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30 septiembre 2008
... lo borroso es el mundo

(Por Errabundo)

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29 septiembre 2008
Introducción a la lógica formal a través del Tractatus Lógico-Philosophicus
Borrado a petición de su autor

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[0] Editado por Bartleby a las 8:00:00 | Todos los comentarios 305 comentarios // Año IV
27 septiembre 2008
Consomé de pobres (y otras viandas)
Hace unos cuantos días, Fedeguico me solicitaba alguna receta para dar de comer a cuatro personas por menos de 22 eurípides. Catorce versos dicen que es soneto… En casa, somos cuatro. Y puedo asegurarles que comemos por bastante menos de 22 leuros. Claro: no hablo de PDT (o sea: Precio Diario Total) que debe incluir desayuno, comida, ¡merienda! y cena. Pero una comida completa, sí puede hacerse –obviamente– por menos de ese precio. En fin, por cinco coma cincuenta euros por persona, que, al dividir, es lo que significan los famosos 22 € de la receta copera. Bien es verdad que vivimos en un pueblo. Y aquí, casi todo es más barato. No se crean: tenemos hasta aeropuerto, desde donde puedo coger un avión de hélice que me llevará hasta la gran urbe de Barcelona por sólo 50 € ida y vuelta. Pero, a lo que voy, la vida aquí es –desde luego– más barata. En todo caso, las recetillas que paso a explicarles no pasan (incluso para cuatro tragaldabas) del citado precio.

Empezaremos por un consomé, que es la forma cursi de llamar al caldo de toda la vida. Se decía, con buena razón, si un pobre come jamón, o está malo el jamón o está muy malo el pobre. Pues, ya ven, lo del consomé no es igual. Cuando yo era niño, el consomé (como la ensaladilla rusa, los langostinos-dos-salsas o los entremeses variados) era cosa de bodas. En casa, el común comía sopas de ajo, caldo de cocido o pote. Los parvenus, consomé. Sin embargo, esta forma de aprovechar lo incomible es, en mi opinión, astuta y nutritiva. Necesitarás unas carcasas de pollo (las venden, incluso, en la comida para animales de compañía) y unos huesos de ternera. Ni se te ocurra pedirle al carnicero osso bucco. Te va a cobrar una pasta y el resultado va a ser el mismo. Hueso, sin más. Entre las carcasas y el hueso, habrás gastado euro y medio. Necesitarás además dos puerros, un tomate y sal. En fin, no me atrevo a ponerle precio a la verdura (¡menos aún al cloruro sódico!), pero será barata. Corta la carcasa en un par de trozos y, junto al hueso, ponlos en una perola donde ya residirán el tomate (pelado y en lonchas) y los puerros longitudinalmente escindidos. Perdonen ustedes, que luego nos llaman pedantes: pilla el puerro, quítale lo verde y, con dos cojones, pártelo a la larga. (Mejor así. O asín, no sé.) Añade un par de litros de agua, y a cocer. Si fuera menester, desespuma al principio. Si no, la sangre y la grasilla darán un toque un poco amargo a la cochura. Tras unas dos horas (vale: el plato no es para unas prisas, pero la vida del pobre, tampoco), cuela el caldo y déjalo reposar. Si fuera menester, caliéntalo antes de servir. Lo puedes acompañar con unos coscurros de pan frito. ¿Qué te has gastado? Pues unos seis euros (a todo estrozo) para cuatro. ¡Y lo que sobra!

¿Y de segundo? Pues incluso más barato. Judías con tomate. Plato nutritivo y aerofágico donde los haya. La aerofagia se combate fácilmente con Aero-Red o con una ginebra bien fría al acabar de comer. Si no te presta el amargo, pues una copita de Chinchón dulce. Hace el mismito efecto, ya ves. Para las cuatro personas humanas de la cosa, necesitas cuatrocientos gramos de judías. Blancas, de la de toda la vida. No hace falta que las dejes en remojo durante la noche, ni nada de eso. Hoy día, las variedades de Phaseolus vulgaris L. tienen menos corteza y, sobre todo, un almidón más cocible. Ponlas a calentar, con agua suficiente para que las cubra un centímetro, y, al primer hervor, añade sal y unas pencas de acelga. (Nota bene: con lo verde de la verdura, podrás cocinar un pastel de acelga que te contaré otro sábado.) Déjalo al fuego un par de horas. Ya te he dicho que el tiempo en la cocina (como en la cama y en el laboratorio), no cuenta. Cumplidas las dos vueltas de reló, sofríe en la sartén una rebanada de pan y media cebolla cortada finita. Entonces, añade cuatro cucharadas grandes de tomate natural de bote. Al sentir el fino olor de los hortícolas hechos, pon una cucharada pequeña de buen pimentón (ya sabes: de La Vera. La Chinata o un primo suyo. Que sea, a poder ser, familiar geográfico del Sr. Verle o del Crítico Constante. No lo hay como él.) y, sin que se queme, dos cucharadas del caldo de cocer las judías. Hecho el acompañamiento, escurre de la cacerola judías y pencas, mezcla la mezcla con el sofrito de tomate y ya está. Rectifica, si es preciso, de sal. Añade, si tu gusto es mexicano, generosas gotas de tabasco, y a comer. No harás gastado en el segundo plato más allá de otros cuatro leuros. Total: 10 y no 22. Para que aprendan los de la COPE.

Y, ya que has ahorrado en la comida, gasta en la bebida. Te propongo un vino que es un exceso. Un rosado cencibel de Vidal del Saz. A 3.40€ la botella. ¡Aquí atamos los perros con longaniza!

(Escrito pot Protactínio)

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26 septiembre 2008
Están para comerselas

Sucedió el jueves 28 de agosto. Don Protactínio publicó su entrada "Si bebes, no beses". Y como cabecera esta foto. No pude más que correr al armario que hace las veces de despensa. Allí estaban mis patatas fritas habituales con la foto que ilustra esta entrada. La similitud entre la foto de Protactínio y ésta, evidente. Las intenciones del director de marketing de Tyrrell's no tanto. Ilustrar una bolsa de patatas con sabor a queso cheddar maduro y cebollino con tremendos ejemplares requiere valor. Pero no es el único caso, las patatas con sabor a Garden Herbs reúnen a siete mozas siete de similar jaez. Y otro tanto las de salsa Worcester con una moza indescriptible en el envase. En fin, el mensaje parece claro: lo importante sí está en el interior, ya que al menos las patatas están para comérselas.

(Escrito por pangloss)

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25 septiembre 2008
Días tranquilos en Clichy

Por supuesto, Ciudad Real no es Clichy ni yo el trasunto de Henry Miller (Joey, en la mejor versión del Trópico de Cáncer, la de Jens Jorgen Thorsen, no la de Chabrol que es penosa). Tampoco, no se vayan a creer, estoy dedicado íntegramente al fornicio como Joey o los jóvenes del anuncio de Levi’s 501. Pero los días sí son tranquilos: estoy sin ordenador desde el jueves pasado por la tarde. Gracias a la ineptitud de los alegres chicos del Centro de Cálculo de mi Universidad, que llevan casi una semana bregando con el pobre portátil para, al final, pronunciar el horrísono sintagma hay que formatear, me he dedicado a las actividades diversas y permanente procrastinadas. Por ejemplo, a trabajar en el laboratorio por ver de reproducir experimentalmente lo que los cálculos (parecen) indicar. Ahí estaba mi pobre portátil cuando el crack: optimizando una estructura no demasiado compleja. Y algo le falló dentro. Se quedó en blanco. Literalmente. Y, como postrer hálito, intentó escribir que no podía localizar, abrir o escribir un triste programa. Acto seguido, expiró.

Pero el hombre, a todo se acostumbra. Incluso a la ausencia de su ordenador personal. Y como no quiero desestabilizar la vida familiar en estos días, he preferido dejar a mis hijas con sus messengers y sus digitalizaciones de apuntes de Filosofía y Ciudadanía en vez de andar mendigándoles unos minutos de CPU para estar con ustedes. Pero me ha ido bien, no crean. Por ejemplo, he comprobado que la práctica del sudoku on-line es un buenísimo entrenamiento para resolver, sobre soporte celulósico convencional, incluso los famosos sudokus fiendish, que son bastante cabrones. Sin embargo, qué quieren que les diga, les echo de menos. A ustedes, digo. Soporto razonablemente el mono, pero él está ahí. Lo sé.

Ayer, sin embargo, cuando la chica de Atención al Usuario me dijo telefónicamente: Su equipo estará probablemente operativo mañana por la mañana, sentí una cierta desazón. La misma que puede experimentar un exfumador en la cava de puros del aeropuerto. ¡Mierda! Casi lo había logrado…!, musité entre dientes. Y es que, aunque sea un tópico, el corazón tiene razones que la razón no entiende.

