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30 noviembre 2007
Iletrados, contaminantes y antifascistas
Inaudita e inédita portada del periódico de La Secta. Aunque no hace otra cosa que acompañar al resto de la prensa, cualquiera hubiera esperado una portada con los planes del presidente Rodríguez de hacer un contrato con EL PLANETA, (el planeta Tierra, Sistema Solar, Vía Láctea, señores, modesto que es Z). Pareciera que a los amigos empresarios de Milikito, no les fueran bien los negocios en los despachos de Moncloa y hayan querido tirarle una de pedrojotización al Adolescente. En absoluto, se trata de seguir preparando el terreno a San Algor y Super Z en la búsqueda del advenimiento de la mayoría absoluta el próximo 9M, sin que se note mucho. Pero al bloguero Escolar, revenido en director de la mencionada gacetilla, se le nota todo.



Hugo Chávez , gorila rojo de Venezuela, ordenó a sus seguidores estar "alerta" porque la oposición "fascista" ha puesto en marcha planes "desestabilizadores" para impedir el referendo.

El Mundo socava la democracia, según Javier Moreno, director del diario El País.

Hugo Chavez y Javier Moreno, antifascistas rojales en español.



El 22% de los universitarios reconoce que no lee nunca un libro.




España, suspenso en ciencias. Los primeros resultados del Informe PISA de educación relegan a España un mediocre puesto 31 entre 57 países en conocimiento científico.




Yo no me llamo Viecente(sic) ni Jose(sic), provided by Lunniversia.



(Escrito por pangloss)


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29 noviembre 2007
SIN aceitunas

La cueca es una melodía argentina y chilena, como se expresa en la famosa “Dos puntas”, de Osvaldo Rocha que tan bien cantaban Los Chalchaleros: “Cuando pa Chile me voy/cruzando la cordillera/late el corazón contento:/una chilena me espera./Y cuando vuelvo pa Cuyo/entre cerros y quebradas/late el corazón alegre/pues me espera una cuyana.” En Argentina, a veces, la cueca se atempera, se melancoliza haciéndose zamba. Pero da casi igual. Lo mismo pasa con las empanadillas que hoy presento ante su severo juicio: que son argentinas o chilenas. Depende. A mí me las enseñó a hacer un chileno. Fíjense qué curioso: es el ex de mi ex. Es decir, que mi ex tiene dos exs: Waldo Salazar y yo. Pero seguimos siendo amigos, aunque él ahora haya vuelto a Chile y viva –al fín– feliz. Sin embargo, otro amigo las aprendió a hacer en el restaurante argentino donde trabajaba en Alemania para redondear su magra beca post-doctoral. Y éstas, son argentinas. Las diferencia la presencia de la aceituna y algún aliño no indumentario. Pero resultan casi iguales. Dos puntas.

Es importante en estas empanadillas hacerse uno mismo la masa. También las podemos comer con masa de empanadillas ya cortada en redondeles, de la que venden lista para recibir su relleno: no quedan mal, pero aguantan menos el trasnoche. Bien es verdad que, para comérselas frías (la empanadilla es comida muy viajera, como el pisto, la pipirrana, el bacalao rebozado o los filetes empanados), resultan algo más digestivas. Sin embargo, en caliente, son preferibles, a mi entender, las elaboradas con masa de harina hecha en casa. La preparación de la masa es muy simple: calentaremos ligeramente un vaso de agua a la que habremos añadido una cucharada de manteca de cerdo. En un bol generoso, pondremos seis cucharadas soperas de harina de trigo, medio sobre de levadura y una cucharadita de sal. Mezclaremos bien los ingredientes sólidos y añadiremos poco a poco el agua templada, amasando hasta obtener una textura adecuada. En este punto, donde la masa no debe pegarse a las manos ni al bol, la dejaremos reposar una media hora o algo más cubierta con un paño húmedo para evitar que se seque y cocinaremos el relleno. En el ínterin, cuece también un par de huevos que trocearás luego que estén duros en pedazos a tu gusto: ni grandes, ni chicos.

