
veo pasar el viejo tren
lleno de gente.
Me duele que te hayas ido,
me duele sentir que estás
pero no verte.




(Escrito por Al59)

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22 diciembre 2008
Mercados marcados
1. Comercio mudo pero eficaz, porque la confianza no necesita pregonarse. El caso lo citó aquí Tse. Es el histórico mercado del oro y la sal en el río Níger entre los tuaregs de la orilla norte y los bantúes del Sur, un ejemplo de comercio mudo que practicaron antes los fenicios con las poblaciones costeras del Mediterráneo y los indígenas americanos entre sí. Dejemos hablar al cronista original, el mercader veneciano Alvise da Ca´da Mosto (1432-1488): «Cuando los negros [los porteadores, esclavos negros de los tuaregs y de los árabes] alcanzan las aguas del río, cada uno de ellos hace un montículo con la sal que ha traído y lo marca, tras lo cual se alejan todos de la ordenada fila de esos montículos, retrocediendo a una distancia de medio día, en la misma dirección de donde han venido. Entonces llegan unos hombres de otra tribu negra, hombres que nunca enseñan nada a nadie y con nadie hablan: llegan a bordo de grandes barcas, desembarcan en la orilla y, al ver la sal, colocan junto a cada montículo una cantidad de oro, tras lo cual se marchan, dejando la sal y el oro. Una vez se han ido, regresan los que han traído la sal y si consideran suficiente la cantidad de oro, se lo llevan, dejando la sal; si no, dejan sin tocar la sal y el oro, y vuelven a marcharse. Entonces los otros vienen de nuevo y se llevan la sal de aquellos montículos junto a los cuales no hay oro; junto a otros, si lo consideran justo, dejan más oro o no se llevan la sal. [Y así sucesivamente hasta alcanzar un “precio de equilibrio”]» (citado por (Kapuscinski, Ébano).

Como modelo económico es un mercado singular porque aúna competencia perfecta, mercado cerrado e intercambio de dos medios de pago, el oro y la sal, las principales monedas de las regiones del Sáhara, Sahel, África negra y península arábiga (aquí con las especias y, en declive, el incienso) en aquella época. Competencia perfecta porque los factores externos de la confianza entre ambas comunidades, sancionada por la tradición de ese comercio, y su dependencia de esos productos para sobrevivir, actúan como garantes mayores que la información y la transparencia en nuestros mercados modernos. No es un simple trueque de bienes de consumo o suntuarios. El tipo de cambio entre la sal y el oro se fija con independencia de otra costumbre que también vincula a ambas tribus, sin impedirles comerciar: los tuaregs realizan incursiones periódicas en el Alto Níger para procurarse esclavos negros... entre los vendedores del oro. El pacto tácito -“hombres que nunca enseñan nada a nadie y con nadie hablan”- de convivencia no necesita de ningún regulador externo (aún no existe la diferencia entre lo público y lo privado que inician Estado y ciudadano) y comprende costumbres aparentemente contrarias como el comercio y la esclavitud.

2. Un precursor de nuestro actual mercado financiero: Onitsha, una pequeña ciudad de Nigeria que albergaba el mercado más grande de África hasta los recientes años 80. No se basa en la división del trabajo, imagen, marca o especialización en producto o servicio tal y como la conocemos en Occidente, sino en la común dedicación de todos al comercio con cambios inmediatos de función de cada uno según la demanda. Y cuando ésta no se manifiesta, cual fantasma, la oferta la crea, en versión rudimentaria de la Ley de Say. Cuando Kapuscinski visita la población el mercado languidece por falta de dinero. Sastres, lavanderas, cocineras, puestos de fruta y hasta su conocido Onitsha Market Literature, con sus respectivos clientes, no cierran transacción alguna. Entonces la imaginación suple al dinero e integra la competencia como cualquier otro suministro, Surge un producto espontáneo cuya demanda será inmediata porque incita la necesidad: el acceso a la ciudad se hace por una carretera estrecha que provoca grandes embotellamientos; los camiones que transportan las mercancías avanzan muy lentamente en medio de la multitud y sin visibilidad. Apresuradamente, unos comerciantes vivales (“emprendedores”) han cavado un gran agujero al comienzo de la calle en el cual se precipitan toda suerte de vehículos. Inmediatamente aparecen múltiples servicios de rescate: de las mercancías apiladas en la caja, de los conductores y del mismo vehículo. También, de restauración: surgen hoteles espontáneos bajo un cartel improvisado en un trozo de cartón en lo que hasta hace un momento eran tiendas precarias. Y puestos de comida y bebida para que repongan fuerzas los esforzados rescatadores de incautos.