(Escrito por Protactínio)

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24 septiembre 2008
La Familia Crumb

Crumb (1994), Terry Zwigoff

“Las familias felices son todas iguales; las familias infelices lo son cada una a su manera”.

Siempre he estado de acuerdo con la célebre frase que da comienzo al Ana Karenina de Leon Tolstoi. Las familias infelices son más auténticas que las felices, primero porque dudo mucho que las felices existan realmente, y segundo porque en el fracaso de las primeras hay algo más verdadero que permite vislumbrar unas profundidades humanas que en el primer caso permanecen veladas. Como señala un pasaje del Talmud: el hombre es como las aceitunas, pues sólo da lo mejor de sí mismo cuando se lo tritura (creo recordar que es más o menos así). Si cambiamos ‘lo mejor’ por ‘lo más interesante’ suscribo al cien por cien la cita.

Siempre me han fascinado esas familias a las que hoy en día se les suele llamar ‘disfuncionales’. Aquellas donde campan a sus anchas el delirio, la locura o simplemente la mala leche. Tal vez se deba a que mi familia, por el contrario, siempre ha sido tan insípida que parece de otro planeta. La familia del famoso dibujante Robert Crumb es una familia paradigmática del caso disfuncional, sector artístico. Podríamos decir que sólo el propio Robert ha escapado a su destino con el horror, pero yo no estaría muy seguro, pues me da que su relación con Aline Kominsky es más sinuosa de lo que aparenta en el documental que podemos ver arriba.

El modelo de los Crumb, como suele suceder en estos casos, era la ‘típica familia feliz americana’ que los medios de comunicación reproducían insistentemente en la década de los 50. Un universo blanco e insípido, sometido al mito de la felicidad vinculada al consumismo. Cuando intenta imitarse un modelo como ese no es extraño que todo salte por los aires. El patriarca de los Crumb era un hombre de la segunda Guerra Mundial, un auténtico “asesino en serie” (según palabras de su hijo Robert), y trataba de ocultar su terrible experiencia en los campos de batalla. En resumen, fue un tirano que perjudicó a todos sus hijos, mientras que la madre, una adicta a las anfetaminas, no fue de mejor ayuda para éstos.

Pero son los hermanos de Crumb los que han salido peor parados de su nefasta experiencia familiar. Charles, el mayor, que es en cierta forma el instructor a nivel cultural de Robert (sobre todo en lo que a comics se refiere), es un personaje trágico hasta la médula. Enamorado en secreto del joven actor Bobby Driscoll, el niño que dio vida al protagonista de la adaptación que hizo la Disney de La isla del tesoro (1950), se pasó décadas sin salir de la casa paterna, encadenado a la envenenada compañía de una madre trastornada. Su relación con Robert es muy interesante desde el punto de vista psicológico, por la atracción-rechazo que se da en ella (Charles confiesa en la película que en un determinado momento de su vida deseó asesinar a su hermano). Su suicidio, poco después de participar en el rodaje de la película de Zwigoff (el director de Ghost world), cerró una vida que se antoja espantosa.

El caso del hermano pequeño, Maxon, no es más luminoso que el de Charles. Parece ser que sobrevive a día de hoy, pero no imagino de qué manera. En la película su situación difícilmente podría ser más deprimente. Totalmente solo (únicamente su hermano Robert lo conecta al resto del mundo), encerrado en el recuerdo de un doloroso pasado, obsesionado con el sexo y entregado a extraños rituales de índole más o menos religiosa, sobrecoge pensar cómo habrá podido soportar los últimos 18 años de su vida (la película, a pesar de estrenarse en el año 1994, se rodó más o menos en 1990, cuando Robert Crumb y su familia se estaban trasladando a Francia).

Confessions of Robert Crumb (1987)


(Escrito por Horrach)

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23 septiembre 2008
Ocaso de la masculinidad

El 24 de octubre de 1975, las mujeres de Islandia se declararon en huelga. Una huelga especial pues no era estrictamente profesional. Era una huelga de sexo o de género  como se dice ahora. Ciertamente había comportamientos claramente discriminatorios en el trabajo y un hartazgo por parte de las féminas, pero no sólo era eso; se reivindicaba el papel de la mujer en la sociedad, como madre, hija, esposa y compañera. La convocatoria fue un éxito y el país se colapsó ese día. Extrañamente la importancia de ese día ha pasado bastante inadvertido, dudando el que suscribe que muchas militantes feministas de hoy tengan conocimiento de ese hecho; incluso la versión española de Wikipedia no la recoge . Los diferentes tipos de clasificaciones de las huelgas que se hacen por los entendidos tampoco se hacen eco;  en el acervo popular se ha instalado la huelga a la japonesa (una leyenda urbana) y se ignora la huelga a la islandesa (o si se me permite “huelga al bacalao”). Las islandesas buscaban no ser discriminadas, un fin muy loable, y seguramente lo consiguieron pues fue el primer país europeo con una mujer primera ministra . Lo que yo dudo es que las islandesas quisieran pasarle la mano por encima a los islandeses, o como dicen los castizos, darle la vuelta a la tortilla.

La aplicación desviada de los postulados de las mujeres islandesas nos ha llevado a la situación actual, donde ser hombre y heterosexual no supone ninguna ventaja, y más bien, bastantes desventajas. El colofón lo puso nuestro Tribunal Constitucional, cuando sin ningún rubor nos coloca una suerte de pecado original por, como diría la Trinca, tener un “palmo más”, en esa cosa que llaman sentencia 59/2008 “No resulta reprochable el entendimiento legislativo referente a que una agresión supone un daño mayor en la víctima cuando el agresor actúa conforme a una pauta cultural —la desigualdad en el ámbito de la pareja— generadora de gravísimos daños a sus víctimas y dota así consciente y objetivamente a su comportamiento de un efecto añadido a los propios del uso de la violencia en otro contexto. Por ello, cabe considerar que esta inserción supone una mayor lesividad para la víctima: de un lado, para su seguridad, con la disminución de las expectativas futuras de indemnidad, con el temor a ser de nuevo agredida; de otro, para su libertad, para la libre conformación de su voluntad, porque la consolidación de la discriminación agresiva del varón hacia la mujer en el ámbito de la pareja añade un efecto intimidatorio a la conducta, que restringe las posibilidades de actuación libre de la víctima; y además para su dignidad, en cuanto negadora de su igual condición de persona y en tanto que hace más perceptible ante la sociedad un menosprecio que la identifica con un grupo menospreciado. No resulta irrazonable entender, en suma, que en la agresión del varón hacia la mujer que es o fue su pareja se ve peculiarmente dañada la libertad de ésta; se ve intensificado su sometimiento a la voluntad del agresor y se ve peculiarmente dañada su dignidad, en cuanto persona agredida al amparo de una arraigada estructura desigualitaria que la considera como inferior, como ser con menores competencias, capacidades y derechos a los que cualquier persona merece.”

En definitiva, fueraparte de considerarnos unos violentos, machistas, falócratas, misóginos, y origen de toda suerte de maldad que se le pueda ocurrir; la normativa y la jurisprudencia se ha empeñado en castigarnos, colocarnos en un segundo plano y ser carne de “mofa” y de despido. Por eso, al igual que las mujeres de Islandia, los hombres de España deberíamos plantearnos un día de huelga; un día sin chapuzas domésticas, sin bolsas de hipermercado, sin cambiar ruedas pinchadas de coche, sin sacar el perro, sin arreglar ordenadores, sin leer el manual de instrucciones, sin DVD, sin decirles lo guapas que están, sin dar la serenidad en esos momentos descontrolados, sin comprenderlas cuando las hormonas les hacen malas pasadas, sin darles un abrazo cómplice cuando te lo piden con la mirada y sin todas esas cosas que hacemos los hombres facilitando la vida al resto de los mortales. Una huelga a la española bajo la leyenda “Viva la tortilla de patata con salchicha”


(Escrito por Cateto de Pacifistán)

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22 septiembre 2008
A tiempo pero sin sitio
A propósito del tiempo, esa arena movediza que empantana esta época, dice Octavio Paz: “A veces me digo: estás hecho de tiempo y el tiempo pasa”.

Frente a eso, digo: A tiempo me digo; eres capaz de romper la losa del tiempo, sabiendo que no es plano, absoluto ni fatal. No más fatal ni iluso que tú mismo. Eso sí, sólo se rompe a puñetazos, a golpes de intensidad. Y siempre con la incertidumbre como inversa (¿y salvación?) del tiempo.