Las empanadillas chilenas son de carne vacuna: de roja carne hecha menudos pedazitos, como el enemigo de Les Luthiers. Vale también picada, aunque la textura final es menos interesante. Troceamos finamente cebolla (la misma cantidad volumétrica que tengamos de carne) y la sofreímos lentamente con un poco de sal, a efectos de que su punto esté a medias entre la fritura y la cocción. Cuando esté en semejante dubitativa tesitura, añadimos la troceada carne y buenas, casi enormes cantidades de comino recién molido en el mortero. Las empanadillas chilenas
deben saber a comino. No penséis, por lo tanto, que os estáis quedando cortos. Para medio kilo de carne, emplead una generosa cucharada sopera de especia. Y, si no oliese lo suficiente durante la fritura, añadid aún más. Poned también pimienta negra molida, según vuestro gusto. Cuando la carne esté hecha y haya purgado el guiso parte de su propia agua, parad y dejad que se enfríe. Esto es un punto crucial: si intentáis rellenar las obleas de harina con el guiso caliente, la ruina caerá sobre vosotros y la cereal destrucción sobre vuestra descendencia. Así de bíblico.

Ahora viene la parte correspondiente a los trabajos manuales, que es muy interesante si se dispone de una compañera copa de vino y, mejor aún, si amén de la copa se dispone de una compañera. Puede valer también cerveza, mas cereal y cereal es como comer migas con pan: que no se le ocurre ni al que asó la manteca. Tomaremos una porción de masa que tenga el tamaño de una pelota de tenis. En una mesa o un mármol (para los afortunados que posean cocinas de las de toda la vida) esparciremos un poco de harina y, rodillo en mano, procederemos a extender nuestra pelota. Es conveniente y hasta imprescindible que enharinemos el rodillo: así evitaremos deletéreos pegamientos. Extendemos la masa hasta el tamaño aproximado de un DIN-A4 o algo más y, con un pequeño cuenco de unos 16-18 centímetros de diámetro haremos el círculo, bien presionando sin más, bien repasando con un cuchillito. De esta primera hoja, saldrán dos obleas. El material sobrante lo volvemos a extender. Otra oblea. Y, de lo que sobra, una última. Es decir, de un puñado pelotero de masa salen cuatro redondas obleas o delicados discos de masa que tu acompañante rellenará. Este es otro aspecto crucial: uno hace los redondeles y otro (¡u otra!) rellena la empanadilla. No olvidemos que la cocina es preludio adecuado para más carnales empresas y que si quien hace un cesto, hace ciento, pues quienes hacen empanadillas pueden, aluego, entregarse al amor relleno. Para cada empanadilla, usa una generosa cucharada de carne guisada y añade unas porcioncillas de huevo duro. Con primor, coloca el relleno de la mitad hacia un lado; cubre con la otra mitad, y dobla artísticamente los bordes para que el conjunto quede bien sellado. Moja tu dedo en agua, aplícala con suavidad a lo largo del perímetro y verás cómo la masa se pega como si le echaras liga. Unas veinte empanadillas conseguirás de haber seguido las cantidades aquí relatadas. ¿Muchas? Depende de tu hambre, de los invitados que tengas y de otros menesteres en los que no entraré y que son propios de la compañía y de su actitud hacia los pecados de la carne (empanadillas incluídas). Puedes, en todo caso, congelar las que no vayas a emplear. Aguantan perfectamente. Fríe las empanadillas en buen aceite, dóralas a fuego medio-lento y a comer.


Sugerencia vínica.
Pues que de empanadillas chilenas se trata, un vinito de allí. No son difíciles de encontrar, por ejemplo, en Lavinia. Y a precio razonable. Por ejemplo, Valdivieso Chardonnay 2005 o Vega Eliane 2003, con cabernet-sauvignon y carmenere, el varietal chileno más conocido. Riquísimos ambos (el tinto es particularmente sabroso, cárnico y redondo), pueden valen para acompañar el plato. Y a escuchar cuecas...