Este modelo es lo más parecido al libre mercado, esa falacia de la teoría económica. Trampa, engaño, ruina y reparación son la cadena de valor de la competencia, los productos que ofrece este mercado básico con la misma diligencia y eficacia que el mercado financiero del mundo global en su actual crisis.

3. La Caja de Ahorros de Navarra pasa del Monte de Piedad a la Obra Social y de ésta a la solidaridad democrática en una generación. Del empeño de la medalla, que mantenía a su autor pobre pero único, a la medalla del empeño del necesitado, que mantiene al pequeño mecenas rico pero informe. Un viaje circular de la caridad a la solidaridad con beneficios para el donante. Es el mismo socavón del mercado nigeriano pero con diseño consolador para conciencias solitarias. El nuevo producto no deja de ser un viejo mecanismo de fidelización de clientes: los impositores votan proyectos solidarios y, muy importante para el balance final, cooperativos, a cambio de sentirse partícipes de decisiones que mejoran el mundo, el suyo en primer lugar. La crónica del invento de la Caja de Ahorros dice que “el público quiere menos cultura y más solidaridad”. Pero el público, nunca mejor dicho porque de espectadores se trata, construye el mismo fetiche con una exposición de moda que con un proyecto solidario o de cooperación al desarrollo: dejar de ser público y sentirse actor de la función. No son solidaridad ni buena conciencia los productos que vende con éxito la Caja sino la (re)integración en la comunidad y el sentimiento de igualdad que necesitan sus clientes para dejar de ser seres anónimos y solitarios. Los actuales impositores eran antes familiares y vecinos entre sí, con una identidad reconocida mutuamente, y ahora son una masa informe que quiere rentabilizar los intereses de sus depósitos en forma de participación y personalidad, no de ideales y valores, como suele confundirse. Como modelo de mercado éste es el más eficiente, si se mide en costes y beneficios para ambas partes, Caja y cliente.

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Que tengan ustedes felices compras y mejores regalos.

(Escrito por Bartleby)