Sobre esa densidad tirana y fugitiva del tiempo decía Julio Camba que “todas las pompas son fúnebres” y Faulkner que “el pasado no ha muerto; ni siquiera ha pasado”. Los tuareg impugnan la propiedad occidental del tiempo diciendo que sólo tenemos su medida. Nuestra obsesión por el control y la medida del tiempo puede ser el principal triunfo de éste.

Hay quienes, como Bergson, no les gusta la abstracción del tiempo por las matemáticas, como si éstas fueran una mera opinión más o, peor, una moda positivista. Niega la dependencia del tiempo respecto del espacio, en cuyo caso la variable será la velocidad, la intensidad de la experiencia.

●●

Espacio y tiempo definen las políticas de Estados Unidos y España:

Sostiene Ferlosio –con algún salto mortal sin red de la razón al principio- que la fusión entre religión y patriotismo en Estados Unidos marca su política laica. Hasta aquí lo que dice.

Sería entonces un destino manifiesto de origen religioso el que funda su carácter imperial, su vocación de ser tierra de promisión del planeta. Patriotismo entendido como sentido del territorio con el resultado de una explosión del espacio. Un posible antídoto a ese supuesto destino sería convertir el territorio en paisaje, mediando estética y razón, dos intérpretes cuyo lenguaje requiere siglos para que sea entendido y usado.

En la actual política española el lugar del espacio ha sido ocupado por el tiempo, con el resultado de una implosión de estado y territorio. Se da la misma fusión de religiosidad –seglar en nuestro caso, subsidiaria de la original católica, ni siquiera laica- pero con una apropiación y sentido histórico del tiempo, cuya misión sería redimirnos de los pecados ajenos, pasados pero vigentes.

Ambas recetas producen monstruos, un enemigo despojado de humanidad y razón, encarnación del mal y legitimador de políticas mesiánicas.

(Escrito por Bartleby)

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[0] Editado por Bartleby a las 8:00:00 | Todos los comentarios 202 comentarios // Año IV
21 septiembre 2008
The Black Swan
(NOTA DEL EDITOR: con nocturnidad y alevosía, extraigo este comentario -de un blog estrella de la blogosfera llamado Rumbo a los Mares del Sur- escrito supuestamente por Phil Blakeway. Digo supuestamente porque yo no excluiría la intervención de algún negro, habida cuenta la catadura del sujeto.)

El penúltimo libro que he leído, concentrada y plácidamente, en el norte de Alicante, playa de Las Marinas, brisa fresca, lleva por título "El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable" editado en español por la Editorial Paidós Ibérica y en inglés por Random House, que es la versión que compré, en rústica y como siempre más económica, es el tercer libro (
"Fooled by randomness" y "Dynamic hedging: Vanilla and exotic Options") del ex-trader Nassim Nicholas Taleb, un "empirista escéptico" como él se define. Muy recomendable, aunque muchos estadísticos y algunos matemáticos le odian. Asunto: el riesgo y a la gestión de la incertidumbre y cómo descubrir errores en nuestro razonamiento ante situaciones complejas, impredecibles y sujetas al azar.



Por seguir el orden de su obra, se plantea en primer lugar: "¿Existe la suerte?: engañados por el azar" donde analiza el razonamiento inducido a través del desgraciado "pavo del Día de Acción de Gracias" (creo que fue Russell el primero que se refirió al caso). Todas las mañanas le dan de comer y cada vez más y mejor ergo ley universal "me quieren y me tratarán así siempre", hasta el día de Acción de Gracias en que sucede lo inesperado, a saber, se lo comen. Mantiene que las personas pensamos igual y que los analistas de riesgos, matemáticos y estadísticos razonan de manera parecida. Cuanto con más frecuencia se repita un acontecimiento, menor capacidad tendremos de prever lo inesperado. Así la metáfora del cisne negro inspirada en David Hume: quien no salga del Hemisferio Norte norte pensará que todos los cisnes son blancos, a pesar de que en Australia existen cisnes negros que nos parecen de existencia imposible por nuestra limitada experiencia, así, se trata de un suceso altamente improbable.

El "cisne negro" es un hecho fortuito que obedece a tres reglas: gran repercusión (efectos desproporcionadamente grandes), probabilidades imposibles de calcular y efecto sorpresa ya que nada hace pensar que el evento vaya a ser probable.

Estudia a continuación los diferentes errores del razonamiento humano una vez han sucedido esos sucesos improbables, como la distorsión retrospectiva, vicio propio de economistas e historiadores para explicar una crisis económica o una guerra que no han sido capaces de anticipar: "los humanos somos muy buenos a la hora de predecir los sucesos de modo retroactivo".El autor cree que existe una base genética y hasta filosófica para entender lo mal preparados que estamos los humanos para enfrentarnos a la incertidumbre y al azar. La evolución no favoreció un tipo de pensamiento complejo y probabilístico, sino que favoreció la adoptación de decisiones instantáneas basadas en una mínima cantidad de datos o en teorías superficiales (si salgo corriendo ante un animal grande en la sabana tengo más posibilidades de sobrevivir que si me detengo a comprobar si es un carnívoro peligroso de forma experimental (muy interesante sobre esta cuestión "The Blink: The Power of Thinking without Thinking" de Malcolm Gladwell). Insiste Taleb en otro problema fundamental: la "platonicidad" o "falacia platónica". Somos fieles seguidores de la escuela platónica que nos animó a preferir la teoría ordenada, plausible, ordinaria y comprensible a la desordenada y compleja realidad; por lo mismo tendemos a retener únicamente los hechos que que se adaptan a nuestras teorías (falacia de las pruebas silenciosas) y cuando los hechos han tenido lugar, construimos historias "preconstituidas" para que el hecho tenga causa (falacia narrativa).

No entraré en la crítica demoledora relativa a la distribución normal de Gauss y su "circularidad" en una suerte de retroalimentación para descubrir la distribución de probabilidad. Para la famosa curva de Gauss necesitamos contar con datos. Ahora bien ¿cuántos son suficientes? Para la curva gaussiana bastan unos pocos que conjuntamente muestran la probabilidad. ¿Cómo se sabe que es gaussiana? Por los datos. Así, se precisan los datos que nos digan qué distribución de la probabilidad debemos asumir, y que una distribución de la probabilidad nos diga cuántos datos necesitamos. Introduce aquí Taleb su "Mediocristán" (donde es válido el modelo de Gauss) y su "Extremistán" (donde no lo es). El ejemplo es el del estadio de fútbol con 1.000 personas elegidas al azar. Si se añade a ellas la persona más alta del mundo no cambia casi nada la media de altura de las 1.001 personas. Bienvenidos a Mediocristán, donde reinan el álgebra de la estadística clásica y la teoría de la probabilidad. Aquí las distribuciones son normales, con curvas en forma de la campana de Gauss. Tomemos esas mismas 1.000 personas y hagamos que entre en el estadio Bill Gates, el hombre más rico del mundo con permiso del metalúrgico indio. ¿Cambiará la media de riqueza de los allí presentes? Radicalmente. Esto es Extremistán, donde impera la geometría fractal de Benoît Mandelbrot. Las distribuciones siguen a Pareto o las "Long Tails" de Anderson

Dice Taleb que los mercados financieros minusvaloran la probabilidad de los cisnes negros pues los métodos aplicados por los operadores son los de Mediocristán. Ahí se pueden obtener ganancias apostando a que tales sucesos raros e inesperados tan impactantes que de hecho sucederán con mucha mayor frecuencia, siempre que se tenga paciencia y se esté dispuesto a perder muchísimas veces poco dinero a cambio de una vez ganarlo casi todo. De ahí la idoneidad del derivado financiero de las opciones "put". Además como la mayoría de operadores usan los mismos métodos y comparten las mismas ideas sobre la evolución de los mercados (Mediocristán), es lógico pensar que si alguien se atreve utilizar otros métodos y concepciones muy distintas (Extremistán) es probable que se obtengan ganancias importantes (rendimientos escalables) a través de otra modalidad de opciones "deep out-of-the-money", muy baratas, y con el efecto antedicho si los mercados se descabalan. (Imagino que el autor esta viviendo grandes días en su firma estas semanas atrás.)