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27 noviembre 2007
Paradojas del liberalismo

El paso del tiempo deja un regusto inquietante, sobre todo cuando sucede a dosis diarias, mínimas e idénticas; una homeopatía de vida que se cobra en céntimos. Mucho de ese camino mendicante tiene el paso del liberalismo por la vida pública española, siempre rechazado como seña de identidad por partidos grandes y pequeños pero utilizado como tarjeta de visita de fortuna. Y, desde luego, rechazado con contundencia como marca electoral. Como si fuera un personaje en busca de autor en una época de crisis de teatro, su influencia real en la política es la misma que la del limbo en la doctrina actual de la Iglesia católica.


Entre los muchos ingredientes que definen al liberalismo (político, por supuesto) hay que destacar una antigualla como el principio de responsabilidad. Es decir, ese rasgo distintivo que es la autonomía del individuo en la toma de decisiones sobre los asuntos que le afectan y la asunción de las consecuencias de sus actos. La oferta electoral de los partidos políticos españoles es, precisamente, un concurso para la exención de esa responsabilidad: rebajas fiscales y subvenciones al negocio y al ocio. Bicoca muy querida por el público, al cual no le importa que el efecto sea una mayor presión fiscal vía tributos impersonales y regresivos (tasas e impuestos indirectos) y una menor libertad derivada de un estrecho margen de maniobra en su oficio o afición. El respetable aprecia la sensación de prosperidad que tiene al comprar esa oferta mediante el voto. Y rehuye la responsabilidad, que sería la contrapartida que se la garantizase, incluso en culturas y religiones donde fue valor de arraigo hasta hace un suspiro: “Hicimos una encuesta no hace mucho para saber si a los ciudadanos les parecía bien cogerse la baja por enfermedad sin estar enfermos, y el 60% de los encuestados dijo que sí” (Assar Lindbeck). El Estado-subsidio se maquilla como Estado del bienestar para una representación que el liberalismo contempla como una vieja dama sin alivio de luto en palco de media vista.


(Robert Frank: Trolley, New Orleans, c. 1955)


Y aquí viene la primera paradoja, porque alguien que sabía del asunto, como George Santayana, decía que el liberalismo moderno aspira a conseguir libertad y prosperidad juntamente, frente a los antiguos, para los que eran difícilmente compatibles. Sin embargo, la prosperidad genera unas servidumbres contrarias a la libertad: “(...) la prosperidad exige desigualdad de funciones y crea desigualdad de fortunas, de suerte que el mucho trabajo y la mucha riqueza matan la libertad individual” (G. Santayana, Diálogos en el limbo, Losada, ed. 1960). Pero esa contradicción entre prosperidad y libertad es sólo aparente. La desigualdad de fortunas es un indicio razonable de éxito del liberalismo, pues es el resultado normal de los distintos esfuerzos, talentos y ambiciones de los ciudadanos, suponiendo el libre e igual acceso a la producción de riqueza, por seguir refiriéndonos a los países democráticos. [Y prescindiendo de cualquier naturaleza o destino social de la riqueza o de ese mantra compasivo cuando no interesado que es la redistribución de la susodicha]. Así que esa restricción a la libertad sólo puede proceder de la sociedad del dinero y el aburrimiento que Schopenhauer nos pronosticó con acierto. No serían tanto la desigualdad ni la especialización los obstáculos a la realización de la libertad política como la dedicación exclusiva y común al becerro de oro, en forma de trabajo y fortuna hasta mediados del siglo XX, o a los corderos de plata del ocio y la indiferencia en la actualidad. Dejar de aspirar a ser dueño de sí, de su tiempo y su destino sería para Santayana una enajenación que exilia la libertad del individuo, concepto que comparte involuntariamente con Marx y con Chaplin en Tiempos Modernos.