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21 diciembre 2008
Veteranos


El editor mintió: no hubo insolación ni muerte en un manicomio. Yo lo conocí años antes y le conté mi historia, en un breve interludio de lucidez entre narcóticos y espirituosos. En realidad yo era medio inglés y medio irlandés, y de aquello con matices pues mi padre nació en Cornualles. Pero eso no viene al caso. Él ganó no sé que premio de renombre y yo sigo en un asilo repitiendo mis desvarios de un veterano de la Reina, pobre y borracho. Como tantos que forjaron el Virreinato más fastuoso de la Historia, el que dió el título de Emperatriz a la alemana que ceñía la Corona de San Jorge y San Andrés. Es verdad que le enseñé la cabeza de mi hermano Daniel, que fue rey, como yo. Creo que me robó lo único que saqué de aquellas montañas, que retiré con congoja de los restos de mi camarada y que nunca pensé vender. Creo que cimentó su fortuna con la desgracia de dos veteranos y que yo se la serví en bandeja. Ni yo estaba loco entonces ni lo estoy ahora. Sobrecogido, confuso y enfermo sí, pero no loco. Un año entero tarde en regresar desde que recuperé la cabeza del rey, más que nada para tener una prueba de que lo que habíamos vivido sucedió realmente. Fuimos reyes, los dos, pero nunca pensamos en postrarnos ante la Reina y ofrecerle nuestro país. He leído lo que escribió y miente. No pensamos en los rusos ni en su ataque a la India. Qué estupidez. Dos buenos soldados se dejan la piel en mil andanzas por medio mundo y acaban licenciados con una mezquina pensión que les permite malvivir de burdel en burdel y de cantina en cantina hasta que se miran uno a otro y deciden que todo es un engaño. Y se ponen en camino para tomar algo de lo que dieron y tienen un sueño y lo tocan con la punta de los dedos. Nada para esa alemana gorda y sus pares patilludos y remilgados. El reino era para nosotros, que servimos en Rorke's Drift y en Majuba Hill, y que perdimos mil camaradas en Afganistán y que renunciamos a nuestras familias por el maldito regimiento. Creían que peleabamos por la Reina y lo hacíamos por el casaca roja que blasfemaba a nuestro lado cuando las cosas pintaban mal y zulúes o mahometanos o adoradores de Kali o franceses u holandeses nos acorralaban y veíamos la sombra pálida de la muerte frente a nuestras sudorosas frentes hasta que la formación cerrada y la cadencia incesante de los disparos de nuestros Snider o mejor, de nuestros Martini-Henry, hacían retroceder a la turbamulta de salvajes que ansiaban nuestro pellejo y nuestra alma y nuestros morriones. Pero el periodista no contó eso. Era un angloindio ambicioso. Me dijo que lo había pasado mal de niño, medio abandonado por sus padres, o eso entendí después de tanto whisky, y que no estaba dispuesto a pasarlo así nunca jamás. Aunque no sé si eso fue en nuestro primer encuentro en el tren o después, cuando volvimos de Degumber y nos facilitó mapas y pasamos una noche entera en la redacción de su periódico o al final, tras admirar horrorizado la cabeza reseca del rey Daniel Dravot. Bien aprovechó la ocasión, pues leí mi propia historia bajo su firma, en el año 98 o 99. Estoy seguro de eso, porque había estallado la Gran Guerra Bóer por aquel entonces y alguien en El Cabo quiso que me alistara como explorador en el 60º del King's Royal Rifle del ejército de Sir Penn Simmons. No lo hice. Ya había dado bastante y aunque perdí la corona, tengan por cierto que Peachy Talafierro Carnehan no es idiota y del Kafiristán salvé más de lo que le dije a ese engolado escritor, así que debía mirar por mi propio garito. Mala suerte la ruina que me produjo el delirio de ese maldito ministro de la colonia. No debí dejar El Cabo. Bulawayo y Mashonaladia no me trajeron mejor fortuna. No encontré ni diamantes ni oro, sólo a una negra grande y candorosa que me consoló de mi desgracia y me animó a cultivar la tierra. La abandoné con tres mulatos de pelo liso y rojizo después de tres años de sequía que asolaron las tierras fértiles de Rhodesia, las que a nadie importaban. Volví a Inglaterra. Reclamé una pensión y me dieron cobijo en un asilo para indigentes del Ejército. La ginebra no es mala.

(Escrito por Phil Blakeway)

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20 diciembre 2008
Tokay

“Altamont has a nice taste in wines, and he took a fancy to my Tokay. He is a touchy fellow and needs humouring in small things.”
Arthur Conan Doyle, His last bow.


"
Víno kráľov, kráľ vín" quiere decir, en eslovaco, “el vino de los reyes, el rey de los vinos”. La frase, igualmente en latín, adorna muchas etiquetas de esta dulcemente ácida delicia. No soy, en general, amigo de los vinos dulces; pero el Tokay, o Tokaji, no es exactamente un vino dulce. Lo sería, sin duda, a tenor del grado alcohólico probable (sobre el 20%) de las uvas Furmint, Harslevelu y Muscat Lunel (una moscatel muy parecida a las nuestras), recogidas muy tardíamente. La vendimia suele comenzar, tradicionalmente, a partir del 28 de octubre, fiesta de San Simón y San Judas. Para entonces, con el otoño ya empezado, son frecuentes –lo llevan siendo más de un mes– las nieblas matutinas que, asentándose en el fondo de los valles, cargan de humedad las cepas. Posteriormente, a media mañana, el tibio sol del este de Hungría, casi en la frontera con Ucrania, las hace levantar y, amorosamente, calienta las uvas lo suficiente como para que, en algunas de éllas, la Botrytis cynerea, el hongo productor de la, en otras partes, temida botritis gris, se desarrolle, las pasifique y las haga alcanzar unos grados de entre el 40 y el 60%, produciendo abundantes cantidades de ácido glucónico, derivado de la glucosa. Esta sencilla oxidación, generadora de la escasa energía que el hongo precisa para su actividad vital, es el punto crítico de todo este proceso. Si el ataque por el hongo se produjese de forma rápida, casi neoplásica, sólo tendríamos podredumbre y llanto; es la lenta cinética de la infección, embridada por las poco elevadas temperaturas otoñales, la que va a producir un ataque individual, controlado, noble; un caballeroso ataque que permitirá la recogida selectiva de las uvas pasas –que se procesarán por separado– y de las uvas sanas, vendimiadas y vinificadas normalmente. Con el zumo de las uvas pasas, las uvas aszú en el lenguaje propio, se obtiene la eszenzia que, una vez fermentado el mosto de las uvas sanas, se mezclará con él y se embotará un mínimo de dos años. Durante este tiempo, se producirá una segunda fermentación a partir de los azúcares de la eszenzia que llevará, finalmente, al Tokay. La calidad del producto final depende, lógicamente, del contenido en uvas aszú. Los húngaros emplean un muy antiguo sistema de clasificación al respecto. Las cubas que usan para vinificar la mezcla, tienen alrededor de 140 litros de capacidad. Éstas se llenan con el vino blanco inicial más la eszenzia. Para transferirla, se utilizan unos recipientes de madera, a modo de capachos, de entre 20 y 25 litros llamados puttonyo. De tal guisa, un barril puede llevar entre uno y seis puttonyo. Los Tokays “de batalla” llevarán tres y los muy buenos cinco puttonyo. Las variedades en el precio son, consecuentemente, grandes. Dependiendo, claro está, de la antigüedad del vino, un Tokay de cinco puttonyo, siempre en botella de medio litro con un cuello elegantemente alargado, puede costar entre 50 y 70€ aquí en España. Un precio más que razonable para un vino de complejísima elaboración y no menos espectacular boca, con unas deliciosas puntas ácidas impecablemente armonizadas en un fondo dulce, que no empalagoso, caliente, esféricamente solar. El Tokay es un vino perfectamente adulto, con cara y cruz, con una gracia puntiaguda y una acidez glucónica desusada. No es, empero, la acidez adolescente, algo desequilibrada y, casi siempre, a destiempo; es la acidez de los años, madura, irónica, cínica a fuer de culta, siempre en su lugar y en su momento. La plateada acidez de quien, sin sentarse a esperarlo, ha visto ya pasar los cadáveres de sus enemigos.