Seguidamente realiza una crítica hacia los modelos de gestión de riesgos que más reconocidos, (los de los premios Nobel Robert C. Merton y Myron S. Scholes, según él causantes del desatre financiero del fondo Long Term Capital Management de finales de los 90) que excluyen precisamente los eventos inauditos que surgen en Extremistán y cuyos efectos económicos pueden ser devastadores. Académicos y analistas cuantitativos de Mediocristán tranquilizan a ejecutivos, reguladores e inversores con una falsa sensación de seguridad que obvia la aparición ocasional de "cisnes negros". Esta es la "falacia de la regresión estadística" a saber, considerar que la probabilidad de futuros eventos es predecible examinando acontecimientos de eventos pasados. Taleb sigue la obra de los psicólogos israelíes fundadores de la Teoría de la Prospección (muy relacionada con la Neuroeconomía), Amos Tversky y el premio Nobel de Economía, Daniel Kahneman según la que los humanos somos mejores haciendo cosas que comprendiendo nuestro entorno. Pero no somos conscientes de ellos, de forma que vivimos creyéndonos en un mundo de orden, sometido a (nuestra) planificación y aborrecemos lo aleatorio. Creamos teorías para explicar el pasado basadas en nuestra experiencia posterior y fallamos prediciendo el futuro. A pesar de ello optamos por establecer guías o patrones con previsiones y predicciones, siempre equivocadas. Los humanos creemos que la innovación se puede planificar, cuando las innovacionestienden a ser descubiertas por accidente (serendipity, aunque haya que estar con el microscopio pegado al ojo). Pone como ejemplo las presuntos usos para los que se investigaba al desarrollar internet o el láser...

Nunca llegaremos a conocer lo desconocido ya que, por definición, es desconocido. Sin embargo, siempre podemos imaginar cómo podría afectarnos. Es decir, las probabilidades de los cisnes negros no son computables, pero sí podemos tener una idea muy clara de sus consecuencias. Eso es lo esencial para gestionar la incertidumbre: para tomar una decisión hay que centrarse en las consecuencias (que podemos conocer) más que en la probabilidad. Estar preparado ante la aparición de los cisnes negros es más importante que dedicarle tiempo y esfuerzo a calcular la probabilidad de su ocurrencia.

Taleb pondera como muy valiosas las investigaciones del economista premio Nobel de Economía, Robert Lucas (expectativas racionales) y especialmente su crítica (crítica de Lucas) a los modelos econométricos al uso en política económica: las personas se comportan de modo racional, presuntamente, luego sus raciocinio les haría descubrir patrones predecibles del pasado y adaptarse, así que cualquier información sistematizada del pasado resultaría totalmente inútil para predecir el futuro. En consecuencia al intentar confeccionar modelos económicos basados en patrones surgidos de series temporales del pasado, no cabría obviar que el raciocinio y capacidad de decisión de las personas que han procesado esa la información alteraría la serie temporal posterior, haciendo desaparecer el patrón de comportamiento. La detección del patrón, en fin, acabaría por eliminarlo..


(Escrito por Phil Blakeway)

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[0] Editado por Tsevanrabtan a las 9:00:00 | Todos los comentarios 72 comentarios // Año IV
20 septiembre 2008
Antes del estreno


Soy un admirador de Jaime Rosales y he defendido fervientemente su cine. La primera vez, por cierto, en un entorno hostil: un pase de prensa de Las horas del día . Yo había asistido por acompañar a una amiga periodista, sin saber nada de la película. Pero me atrapó. Me conquistó su originalidad, su ritmo minucioso, su compleja sencillez, su cotidianidad rota por los crímenes, a los que sucedía de nuevo la cotidianidad... A la salida, los críticos se reían ramplonamente: “Que esto lo haga un francés, vale. ¡Pero un español!”. Frente a ellos, elogié al director. Me hizo gracia percibir cómo les desconcertaba un juicio contrario. La crítica no está acostumbrada a la crítica. Después les he leído a algunos elogiar también a Rosales, cuando la corriente selecta iba en esa dirección.

Tras Las horas del día, me deslumbró La soledad. Las declaraciones del director que he ido leyendo o escuchando acerca de su arte me han parecido a su vez sabias, exactas, profundas. Eran las palabras de un artista cerebral, sensato, que concibe el arte como una búsqueda expresiva arriesgada, encaminada a la emoción. Una actitud intachable. Por eso, cuando supe de su proyecto sobre el terrorismo etarra, di por descontado que era un paso valiente, una osadía más en su trayectoria: que iba a agarrar con limpieza (artística y moral) el sucio asunto. Ahora en cambio, sin haber visto la película, estoy empezando a temer que no vaya a ser así. El primer mal síntoma ha sido la selección de Tiro en la cabeza por el festival de cine de San Sebastián, un festival que tradicionalmente ha oscilado entre la ambigüedad y la cobardía ante el terrorismo. El segundo, una alarmante entrevista que escuché la otra tarde en la cadena Ser.

La entrevista la hizo Gemma Nierga en La ventana, y los invitados eran el director Jaime Rosales y el protagonista Ion Artetxe. El discurso de ambos, obviamente, era pacífico y humanista. No justificaban el terrorismo en absoluto. Lo condenaban. Pero en sus palabras ya se había introducido el virus. Por eso escribo esto. Hace ya mucho tiempo que la lucha contra el crimen viene siendo también un asunto de palabras. No se puede dejar pasar ni una: nos va la vida en ello.

Lo de menos es lo de exponer “el lado humano” del terrorista. Al fin y al cabo, en Las horas del día también se mostraba “el lado humano” del asesino psicópata. Pero resulta un poco mosqueante. Como es mosqueante el presentar la cuestión en términos de azar más o menos mecanicista: el desgraciado encuentro entre los guardias civiles y los terroristas, a raíz del cual éstos tuvieron que matar a los guardias civiles... con lo que también les sacude a ellos la tragedia, etcétera. Las dos cosas, como digo, son mosqueantes. Pero añado que estéticamente me parecen plausibles. Y estoy seguro de que el director lo habrá resuelto con dignidad. Para emitir un juicio definitivo, habrá que ver la película. Lo que no admite plazo es la crítica de ciertos elementos que aparecieron en la conversación. La sistemática referencia al “conflicto”, a “las dos partes” y toda esa parafernalia retórica que usan los cómodos conciliadores que no quieren ver que su amable conciliación está escorada hacia uno de los “dos lados”: el del crimen. La situación en el País Vasco es diáfana, tan diáfana que ciega a muchos: existe una ley (¡una ley democrática!) y existen delincuentes que la violan por medio del crimen, el secuestro, el chantaje, la coacción y la amenaza. Todo lo demás es retórica: retórica que favorece a los delincuentes. En un momento dado, Rosales dijo en la entrevista que confía que “el conflicto” se resuelva algún día, “porque yo tengo amigos en todos los partidos políticos, del PP, del PSOE, de HB, y al fin y al cabo a todos nos gusta tomar cañas”. Claro que sí, querido. ¿Pero quién demonios le amarga las cañas a quién en el País Vasco, mi vida? ¿Quién y sólo quién?

Gemma Nierga parecía regocijada con el discurso de Rosales: “Sabes que te van a llover las críticas desde ciertos sectores, ¿no?”. Él pensaba que no. Y yo espero que por la película, en efecto, no: pero porque no haya razón para ello. Para lo que dijo la otra tarde, en cambio, va a ser que sí: aquí le dejo mis gotas. Porque no se puede dejar pasar ni una: ni siquiera a los directores a los que admiramos. Nos va la vida en ello.


(Escrito por AS)

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19 septiembre 2008
La suciedad
Les presento una lista. Son las cien compañías más "limpias", en términos energéticos, de Europa. El escalafón ha sido elaborado por The Guardian y no encontrarán en él una sola referencia española. Predominan las británicas en un baremo dividido por sectores (eléctricas, energías solar, marina o eólica, biocarburantes, tecnología y construcción...) y con abundancia de actividades (de circuitos inteligentes a la telefonía móvil de bajo consumo que fabrica Nujira pasando por las cuchillas de las turbinas de viento). Para qué explicar más, ya lo pueden ver ustedes.

Este fin de semana se celebra la campaña Clean Up the World (limpiemos el mundo), de ámbito internacional y con una participación estimada de nueve millones de personas. Algunas decenas de ayuntamientos patrios se sumarán a la misma, con el aliciente de involucrar a escolares en las tareas. En Murcia se produce el estímulo adicional de Disney, que se suma a la campaña aportando varios talleres con los que promocionar el inminente estreno de La Sirenita 3.

¿Alguien se acuerda de Milagros Cerrón? Sí, la niña a quien apodaron 'sirenita', a causa de la malformación congénita de sus piernas, unidas en una sola extremidad. Hace ya más de dos años que fue intervenida con éxito y ahora es mercancía de campaña. Con cuatro años cumplidos, la niña se ha convertido en la gran esperanza blanca para los afectados por el síndrome de sirenomelia. Su supervivencia la ha colocado en el cartel de los Niños Milagro una iniciativa benéfica de Familias de Hoy y patrocinada por Celine Dion.