Para salir del atolladero y frente a la prosperidad como señal equívoca de libertad, surge el progreso como momento histórico más propicio al liberalismo: “Quizás lo que el liberalismo aspira a unir con la libertad no es tanto la prosperidad como el progreso. Progreso significa un cambio continuo hacia lo mejor, y es evidente que la libertad facilitará el progreso en todas aquellas cosas –la poesía, por ejemplo- que un hombre puede realizar sin ayuda ni intervención de otros hombres; pero donde la ayuda es exigida y la intervención probable, como en la política, la libertad lleva al progreso en la medida en que la gente quiera seguir espontánea y unánimemente la misma dirección. Ahora bien, ¿cuál es la dirección que los liberales identifican con la del progreso mismo? Para el liberal puro, el progreso debe continuar en la dirección del siglo XIX: grandes números, complejidad material, uniformidad moral e interdependencia económica” (Santayana, Diálogos). La secularización que abre la vía al progreso material no evita esa preocupante comunión de gente alegre y espontánea en dirección a la utopía. Para resolver la contradicción hay que descartar la imposición por parte del liberalismo de cualquier patrón moral que fíe la felicidad a la virtud, porque eso supondría “(...) abandonar el liberalismo y predicar la doctrina clásica de que el bien no radica en la libertad, sino en la sabiduría.” (el mismo, idem).


(Robert Frank: de la misma serie, The Americans, 1955)


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La segunda paradoja del liberalismo es la que se produce entre libertad y democracia. El liberalismo que dominó el siglo XIX significaba sobre todo libertad personal sin frenos públicos a su desarrollo, libertad como derecho y –traído por John Stuart Mill (Sobre la libertad, 1859)- rechazo a la tiranía de la mayoría sobre el individuo o la minoría, riesgo propio de la democracia moderna. Mill avisaba sobre los peligros del nuevo poder, el del pueblo: “La única razón por la que es posible ejercer legítimamente el poder sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada en contra de su voluntad es para impedir que éste dañe a otros. Su propio bien, ya sea físico o moral, no es motivo suficiente para ello.


Estaba hablando de las muchas formas de coacción, entre ellas la intelectual, que son propias de las democracias populares. Y enlaza con la sabiduría como guía moral y azote de la libertad: “No es legítimo obligarle a hacer algo o abstenerse de hacerlo con la idea de que ello sería lo mejor para él o lo haría más feliz o porque, en opinión de otros, actuar así sería sabio o incluso correcto(Sobre la libertad). Cuando la virtud y la sabiduría dejaron de estar lejos, quitándoselas a Dios, pasaron a ser vecinos paradójicos y gendarmes de la libertad.


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(Escrito por Bartleby)


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26 noviembre 2007
Ciudades in(di)visibles

Escribir de la ciudad desde la ciudad no es lo que suele estilarse en formato papel.


En fechas recentísimas dos maestros de la pluma y del florete nos deleitaban en sus blogs, a propósito de sendas urbes.

Dejó escrito F. de Azúa: “Contaba Robert Kaplan en su bello libro ‘Mediterranean Winter’, la impresión magnífica de los desolados paisajes adriáticos, opalescentes y verdinegros, la lluvia veneciana que lava los mármoles, todo ello desde un café recoleto cuando ningún turista osa asomarse al invierno marino y las olas parecen solfataras. En esos delicados momentos dejas de sentirte como un turista …”.

Venecia / Sr. Verle

Por su parte decía A. Espada: “En la hipótesis de presentarse la oportunidad moderna de viajar a Praga, rechazarla, quedarse leyendo a Egon Erwin Kisch y no coger frío”.

Praga / Sr. Verle

Venecia y Praga, Praga y Venecia… humanas, demasiado humanas. Y dos vistas no secretas, no invisibles, menos habituales quizás, pero que no cesuran mi aprehensión de ellas. Recuerdos, referencias… desde un café, desde una melodía o desde un libro.



Hubo una época en la que los escritores enfermos bajaban hasta Italia para morir de belleza. Mejor en invierno. Así August Von Platen [al que Thomas Mann retrató tal como era en el cuento ‘La muerte en Venecia’, luego autorreferenciado por Visconti], un cinco de diciembre. Allí escribió ‘Sonetos venecianos y otros poemas’, su cuaderno de viaje que empieza y termina en el alma, o sea, sin salir de Venecia. En él nos dice lo obvio: “Venecia es sólo un sueño”. Malamente pudo ser inventada por Caín, pese a Azúa.