(Escrito por Protactínio)

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19 diciembre 2008
Atardecer en las Tierras Raras

Qué soledad de pájaros heridos
En el morir abrupto de la tarde;
Qué violento, cercano mar que arde,
Naranjas y violetas confundidos.

De pólenes y flores encendidos
Los ojos. Desde la luna cobarde
Vendrá la claridad: quiera que guarde
Los cuerpos que se aman escondidos.

Sobretarde de abril en el desierto
De azules tierras raras del deseo:
Luminaria fugaz a cielo abierto.

Alcorque circular en su apogeo,
Regado con las lágrimas del muerto
Corazón vegetal con el que veo.

(Escrito por Protactínio)

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18 diciembre 2008
Menos choteo
Nobody fucks with the Jesus
J. Quintana. Macarra y visionario.


La principal diferencia entre los politeísmos paganos y el monoteísmo de las tres religiones del Libro no es, como podría parecer a un extraterrestre o un ateo, una simple cuestión de cantidad; es un asunto de desigualdad -y, por lo tanto, cualitativo. Cuando hay un solo dios con las características de Ese, no caben las ideas de aceptar o elegir, sino sólo la sumisión. El creciente dominio censual y territorial del dios bíblico, en régimen de semimonopolio (aproximadamente cuatro mil millones de creyentes, y subiendo) está provocando un efecto colateral que pasa desapercibido ante otros intríngulis teológicos de mayor relevancia salvífica, a qué negarlo, pero menos trascendencia narrativa. Hablo nada menos que de la desaparición de un clásico de nuestro ingenio: el engaño a un dios para conseguir comida, armas, mujeres, visados diplomáticos al más allá o, qué coño, para pasar un buen rato riéndose con los amigos y contándolo alrededor de la hoguera, frente al televisor o en los chats: no os podéis imaginar la que le armó el otro día a Ganesha un amigo de mi cuñao.

Con los dioses de los distintos panteones siempre se pudo competir; los humanos los engañaban con frecuencia y no siempre tenían que pagar un precio. De hecho, no hay una sola religión politeísta que no albergue relatos en los que algún humano tangue a algún dios: en las religiones de origen yoruba, tanto africanas como en sus distintos desarrollos americanos, cualquier brujo o iniciado puede tener con cierta facilidad un orishá a su servicio, correspondiendo a postulantes, peticionarios, discípulos y creyentes comunes el abono de las tasas; el maíz centroamericano fue robado a los dioses en multitud de relatos mayas y mexicas (existe toda una categoría divina, que se puede encontrar en los cinco continentes, que tiene que ver con los alimentos obtenidos a través de la destrucción de dioses llamados dema; generalmente se trata de cereales y tubérculos, es decir: se vincula el nacimiento de la agricultura a la colaboración -forzosa las más de las veces- de alguna divinidad); los dioses del tipo trickster -'tramposo'-, por lo general encarnados en animales totémicos como cuervos, osos, zorros, &c., son habituales burladores en los relatos norteamericanos, pero también resultan muchas veces forzados a ayudar en sus tareas semidivinas al héroe cultural de guardia. Los ejemplos son infinitos; la Odisea, un catálogo.