Y qué es una familia de hoy. Con la tradición en el garete, hay una tendencia generalizada en las estructuras judiciales de occidente que aboga por impedir en lo posible el enrocamiento de los casos de custodia. El drama y sus consecuencias amplifican el material psicológico de nuestro tiempo y el incremento a su vez del concepto familiar promete un incremento de la conflictividad. Niños, contratos y litigios. Quién dijo felicidad.

(Escrito por Sickofitall)

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18 septiembre 2008
Cosas que no quiero

Pensaba, como casi siempre, improvisar. Total, da bastante lo mismo. Cada día estoy más convencido de que las entradas diarias no las lee nadie y, en el dudoso caso de que algún alma caritativa lo haga, no generan más allá de cuatro o cinco comentarios. Pero, claro, cómo improvisar en semejante tesitura. Luego viene el Sr. Verle y me reconviene. Por improvisar, digo. Así es que me lo tomaré en serio.

Reviso, entonces, la hoja de ayer por ver si hallo alguna idea fructífera. ¿El aborto? Quita, quita. Bastante es con que alguien llamara puta a mi madre (¡Hola mamá! Soy Jose. Aquí estoy, tan contento, escribiendo algo para el blog.) para, además, aguantar que, ahora, quien ignora la tercera acepción del vocablo feto me califique de asesino y mataniños. Quiá. Además, toda discusión sobre el aborto está condenada al fracaso: es un asunto de creencias y ya tengo dicho aquí, aká y acullá lo difícil que es ser agnóstico en este país nuestro. Dejémoslo pues.

Si tuviera formación jurídica, cosa que, gracias a Dios, no quiso el destino, igual podría pergeñar un breve textículo (¡qué sandez! El sufíjo -ulo, del latín –ŭlus, hace referencia a la pequeñez) sobre la responsabilidad y la culpabilidad. Ya saben, esas cosas tan religiosas que deben de estar inscritas (¡a martillo y cincel moleculares!) en nuestro genoma. Aquí tenemos la culpa de todo: de eliminar comentarios y de no hacerlo; de no llamar la atención, aunque eliminemos comentarios; de ponernos de parte del tirio, según el troyano, y del troyano según el tirio. Y todo a la vez. ¡Fantástico! Los administradores somos la prueba viva de la dualidad onda-corpúsculo. Deberíamos nombrar al príncipe Louis-Victor Pierre Raymond de Broglie laico patrón de este blog. Y, desde luego, asumir que jamás nadie podrá determinar simultáneamente nuestra posición y nuestra cantidad de movimiento, lo que nos llevaría, ineluctablemente, a designar archimandrita de nuestro espacio a Werner Heisenberg. Pero eso, el comportarse un poco cuánticamente, aquí es un valor negativo. Enseguida te llaman de todo. Dicen, solemnes: los que pasan por aquí y no se les ve o aquellos que nunca quieren opinar. ¡¡A los tibios los vomitará el Señor!!, o como sea exactamente, que no me apetece nada googlearlo. La religión, en fin, una vez más.

Así pues, nada que escribir. Porque no voy a aburrirles con la victoria del Atleti, claro. Además, no hay que sacar pecho que, con este equipo (o lo que sea), enseguida te lo parten. Y ya bastante escacharrado lo tenemos. Que tengan un buen día y, por nuestra parte, paciencia y barajar. Aunque estemos un tanto hasta los cojones, por decirlo poéticamente.

(Escrito por Protactínio)

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17 septiembre 2008
Sin bebida concebidos
Hubo un tiempo largo y reciente en que las copas y el tabaco eran hábitos de socialización. Siguen siéndolo, pues la naturaleza es terca, pero ya no son aceptados. El adolescente se incorporaba -con ansia acumulada durante el largo tiempo detenido que era la infancia- a la sociedad al hacer los primeros amigos, cuando empezaba a salir de vinos y fumarse el primer pitillo. Se convertía en el ser social que como humano era. A medida que se hacía mayor, bebida y tabaco le integraban en tertulias, talleres, palacios, garitos y burdeles. Eran hábitos –junto con el sexo- cuya iniciación y práctica igualaban a todos, ahora que la replica sucesiva de individuos bajo el falso nombre de igualdad es nombre de ministerio y valor sacrosanto de la corrección política.

Y eran los vicios de los pobres, de la inmensa mayoría sin yate ni palacio. Eran ritos de relación y mitos cinematográficos de una época en que la Salud no era un ideal obligatorio ni un medio estatal de dominio que excluye a los que carecen de un cuerpo homologado que exhibir en el mercado de las vanidades estéticas. Salud era sólo un medio incierto y privado de vida.

Bebían el ciclista, la beata y el cura, en aquellos tiempos de imperfección. Desde el vino diario en la mesa familiar hasta el vino consagrado como el cuerpo de Cristo en el altar. Una comunión donde cada cual racionaba su dosis y oficiaba su propia liturgia. Desde el bombón de licor y el anís de la Asturiana ("cuyo sabor siempre agrada"), traídos por la abuela casi siempre para su propio deleite pero que alegraban las reuniones familiares, hasta las copas en las timbas de póquer de la primera juventud. Su coste sanitario se sufragaba con impuestos, con creces y con vidas más cortas. Por cierto, el actual control de la bebida es de socialización y gasto público, no de calidad ni cantidad de vida, que ahí está la promoción del “suicidio asistido” para acortarla y ahorrarla.

El Ministerio de Sanidad intentó hará un par de años reducir el nivel legal de alcohol en las pruebas de alcoholemia a los conductores al 0,0%, en abierta competición por el prestigio social del 0,0%, de la tolerancia cero a maltratadores (pero de la expectativa de tolerancia a plazo para terroristas). El 0,0% se ha convertido en un logo irrebatible de salud. Algunas cervezas fueron pioneras poniéndolo en su publicidad, hasta el punto de sustituir a la marca como identidad de producto y reclamo de consumo. El 0,0% se asocia a la limpieza absoluta, a la vida sana, a los nuevos hábitos socialmente aceptables. Pero el cero absoluto es la nada, y con su coma es la perfección. Es el individuo sin secretos, sin pliegues, sin lado oscuro (ni, por tanto, luminoso), de una pieza, con su vida privada hecha pública en el escaparate de lo uniforme. Ahora el mito es el cuerpo aséptico y protésico 100% cuyo espíritu debe lucirse en impecable traje de domingo a diario.

Todos abstemios forzosos, clones, que es la inversa de todos iguales.



(Escrito por Bartleby)

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16 septiembre 2008
Muerte prímula

El teniente de infantería Carlo Alberto P. apenas si tuvo que participar en la Primera Guerra Mundial, pero arrastró, como todo italiano del momento, el dolor del orgullo maltratado en Caporetto en 1917, apenas repuesto tras la gesta del Piave de 1918. Peor fue que los aliados no reconocieran que sin el destrozo del ejército germano-austrohúngaro en el norte de Italia, y a pesar de la paz traidora de Brest-Litovsk, difícilmente los ejércitos de los imperios centrales se habrían descompuesto.

Al no reconocerse su esfuerzo y sobre todo su victoria, en Italia quedó un sentimiento de frustración que alimentó el resentimiento contra las democracias occidentales, especialmente contra Gran Bretaña, que seguía manejando el Mediterráneo como una simple continuación del Támesis. En tal ambiente siguió la carrera militar el teniente P., que cambiaba de destino cada dos por tres. Era de origen emiliano y se casó con una friulana. Lo más estable que tuvo como residencia fue Bolonia, durante siete años. Tuvo dos hijos: Pier Paolo, el mayor, y Guido.

El primero era brillante, atlético, amante del fútbol y gran jugador, hasta capitán del equipo universitario. Estudiaba arte y filología, sus críticas de arte eran objeto de admiración, lo seleccionaban para acudir a los encuentros de Weimar entre estudiantes de los países fascistas o fascistizados y algunos de sus escritos fueron publicados por Giuseppe Bottai, jerarca de altura del fascismo. Era el orgullo de su padre, que podía lucirlo en el Círculo Militar de Bolonia.

El pequeño era un alma noble y cariñosa, de una ingenuidad virginal y entregada, pero que no aportaba nada al acervo de lo exhibible, a la magna gesta que los propios genes pueden donar al mundo visible.

Cada verano llevaba a la familia a residir a Casarsa, pueblo de origen de la madre. Una vida plácida y tranquila, llena de conocidos de toda la vida, por gracia de la transmisión bastarda de amistades y afinidades que las sociedades tribales hacen de familia a familia y de generación en generación.