Hubo otro tiempo de nobles sueños humanos en el que a pesar de su nomadismo y su raro arraigo, Egon Erwin Kisch escribió pronto de su ciudad incisivas crónicas como reportero en los cafés. Sus correrías por Praga aparecieron recopiladas en el libro ‘De calles y noches de Praga’, cuyas páginas revelan los distintos ambientes de una ciudad oculta, invisible para los más, pero bien conocidos, es de suponer, por este periodista furioso. Ese Espada que lee esa ciudad canalla.



Sueño o realidad, “Europa es un espacio de refugio” según Peter Sloterdijk, por ello sus ciudades han acogido a los desterrados hijos de Eva, semitas y antisemitas.

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Ciudades europeas, ¡qué buen oxímoron!
Pero si Praga sería tu mejor amiga y Venecia tu mejor amante, un tanto ajada eso sí, Berlín sería algo como tu mejor mujer, [y también en la tercera acepción de la academia].
¡Eso sí que sería una ciudad!

C. Alexander nos predicaba que “a city is not a tree”. Claro, la ciudad como árbol no, la ciudad como bosque. “Perderse en una ciudad puede ser poco interesante y hasta banal. Hace falta desconocimiento, nada más. Pero perderse en una ciudad como quien se pierde en un bosque exige un adiestramiento muy especial” dice W. Benjamín en su ‘Crónica de Berlín’ y cita a Franz Hessel como su guía de esa ciudad. También nos había dicho en ‘Historias y relatos’ que “para percibir la tristeza que emana de ciudades tan bulliciosas y fulgurantes, tiene uno que haber sido niño en ellas”. Por ello recomienda a Hessel y no a Robert Walser, a pesar de que según W. G. Sebald, en un pequeño bosquejo sobre Walser recién traducido, es Benjamín quién mejor lo comprendió y así elogió la confidente descripción por Walser de una tormenta de nieve un atardecer en Berlín.

Hessel, bastante olvidado en nuestros días [o sólo recordado por ser uno de los vértices del triángulo real luego novelado en ‘Jules et Jim’ por otro vértice, su amigo y contrincante amoroso Henri-Pierre Roché y filmado por Truffaut con una Jeanne Moreau (trasunto o remedo de Helen, la mujer de Hessel) en estado de gracia, protagonizando algunos planos excepcionalmente bien rodados, que empezaron a convertirla en un icono para una generación].

Hessel, decíamos, un verdadero flâneur que no se pierde en el laberinto de la gran ciudad, al contrario, se funde con su paisaje con respeto y lo describe con naturalismo, sin alegorías, [o sin el expresionismo de un Döblin], ceñido a la realidad material de la ciudad. Con razón Hessel nos denota Berlín como esta ciudad que siempre está en el trance de convertirse en algo diferente.

He aquí un buen ejemplo de sus ‘Paseos por Berlín’:
“La gran y amplia plaza que está enfrente del palacio, el jardín de recreo, llega hasta la escalera de entrada del antiguo museo y ésta conduce a una maravillosa isla en el medio de la ciudad. No es sólo topográficamente correcto que esta parte de la ciudad bañada por el agua protectora fuera denominada «la Isla museo». El mundo que comienza aquí con la sala de columnas jónicas de Schinkel es como el jardín de la Academia para el joven berlinés… Pero queremos quedamos en la ciudad y en la calle… Cuando estas líneas lleguen a tus manos, tal vez haya culminado la reconstrucción del museo que ha empezado Alfred Messel. Entonces podrás ver montado el magnífico altar de Pérgamon con sus dioses y sus gigantes… Pero volvamos, desde estas bellezas lejanas… La amplia llanura de esta plaza tiene también algo propio de isla y lleno de tranquilidad. De la larga fachada con su amplio portal no se distingue la presencia de nadie, espero que por mucho tiempo. La única ruptura de la tranquilidad en este sereno lugar es la catedral con sus peculiaridades…”