Imagino que esa característica universal de los dioses, la de ser susceptibles a la derrota y el escarnio, proviene esencialmente de su multiplicidad: si hay varios, aparecerá la jerarquía; si hay un orden de prelación, alguno ha de ser superior a otros y, por lo tanto, algunos han de ser inferiores; si hay dioses inferiores y, como aprendemos cada día en este blog, hombres más listos que otros, no es ridículo suponer que, al menos, el hombre más astuto pueda engañar siquiera una vez al dios más tonto. Ya está armada.

Pero en todos los saraos hay un aguafiestas. Cuando llegó el dios de Abraham, se acabó la juerga. Al Dios no se le puede embromar.

No faltan los intentos veterotestamentarios, pero todos son vanos. Fracasaron Adán y Eva en su tentativa de cargarle el mochuelo a la serpiente, el propio Abraham con el regateo de justos en Sodoma, Jonás intentando escaquearse del marrón de Nínive,... ¡qué victorias parciales para nuestros colores no hubieran sacado de ahí egipcios, aztecas, griegos, chinos, indios, babilonios! Pero en el Antiguo Testamento no hay modo ni de empatar: el Padre -creador increado, omnipotente, omnisciente- es cualquier cosa menos un deus otiosus que delegue los asuntos mundanos en manos de operarios poco cualificados, y no deja sitio alguno al triunfo del ingenio ni en el espacio ni en el tiempo; pues, por si lo habíamos olvidado al enumerar sus notas más destacadas, también es omnipresente y eterno, e incluso, blasfemando de toda otra creencia, anterior al mismo caos. Y así no hay manera.

Que el final de los engaños es irreversible lo consagra el Nuevo Testamento. Gracias a la aparición del Hijo, su idea corporativa del consejo de ministros (pienso que ahí cargó la mano en su naturaleza humana), la feliz imaginación del Espíritu Santo y la colaboración del clero en su incansable papel de multiplicar inutilmente las entidades con ángeles y arcángeles, dominaciones y potestades, serafines y tronos, la Santísima Trinidad y la Comunión de los Santos, hay una aparente ruptura con el monoteísmo sin fisuras hebreo, y el paganismo se recupera alegremente con Noches de San Juan, Natividades y otras fiestas qtypicas. Pero todo es una fachada, y ninguno de esos personajes es realmente un dios del que robar dones, un dios a quien despojar del fuego creador, del mágico salvoconducto o siquiera de unas cuantas patatas.

El último en intentarlo más o menos seriamente fue Satán, tentando a Cristo en vano. Si no me equivoco, en el envite lo perdió todo: de él nunca más se supo en las Escrituras, pues cuantos diablos aparecen posteriormente mencionados en ellas son meros subalternos que no resisten ni dos guantazos del Hijo; su imagen se resintió y, a pesar del indudable encanto icónico de los cuernos y el rabo, siempre se lo representa en sus mejores años, tentando a algún viejo profeta, o bien recluido en los infiernos haciendo de fogonero; su descrédito ha ido creciendo con el calendario: el paso de los siglos y la aparición ventajista de supervillanos en los medios de comunicación ha provocado que hoy en día ya ni los creyentes en la güija se lo tomen en serio. Y, por si fuera poco, Satán ni siquiera era humano. (En contra de mi criterio, un buen amigo defiende con elocuencia los méritos de Barrabás como el ganador postrero de un mano a mano con un dios, y destaca además la ausencia de subterfugios, disfraces y otros trucos clásicos del género. Mi opinión es que su participación en el evento fue absolutamente pasiva, que el tipo se encontró con la victoria sin haber siquiera planteado una estrategia, y que no era eso.)