La Segunda Guerra Mundial llegó, con Mussolini temeroso de llegar tarde a la victoria para en realidad abalanzarse a toda prisa sobre la derrota. Su delirio, su ambición y la abultada nómina de traiciones e ineptitudes de sus militares ayudaron bastante a su consecución. Carlo Alberto P. fue destinado al África Oriental y allí pasó su primer trámite de desgracia, más fundado en el cautiverio inglés que en el sufrimiento en combate. De prisionero en Kenia se sintió humillado, no tuvo precisamente buen trato, soportando a los malditos ingleses, pasando bastante hambre y con mucho alcohol a disposición, que abrazó ya para siempre.

Acabada la guerra, tras casi cuatro años de cautiverio, volvió a Casarsa, adonde la familia se había trasladado definitivamente en su ausencia. Nada lo ligaba ya al mundo más que el resentimiento de una vida de militar funcionario, combatiente fracasado y, para remate de humillación, jubilado. Era además de los del lado perdedor y simultáneamente traidor. Los que habían renovado la fidelidad al Rey quedaron del lado de los vencedores y nadie les reprochó nada. Los leales al Saboya deportados por los nazis fueron repatriados como patriotas y mártires. Los fieles a Mussolini fueron derrotados, juzgados, encarcelados y expulsados del ejército, pero les quedó la gloria de héroes entre los fieles al fascismo. Carlo Alberto P. no pudo optar a nada y fue simplemente repatriado como militar capturado, porque nadie quería aclarar si aquellos militares de antes del 43 habían luchado por el fascismo o por Italia. Era imposible, porque resolver tal dilema era enfrentar a los italianos con su propia connivencia con el fascismo, que una vez fue tierna amada y ahora tenía que ser no más que una vil puta. No pocos se decían que sí, puta, pero fogosa y estupenda.

Así era que Carlo Alberto P. era un derrotado, porque no había participado de la victoria conseguida por la puerta falsa y sí del fracaso militar en África. Traidor podía serlo al Rey, porque no tuvo ocasión de renovar su juramento y nada lo liberaba de la sospecha. Traidor también podía serlo a Mussolini, porque tampoco había tenido ocasión de desdecirse de su palabra y seguir la lucha por el fascismo.

Carlo Alberto P. ya no era nada, sólo un borracho diario que sumaba a su desgracia el dolor de la muerte del hijo Guido durante la guerra y, peor, saber de las inquinas y habladurías que, por razones políticas, cercaban la dignidad de su orgullo transustanciado seminalmente en el hijo mayor. Siquiera podía hacer gala de su único orgullo propio, la única chispa de gloria que el destino le puso a tiro. Una vez había salvado la vida al Duce y su nombre había sido citado en todos los periódicos de Italia. Y ahora, la puta Italia que un día lo admiró cínica y anónimamente por una casualidad involuntaria, de recordar aquello, le imputaría la voluntad expresa de haber obrado a favor del criminal Mussolini y de la pervivencia del fascismo.

Como todo alcohólico que se precie de serlo, asumió el victimismo como modo de sacar provecho, estructuró un perfecto histrionismo que le permitía toda suerte de buenas palabras, zalamerías y encantos con las peores intenciones de manipulación y sometimiento de los demás. Todo tenía que pasar por un recoveco alejado de la verdad, sin mentarla ni por asomo, por el recoveco que no existe. Ante todo, no quería saber nada de la verdad ni de la realidad.

En enero de 1950 Susanna C., su mujer, y el hijo vivo de su orgullo tomaron un tren “viers Pordenòn e il mond”, hacia Roma, para no soportar más el horror, fuera el del padre borracho, ya diagnosticado además de paranoico, como el de la ignominia pública que se había abatido definitivamente sobre el hijo.

Carlo Alberto P. murió solo en un frenopático pocos años después. Nadie alzó el brazo en su memoria ni lloró por su muerte, como nadie había nunca palpitado por su existencia. Quizá sólo Mussolini por un día.

.

Guido P. era tímido, virginal, entregado y noble. Un alma cándida de gran corazón, pero muy dado a dejarse llevar de su propia pulsión arrebatadora. Vivía una vida de afecto sincero y profundo ligado a la admiración del hermano, la cercanía de la madre y la ausencia del padre, al que no volvió a ver desde los 13 años.

Cada verano iba con el resto de la familia al Friuli, a Casarsa, el pueblo natal de la madre, y allí vivió el tiempo de guerra, que se tejió al principio en tranquilidad, entre amistades inocentes de adolescencia, una referencia lejana a la existencia de la propia guerra, la presencia de la madre, la permanente ausencia del padre prisionero y, sobre todo, la admiración por el hermano.

Llegó el tiempo de Salò y vio entonces pasar por la estación los trenes llenos de italianos deportados, luego llenos del botín del expolio nazi, las escuadras fascistas y los comandos de las SS amenazar y matar, los alemanes integrar la tierra friulana en el III Reich y la negación de la dignidad imperar. Y se rebeló. No había un gramo de ideología política o de patriotismo en su rebelión, sino simple anhelo de dignidad.

Empezó por asaltar polvorines para suministro de la incipiente resistencia partisana y su generosa alma no podía no acabar partisana también. Tomó el sobrenombre de Ermes, en recuerdo de un amigo boloñés de Pier Paolo, y se integró en la brigada Osoppo del Friuli, ocultándolo a la madre, que quiso creer que había sido enrolado en las tropas de Salò.

Luchó como partisano contra nazis y fascistas y se ganó la fama de genial estratega, porque conseguía salir indemne de situaciones enrevesadas en que nadie habría dado nada por su vida. También fue conocido por generoso y altruista.

En el Friuli se jugaba una batalla estratégica a la que Guido era tan ajeno como ignorante era de ella. Los partisanos comunistas jugaban a dos bandas: la de derrotar a los nazis y a los fascistas y la de intentar correr el telón de acero lo más a Occidente que se pudiera. Así, andaban en realidad mezclados con los partisanos comunistas eslovenos intentando dejar el Friuli en el lado yugoslavo. Tanto batallaron contra los nazis como contra los partisanos no comunistas, que no pensaban dejar a Tito anexionarse el Friuli.

Era cosa sabida y nunca reconocida que los partisanos de toda ideología estaban en contacto con gente de Salò, y hasta se coordinaban, fuera para entregar un territorio como para impedir los desmanes de los nazis. Fue la excusa perfecta que los comunistas utilizaron para asesinar a quien convenía. A la brigada Osoppo de Guido le tocó tal suerte.

En la malga de Porzûs, el 7 de febrero de 1945, los partisanos comunistas de la Brigada Garibaldi tendieron una emboscada a los de la Osoppo. Guido no estaba entre ellos, pero fue avisado de lo que ocurría y acudió en ayuda de sus compañeros, a pesar de que le adviertieron de que no tenían escapatoria. Acudió y sólo pudo ver la masacre de sus compañeros. Él y los pocos que se salvaron fueron posteriormente juzgados sumariamente y fusilados por los partisanos comunistas, bajo la acusación conscientemente falsa de colaborar con los fascistas y los nazis [1]. Guido perdió generosamente la vida sin haber perdido la inocencia y le quedó un poema de Pier Paolo en friulano [2]:

La livertat,l'Itaia

e quissa diu cual distin disperat

a ti volevin

dopu tant vivut e patit

ta quistu silensiu

Cuant qe i traditours ta li Baitis

a bagnavin di sanc zenerous la neif,

"Sçampa - a ti an dita - no sta torna' lassu'"

I ti podevis salvati,

ma tu

i no ti às lassat bessòi

i tu cumpains a muri'.

"Sçampa, torna indavour"

I te podevis salvati

ma tu

i ti soso tornat lassu',

çaminant.

To mari, to pari, to fradi

lontans

cun dut il to passat e la to vita infinida,

in qel di' a no savevin

qe alc di pi' grant di lour

al ti clamava

cu'l to cour innosent

.

Pier Paolo P. tragaba la vida como podía. Su desazón se agotaba en su genialidad intelectual, su potencia física y un sueño permanente de redención total al que de algún modo podría acceder. Adoraba a la madre, el padre le era incómodo y por el hermano pequeño sentía compasión.

El desarraigo infantil por el permanente cambio de residencia cabalgaba a la par de su propia ansiedad vital. El tiempo estable de Bolonia no aplacó su necesidad permanente de revolotear sin asiento, pero le dio el tiempo de formación intelectual y artística que lo armó para siempre. Allí jugó al fútbol, conoció el arte y fue admirado por su finura intelectual y por una inacabable energía que lo arrojaba con tanta pasión a la pintura como a la poesía, a la música o a la filosofía. Siempre buscaba una plenitud que agotase su ansiedad, una religión en que creer para salvarse.