Berlín / Sr. Verle

EPÍLOGO:
“El señor K. prefería la ciudad B. a la ciudad A.
-En la ciudad A. -decía- me quieren; pero en la ciudad B. han sido amables conmigo. En la ciudad A. se ponían a mi servicio; pero en la ciudad B. me necesitaban. En la ciudad A. me invitaban a sentarme a la mesa; pero en la ciudad B. me hacían pasar a la cocina.” Bertolt Brecht, ‘Historias del señor Keuner’.
[B. era seguramente Berlín]



POSTDATA:
En el ínterin de esta digresión me llega noticia de otra crónica de otra ciudad B. [la de residencia de los dos ‘maestros’ citados up supra]. Se trata de ‘La ciudad mentirosa’ de Manuel Delgado en Ed. Catarata. Pero quizás estas preocupaciones no sean en este presente prioritarias.
Escribir de la ciudad desde la ciudad no es lo que suele estilarse en formato papel.


(Escrito por el Sr. Verle)

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24 noviembre 2007
Pólvora en la sangre

-Querida odalisca-panda, mientras nos deleitamos con el Uzvar que nos ofreces en esta tarde de domingo otoñal, podrías echar un vistazo a estos apuntes que te traigo, generados en el NickJournal al que mandamos nuestras crónicas y ensayos alalimonados, y los cuales mi natural inmodestia me hace creer tienen como inicio nuestra monomanía islámica. Vete leyéndolos mientras me sirvo un cazo más de compota calentita.

-Me parece muy interesante y sustancioso el referido a Khalafallha

-Escrito por nuestro bardo exclusivo entre oda y oda a la fresa…

-Qué raros sois los de ese blog… fresas en Noviembre… como no sean en mermelada… No tenía referencias del caballero, aunque sí de que una y otra vez aparecen voces críticas con el Islam desde dentro (críticas en un sentido muy laxo, porque en general son de un suavecito chocante para el revuelo que se monta). Sobre la tesis que puso a la Universidad en pie de guerra y pidiendo la cabeza del escritor, la escolástica medieval tal vez hubiera encajado el asunto con el argumento de la naturaleza superlativa de lo bello y lo bueno que es Dios, y que si tales fórmulas literarias eran hermosas y ya conocidas lo eran por haber emanado de la Naturaleza Divina, pero no tengo muy seguro que los teólogos musulmanes aprecien el jugueteo con los conceptos de emanaciones del Pleroma gnóstico (curiosamente originado como corriente por la zona de Egipto, qué útero fecundo de religiones), pues enseguida salen por medio la Sophia y el Demiurgo a ponerles de los nervios, y eso si que no, que bastante tienen los ortodoxos musulmanes con los sufíes para encima meterse en semejantes jardines.

-Jardines floridos como los que tu misma te estás metiendo, que de teología reconoce francamente que tocas de oído y con sonotone desafinado.

-“Oh Señor, aunque venenosa
sea la flor azul
Es de Tu jardín,
Y aunque 'Abdullah sea un pecador,
Es de Tu pueblo”.

Ya sabes que la mística implica una iluminación del alma que no necesita de la elaboración intelectual, así que confío en que la verdad surja de mi boca que parlotea como la de un loco de Dios disparatado y Bergamintano.

-Te dije que lo de la Pizza Mística no tenía nada que ver con hacer mandalas con los ingredientes. ¿Qué puedes añadir a lo del enlace que facilitó Neguev envuelto en una sevilleta hace pocos días?