Ni aun nos cabe el consuelo de comparar la oración de las religiones abrahámicas con la magia sincrética o los conjuros animistas. Mientras la trama mágica pretende obtener del dios invocado su absoluta obediencia -bien al oficiante, bien al que paga la cuenta-, a veces ligando a la deidad tan solo durante la resolución de un conflicto concreto, pero en no pocas ocasiones con la finalidad de obtener un paladín 24/7 que vele por su adorador-propietario sin reposo, la oración no es más que un procedimiento de ruegos y preguntas sin capacidad vinculante. Librar de su encierro a un djinn vale, como todos sabemos, por tres deseos; los sacrificios humanos avalan las próximas cosechas; pero el rezo ininterrumpido del rosario no garantiza un mal colín. Cesen, pues, sus giros las camándulas madridistas: este Dios no se deja engañar.

(Escrito por Mercutio)

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17 diciembre 2008
Tres curiosos
Juan Rulfo renuncia a seguir escribiendo "porque se me murió el tío Celerino, que era el que me platicaba todo" (citado aquí). Qué va a contar si ya no le cuentan. Despojado de la tradición como motivo del cuento, renuncia a la escritura pero no a la historia, cuya trama seguirá buscando a través de su dedicación a la fotografía y a los guiones de cine. Ya no le cuentan pero sigue ideando de otro modo: ve cosas que le dicen cosas, por lo que sustituye la tradición oral por la imagen como fuente de narración. A lo que no renuncia, ni ganas, ni puede, es a su estilo: la rotundidad de una síntesis inapelable ejercida con la eficacia de la discreción, una buena mezcla para pasar a la historia de la literatura, aun sin querer. El prodigio de su capacidad de síntesis viene de la fuerza y sencillez con que abstrae a partir de figuras e historias reconocibles por los lectores en sus sueños: “Esperé treinta años a que regresaras, Susana. Esperé a tenerlo todo. No solamente algo, sino todo lo que se pudiera conseguir de modo que no nos quedara ningún deseo, sólo el tuyo, el deseo de ti” (Pedro Páramo). No necesita de ninguna distinción entre abstracción y figuración porque no es preso de la forma. Libre de esa servidumbre desde los tiempos del tío Celerino, sólo idea y cuenta.

Rulfo cambia de medio artístico y otros de tema, aunque hacen el mismo viaje hacia la síntesis y lo abstracto: cuando Lynn Davis se va a Groenlandia en 1986 pasa de la representación de la figura humana al paisaje, a la naturaleza en estado puro (serie Iceberg) o a ésta acompañando y dominando la historia de la humanidad (series África y Persia Antigua). Al centrarse en el paisaje, tanto el natural como el arquitectónico, aborda un cambio drástico de tema que no es un exilio de su anterior objeto sino que mantiene la misma mirada radical de lo que fotografía y el mismo criterio a la hora de disparar: el predominio del momento sobre el proceso. Manteniendo como guía la búsqueda de la síntesis y eliminando lo superfluo de las circunstancias. En lugar del instante, Edward Burtynsky se centra en el proceso, no el técnico sino el representado: corta una sección, normalmente vertical, que le permite descarnar las sucesivas capas del tiempo de la acción humana. La naturaleza transformada por la industria es el tema predominante de su trabajo. Refleja, interpreta y abstrae la historia de la intervención del hombre en la naturaleza, sin hacer discurso político, que sería pecado de leso manierismo y lastre ordinario de su obra. En la foto de Burtynsky lo abstracto son las entrañas de la tierra; el orden con que éstas se muestran es la historia que cuenta el hombre.

Aunque tratan temas distintos, ambos fotógrafos tienen en común una simultánea visión contemporánea y geológica (como metáfora de histórica) de las edades del hombre. Contemporánea y geológica no son contradictorias entre sí porque implican adoptar una perspectiva histórica vista desde el momento actual, incluso considerado con urgencia. Es una visión que permite atrapar una naturaleza en rápido cambio, por sí (los icebergs) o por la mano del hombre (las minas a cielo abierto). Son complementarios en retratar la acción del tiempo y del hombre sobre el paisaje, el cual nunca es un decorado pasivo. El final del recorrido queda como el principio: el paisaje mineral que transmite Lynn Davis es la síntesis depurada y atemporal de las edades del hombre que retrata Burtynsky.