La ascendencia emiliana del padre y la friulana de la madre le hicieron conocer bien las lenguas menores de Italia, y trabar en ellas el acervo íntimo de los afectos. Los veranos de Casarsa, la melancolía adolescente de la infancia perdida, la devoción virginal de la placidez, se condensaban en la imagen de las montañas de la Carnia acunadas en frases de parla friulana.

La guerra se llevó al padre y a él lo llevó a Casarsa, donde comenzó a trabajar de maestro de escuela, con devoción. Allí también acabó por atraparlo la pulsión escondida, atraído por los braceros tristes y rudos, en los que quería ver lo más refinado del mundo que había atrapado en su cabeza con libros y dibujos. En la vulgaridad inocente de los campesinos jóvenes identificó la pasión mundana y la intelectual.

De lo mundano, sólo accedió a las embestidas salvajes y ultrajantes de un bracero joven que lo llevaba a un campo de cereales, donde, en un camastro escondido mal armado con sacos y paja, lo reventaba a placer.

Pier Paolo quiso ver en el mundo rural la sociedad pura de seres virginales que ostentaban la dignidad. Así, su ansia de salvación le llevó a inventar un mundo irreal que era todo friulano, un friulano prístino. Quiso que los friulanos fueran conscientes de su lengua como esencia que portaba su propia sustancia diferencial e inocente, y fue él quien empezó a hacer literatura escrita de una lengua sólo hablada y tosca. Ni uno solo de sus paisanos vulgares se reconocía en aquella creación. Sólo unos cuantos pequeños intelectuales provincianos, con los que creó varias revistas y hasta una academia de lengua friulana. El delirio llegó al punto de defender una autonomía del Friuli dentro de la República Italiana de la posguerra.

Su primera religión fracasó y abrazó la más pujante del comunismo, dejando atrás el nacionalismo friulano, que lo condenó públicamente por traidor; un cambio de credo salvador. Y la nueva iglesia, como la de toda la vida, acabaría por condenarlo y apartarlo.

Sentía viva emoción en ser comunista y reunirse con los campesinos en la sede del PC en Casarsa. Los instruía y les hablaba en su lengua; les prometía una salvación que sólo él veía, porque sólo él la necesitaba. La burguesía propietaria –a la que él pertenecía- lo temía y lo repudiaba. La iglesia de toda la vida además le amenazaba.

Nacionalista friulano o comunista, perseguido u odiado por quien fuera, siguió siempre siendo maestro de escuela, muy querido y apreciado por alumnos y padres. Como siguió enredado en busca de algún bracero que poseyera las virtudes y delicadezas que su mente proyectaba en el vulgar deseo gonadal.

Un día de la posguerra llegó una denuncia a los carabineros contra Pier Paolo por corrupción de menores. Un oído en la noche había escuchado cómo tres jovencitos se peleaban a cuenta de lo sucedido con Pier Paolo el día anterior. Eso bastó para cazarlo. Por segunda vez en su vida, el apellido P. apareció en todos los periódicos de Italia, pero el padre, ya borracho sin remedio, tuvo un momento de abatimiento y generosidad y no reaccionó contra el hijo, sino que vertió en él su más tierno afecto y lo defendió ante su madre de la acusación, pero no queriendo saber lo que sabía. La madre se sintió dolida por el descubrimiento y por la infame campaña de humillación pública que se desencadenó contra su hijo, que era sinceramente querido y apreciado en el pueblo. Pier Paolo, en su defensa, dijo a la madre que simplemente sufrió una exaltación del instinto a causa de un párrafo de Gide, pero que tal cosa no podía ser nociva, porque a Gide le acababan de conceder el premio Nobel.

La acusación y el proceso quedaron en nada, pero sirvió al clero friulano para acabar con Pier Paolo y al PCI para expulsarlo, destilando en el acta de “excomunión” la más cínica homofobia revestida de defensa de la dignidad que pudiera concebirse nunca. Los que asesinaron a Guido ahora lo repudiaban a él.

En poco tiempo Pier Paolo había enterrado definitivamente dos religiones y perdido todo asidero del mundo virginal en que quería creer para salvarse. Abandonó al padre en Casarsa y con la madre huyó a Roma, donde llegaría a ser libremente él mismo, sin religiones pero con anhelo de ellas, y con un pensamiento libre y sutil, que llegó a advertir el peligro que hoy vivimos de un fascismo sordo revestido de formalidad democrática. En el mismo lugar en que moriría asesinado –como en Casarsa, nunca se supo si por comunista o por maricón- pocos meses después, advertía ante una cámara de ello [3].

“Ahora, sin embargo, sucede lo contrario. El régimen es un régimen democrático, pero esa aculturación [4], esa homogeneización que el fascismo no fue capaz en absoluto de obtener, el poder de hoy, el poder de la sociedad de consumo, consigue mantenerse perfectamente, destruyendo las distintas realidades específicas, extirpando la realidad de los distintos modos de ser hombres que Italia ha producido históricamente de modo diferenciado. Esta aculturación está destruyendo en realidad Italia, y puedo decir sin duda que el verdadero fascismo es el poder de esta sociedad de consumo que está destruyendo Italia, tan rápidamente que no nos hemos dado cuenta. Estos últimos seis, siete, diez años han sido una especie de pesadilla en que hemos visto Italia a nuestro alrededor destruirse y desaparecer, despertándose ahora de esta pesadilla y, mirando alrededor, nos damos cuenta de que ya no hay nada que hacer.”



[1] Los autores de la masacre, conocida como l’eccidio di Porzûs, fueron juzgados después por la República Italiana y condenados. Sólo uno de ellos pidió perdón y reconoció que fue un asesinato. El cabecilla de la masacre –Mario Toffanin, llamado Giacca- vivió en Eslovenia el resto de su vida y murió en 1999, protegido por el régimen comunista yugoslavo y por el posterior estado esloveno.

[2] El friulano es una lengua ladina coetánea del italiano. Aún se habla en el medio rural. El poema dice: “La libertad, Italia / y quién sabe qué destino desesperado / te buscaba / después de tanto vivido y sufrido / en este silencio. / Tanto que los traidores en el Baitis / ya regaban de sangre generosa la nieve, / “Escapa –te dijeron- no vuelvas allí. / Y te podías salvar / pero tú / no dejaste solos / a tus compañeros al morir. / “Escapa, vuelve atrás” / y te podías salvar / y tú solo volviste allí, / caminando. / Tu madre, tu padre, tu hermano / lejanos / con tu pasado y tu vida inacabada, / aquel día no sabían / que algo más grande que ellos / te llamaba a ti / con tu corazón inocente”.

[3] El diagnóstico me parece perfecto para España hoy, pero no encuentro que, específicamente en nuestro caso, sea la sociedad de consumo por sí misma la que está abonando el fascismo sordo, sino la combinación de ésta –como lenitivo en que lo accesorio es accesible y lo necesario es inalcanzable- con el biempensantismo y la imposición obscena de lo que se debe pensar, acunada ésta en una aparente ductilidad, que no es sino laxitud de pensamiento y de rigor de la ley, sea ley de derecho o ley científica. Por así decir, podemos abrir campos de concentración si llegamos al (puto) consenso inducido de que tal proceder defiende el “bien”. Ciertamente, me parece que se tiende a la sustitución de la realidad concreta por un credo fofo y de palabras suaves –por ello más peligrosas-, sostenido en una corrupción blanca absolutamente miserable. No vendría mal que muchos se enteraran de que la laxitud ética, legal e intelectual, soportada en una gélida monotonía administrativa, ha sido el modo de funcionar de los totalitarismos, y que no precisamente en el rigor –que es para los ignorantes y los viles una férula insoportable- se pueden fraguar el desatino y la arbitrariedad bastarda.

[4] El término aculturación es equívoco, porque en italiano estricto no existe, como en español sí, significando a la asunción de la cultura de otro. Por el contexto y por el modo de pensar de Pasolini, pienso que más bien se refiera a la inducción hacia la ausencia de conocimiento y hacia el desarraigo de convicciones por falta de una propia estructura personal moral e intelectual.


(Escrito por Dragut)

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15 septiembre 2008
Superbarrio y el confort de una nueva memoria
Unos vecinos de un modesto pueblo de Cuenca me decían, vehementes, que tenían un “convento de todo confort”, como muestra más de su historia que de su patrimonio artístico. El convento del que se mostraban tan orgullosos estaba desvencijado, con medio tejado hundido y tantos desconchones como deseos de los paisanos por disponer de un pasado mítico que enseñar a los pueblos de alrededor. Era su único medio de sobresalir y hubieran echado a la fuente a cualquier forastero que dudara del valor de aquellas ruinas. Su reconocimiento por el mundo, a través de un incipiente turismo, dependía de reconstruir (no rehabilitar) aquel caserón. De inventárselo.