1. Lynn Davis: Iceberg #6, Disko Bay, Greenland, 2004.

2. Lynn Davis: Meroe, Sudan, 1998.

3. Edward Burtynsky: Iberian Quarry #3

(Escrito por Bartleby)

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16 diciembre 2008
Plagiarios

Plagio: Marta tiene un marcapasos (Hombres G)

Original: At the zoo (Simon y Garfunkel)

Plagio: No puedo enamorarte de ti (Joaquín Sabina)

Original: Knocking on heaven's door (Bob Dylan)

Plagio: dB (Los Planetas)

Original: Chasing a bee (Mercuty Rev)

Plagio: Showtime (Estopa)

Original: Istanbul is not Constantinopla (They might be giants)

Plagio: Caminando por la vida (Melendi)

Original: Nights in white satin (Moody Blues)

Plagio: Why don't you get a job (Offspring)

Original: Obladi Oblada (The Beatles)

Plagio: Da' you think i'm sexy (Rod Stewart)

Original: Taj Mahal (Jorge Ben)

Y, si no, siempre te queda el auto-plagio:

Plagio: Bad Day (REM)

Original: It's the end of the world as we know it (REM)


(Recopilado y escrito por Desierto Polaco)

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15 diciembre 2008
Cuaderno de citas
Andaba yo días atrás atareado en la relectura de los dos escritores capitales del siglo XX en España: José Ángel Valente y Juan Benet, tomando notas para diversas actividades improductivas. Había también de escribir una entrada para el NJ, y pensé que, más que algo de cosecha propia (y creo que escasa) sería mejor traerles algunos fragmentos de lo leído. De Valente, observarán que no copio nada, pues nada hubo que no me sorprendiera o maravillase. De Benet, les copio algunas citas que me parecen muy interesantes en mi modesto entender.

“Los creadores más capaces no pueden ni deben ser otra cosa que ‘críticos fracasados’ si se entiende por crítica la comprensión más cabal y completa de entre todas las posibles de la obra literaria ajena.”

“Un novelista, como cualquier otro tipo de artista, esencialmente lo que pretende hacer es una obra singular y propia, que se destaque de entre las obras de su género que aparecen habitualmente y que de algún modo introduzca una nueva dirección en el arte. (…) su intención primera se cifra en la originalidad. (…) [El experto literario] es un hombre formado contra la originalidad.”

“Cuando un octogenario ciego y sordo [se refiere a Bernal Díaz del Castillo] coge la pluma para de un tirón escribir medio millón de palabras a fin de salir al paso de una simplificación, creo que se puede esperar de él algo más que el acatamiento a un orden vigente, por ajeno, esotérico y sacrosanto que fuera. Lo mismo que no acepta la crónica oficial de Gómara, no acepta tampoco las imposiciones del orden sublimado, remitiéndose a su propio juicio para pautar un orden que a la fuerza será personal.”

Tomando como excusa la obra de Américo Castro, España en su historia. Cristianos, moros y judíos, viene a decir: “Por aquellos años cuarenta estaba muy de moda teorizar sobre España desde un punto de vista ensayístico y siempre haciendo uso de generalizaciones que permitirían abordar ‘los males de la patria’ sin tocar – o solo con la mano izquierda – las enfermedades políticas de aquel momento. Se trataba de retomar el hilo dejado por Ortega en su España invertebrada para construir una teoría histórica que permitiese explicar lo inexplicable – la Guerra Civil – y remitir sus causas a una enfermedad constitucional de la criatura. Siempre hubo en nuestro país un investigador capaz de interpretar la historia de España como consecuencia de la carencia de un elemento vital, imprescindible para su unidad y progreso (…) Sospecho que las interpretaciones históricas – y sobre todo las escritas en clave de carencia – salen a la luz tan sólo en épocas de malestar político (…) No me imagino a un joven investigador, con buena salud, que intente hoy resucitar ‘el problema de España’ sin caer en el ridículo. La interpretación histórica suele caer en la caricatura y toda síntesis es como poco una ligereza, muy propia de apresurados, postizos, insolventes y descontentos.”

“Si el regreso es infidelidad será porque muda el que vuelve mientras aquello que abandonó permanece siendo lo que era. (…) el alma deforma lo que la naturaleza conserva pues la memoria conserva la estampa a fuerza de adaptarla en todo instante a los requerimientos de cada día y los recuerdos arqueológicos son los que mejor denuncian la permanente mutación de los archivos. (…) Lo que más ha cambiado es – paradójicamente – lo que no ha cambiado. Lo nuevo no cuenta para la imagen referente a la hora del regreso.”

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Que pasen uds. unas felices Fiestas navideñas.


(Escrito por Garven)

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