Nunca he oído una mejor descripción de la actual ofensiva de la memoria histórica: fabricarse un pasado “de todo confort” que te redima tanto de penurias antiguas como de incómodos usos de la razón actuales. Y dotarse de una imagen idealizada que te blinde ante cualquier análisis histórico. De ésos que se publicaban en los últimos años del franquismo y primeros de la Transición (época ahora oficial del “olvido pactado”), fuesen de hispanistas británicos o de historiadores españoles. Así que el primer y nada paradójico cadáver de esta operación de memoria es la historia. Como campaña política la memoria histórica es épica tanto por su tono legendario como por su campo de batalla: se desarrolla en todos los frentes, los tres poderes del estado, la televisión (Cuéntame, Amar en tiempos revueltos) y la prensa. Es ambiciosa y eficaz porque trabaja con el tiempo personal, induciendo un recuerdo idealizado en quienes no lo tenían y ofreciendo a los pobres de espíritu una doble riqueza, nostalgia de heroísmo e integración en un Pueblo que se resarce del olvido, todo ello sin el coste de la razón. Se explica en cuentos de hadas, que son de nadas pero que ofrecen al supuesto huérfano de la historia la satisfacción de un santoral compartido y la seguridad del calendario zaragozano.

Los principales destinatarios de la memoria histórica son, lógicamente, los jóvenes, a quienes se ofrece una libreta de recuerdos a plazo fijo, cuyos cupones irán cortando puntualmente los gestores políticos de memorias colectivas en cada convocatoria electoral. Quizás sea éste el principal motivo de la maniobra de la memoria histórica: permanecer en el poder activando en el elector los resortes más íntimos e irracionales –y, por tanto, seguros- del voto: los simbólicos y sentimentales mediante el antagonismo de imágenes y valores. Que tenga que elegir entre un miliciano impecable y un falangista invasor, entre el prestigio del perdedor y la violencia del vencedor. Y que se le ofrezcan mitos y leyendas como garantía (por ser incontrastables) de reparación personal de pasados corrientes, rutinarios, de ésos que no se pueden contar sabedor uno de su condición ordinaria. Cuando al hombre común se le ofrece una máscara, el refugio que proporciona la fama colectiva y el confort de integrarse en una leyenda vencedora, instalada en la cultura y hecha institución, da su voto gratis y por varias legislaturas, puesto que el tiempo es la principal oferta de la memoria histórica.

Nada mejor que una memoria única como garantía de un pensamiento único. “Piel ritual sobre la piel verdadera, la máscara consagra al héroe”, dice Laura Restrepo en el reportaje de acertado título Vámonos al diablo. El poder de la máscara. Pero máscara significa bufón en árabe. Y en Méjico no hay mayor deshonra para el luchador, para el héroe popular de la lucha libre, que ser desenmascarado en el combate. La cuestión es que nuestro Superbarrio, el paladín local de la memoria histórica, no tiene contrincante que lo desenmascare.

(Superbarrio con un miembro del Ejército Zapatista de Liberación Nacional)

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Unas molestas purgaciones me impiden alternar en sociedad como quisiera, así que no podré responder a sus cuitas, caso de haberlas. Además, el gobierno –tan pródigo en gasto social con sus clientes- no se ocupa de estas enfermedades de vergüenza, bajo excusa de machismo, por lo que me aplico unos emplastos de paciencia y salfumán a partes iguales, de incierta eficacia. Si hay algún galeno por la sala, que se pronuncie.

(Escrito por Bartleby)

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14 septiembre 2008
Indemnizatario









Cuando leamos y entendamos las tablas del TLP que nuestro profeta Bilosés nos presentará en breve (el mundo en vilo) quizá entendamos qué sutilezas de tipo orgánico, económico y legal llevan a titular de forma ultraprecisa: «las mujeres a los toros gratuitamente; cada mujer acompañada por una persona con localidad tendrá entrada gratuita». Donde brillan los binomios mujer-persona y entrada-localidad.



Political RealiTees

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[0] Editado por Tsevanrabtan a las 9:00:00 | Todos los comentarios 415 comentarios // Año IV
13 septiembre 2008
Lechal al horno

Un fet diferencial de la cocina española –castellana, por mejor decirlo aquí–, un paisaje modelado, como las cárcavas conquenses o las cársticas alturas burgalesas, por años de paciencia y sabiduría, es el empleo del cordero lechal en nuestra gastronomía. Y no lo es, claro está, porque en nuestro patrio solar hayan, como con exacta precisión dice el Marqués de su Zulo, atado históricamente los perros con longaniza; la madre del cordero es, como en muchos otros casos, la pobreza. Al ser tradicionalmente más cara la leche (por serlo el queso) que la carne, había que sacrificar a los corderos a tierna edad para, de tal forma, poder ordeñar convenientemente a las ovejas durante una buena temporada. Lo mismo sucedía con los cabritos, otra importante pieza de recios guisos y frites con ajo más que recomendables. Usted preguntará, con muy buen criterio: ¿y no sería posible que los tiernos corderitos se alimentaran con manjares diferentes de los lacteomaternos? No, desocupado y amable lector. El buen cordero es hijo del poco pasto, de la yerba algo reseca y dura, de la escasez. Como en las malas películas, había que elegir: la madre o la creatura. Y, claro, siempre se optaba por la madre, pignorando al retoño, bien para carne, bien para vivo. Pero a lo que vamos, que se nos está yendo el post en zootecnias. La forma en la cual asamos el cordero en esta su casa, dista mucho de la exquisita, tradicional castellana, sin más oropeles que agua y sal. Magnífico ayuntamiento: el aguasal primigenia, genética, ensamblada con el producto modelado por la aridez, las largas caminatas en busca de pasto y la más paja que grano. Nuestro lechazo es, más bien, un tojunto de cordero y patatas, con una cierta dosis de salsilla producida, esencialmente, por el propio desengrasado y deshidratado de los disecta membra del animalito.

Tomaremos una pierna de cordero, partida en cuatro hermosos trozos más su correspondiente zancarrón (exquisito manjar una vez dorado), que salaremos a conciencia, aunque sin pasarnos un ápice; no le dirá mal su poquito de pimienta. En una fuente para horno (por ejemplo, de cristal), prepararemos un blanco lecho de patatas cortadas en trasversal, como de casi un centímetro de grosor. Sobre éllas, dispondremos la carne y, en los entrehuecos, unos dientes de ajo canónico con su morada casulla, o sea, sin pelar. A ambos extremos de la fuente, unos cuartos de una hermosa cebolla, claro está que pelada previamente. Untaremos el cordero con unas porcioncillas de manteca de cerdo, toscamente distribuidas en todas las piezas y añadiremos, sorpresa que nos acerca a lo andalusí, canela molida sin pasarnos de cantidad. Para que la canela no sufra de indeseable soledad, regaremos con un chorro de aceite. Meteremos este conjunto al horno, que deberá de estar precalentado al máximo (240-250ºC) y con el grill encendido. Pasados unos diez minutos, y cuando la parte superior esté empezando ya a tostarse, daremos la vuelta a todas las piezas y hornearemos de nuevo otros diez minutos. Cuando esté bien dorado, abriremos el horno y añadiremos un generoso chorreón de buen vinagre (de manzana, por ejemplo, que es muy astur, matizado y elegante; pero valdría, igualmente, un aceto balsámico, éste para mentes más renacentistas e italianizantes en general). Dejaremos pasar otros diez minutos y añadiremos algo así como un vaso de tamaño normal de caldo de carne desleído en agua caliente, procurando que moje bien la carne y se distribuya convenientemente. Apagaremos el grill y lo mantendremos una última media hora sin más que regodearnos con los aromas que del horno fluirán irremediables al exterior, empujados por el segundo principio de la Termodinámica. Sin esperar más, no vaya a ser que el conjunto resulte en extremo entrópico, lo sacaremos de su térmica urna y emplataremos. Este monumento se deja recorrer perfectamente con un crianza ligero, aunque con fortaleza. En nuestro caso, un Corpus del Muni “Viña Lucía” del 2002 nos ayudó convenientemente a refrescar la penitencia. Rematé la faena con una generosa copa de licor de brandy “Luis Felipe”, del Condado de Huelva, un ingeniosísimo coupage de coñac procedente de destilado de Zalema que se regocija con un Pero Ximénez extraordinario.


(Escrito por Protactínio)

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