-Fresas, servilletas… Para entenderos hay que usar una máquina Enigma y muchas sobremesas. El enlace es excelente: la transcripción del debate es un ejemplo de cómo está desarrollándose el gran debate de la modernidad en el mundo islámico (ya lo sé, es una frase repelente y cursi…) entre los que quieren quitarle la herrumbre y la roña acumulados y los que en el fondo están convencidos que si se hace eso todo el armazón se vendrá abajo, mantenido en pie el tinglado por el óxido de la forma exterior. Para ello, los neotradicionalistas (arrea con el neologismo, ¿eso es un oximorón o una barbaridad a palo seco?) no dudan en inventar datos aterrorizantes sobre las consecuencias ecológicas que perdurarán billones de años (ni que hubieran leído a San AlGorero) o retorcer los datos y torturarlos hasta que demuestren lo contrario de lo que se aprecia (¿Interpretación estadística o versioneado marxista de la historia?). En cuanto al párrafo que habla de Afganistán como un puñado de criminales y fuera de la ley que en sus propios países serían condenados a cárcel como mínimo, lo suscribo sin dudar. Realmente, parece a mis ojos que los más peligrosos psicópatas han conseguido hacerse con el poder, y sus taras mentales se han contagiado al resto de la población. Lo de la matanza y genocidio que están llevando a cabo sobre las mujeres estas bestias asesinas ya lo he comentado otras veces y va en aumento. Repito tambien que donde están los nuncamaiseros, los noalaguerra, los defensores de la mujer que callan y miran hacia otro lado porque las mujeres afganas no les parecen motivo de interés. Comme d’habitude, son las mujeres las que mas sufren en cualquier situación de crisis, y comme d’habitude hay heroínas y mártires que hacen que en medio del espanto merezca la pena salvar el mundo por sus justos. Mujeres que enseñaban a leer y a escribir a otras mujeres entre susurros para evitar que las oyeran los talibanes, como Shamira, que tal vez ya haya sido ahorcada sin que nadie diga nada. El horror, el horror… alimentado y subvencionado por los tres países que apoyan a los asesinos, es decir, Arabia Saudí, Emiratos Arabes y Pakistán. Así lo explica Orzala Ashraf, y debe de saberlo porque ella es de esas mujeres que susurran. Y lo escribe negro sobre blanco quien tiene la posibilidad, una vez analizado el tema sobre el terreno. El hipócrita puritanismo wahabita paga las facturas de los asesinos de mujeres, pero como tambien lo hace de los aviones que compra a Occidente recibe un trato de favor y se permite arrugar el morro cuando se le habla de derechos humanos.

-¿Ha mejorado en algo la situación de la mujer en Afganistán? Se supone que los talibanes eran la causa principal de su situación, y ahora no mandan, gracias a Dios.

-La situación de la mujer no era precisamente una maravilla antes de la invasión rusa, pero al menos se permitía el acceso de las mujeres al trabajo y la educación. Durante la guerra sufrieron igual que el reto de la población el suspenso de su vida normal, fuera esta la que fuera. Con los talibanes, lo poco que podían tener en derechos y posibilidades (aunque fuera restringidos a un núcleo de clase alta y urbana) se volatilizó. Ahora tienen que volver a ponerse a la faena de recuperar el espacio perdido, y el pozo desde el que salen es muy profundo. A la vista de los datos, no está muy claro que los actuales gobernantes hayan cambiado la política social de sus antecesores aunque reclamen lo contrario. El actual gobierno afgano no es precisamente un Arcontado de almas benditas, en general la situación es mala para todos los grupos sociales y no queda claro quiénes son los malos y quiénes los peores (porque buenos, ninguno hay). Oh, sí, aquí se ponen estupendos los de Amnistia Internacional contra la OTAN por las torturas que se han denunciado sobre prisioneros… llevadas a cabo por los servicios de Inteligencia afganos. Es más cómodo protestar ante un educado militar europeo en una rueda de prensa en Bruselas que asomar las narices delante de un barbudo en Kabul.

-Háblanos de Afaganistan, oh aprendiz de Clío, pero por favor no nos cantes nada ni nos tortures con tu música, asesina pero no escribas versos, envenena pero no bailes, incendia pero no toques la dhamboura.


-Más que pulsar las cuerdas seguramente acabaría rompiéndote la cítara en la cabeza… Afaganistán podría ser el país de Jano, ya que nada parece más dispar que sus dos ámbitos sociogeográficos. Mientras en las zonas de los valles y las riberas fértiles se desarrollaba una y otra vez durante la Historia una sociedad comerciante, sofisticada y más o menos afable, en las montañas se vivía del bandolerismo en la Ruta de la Seda y el Paso del Khyber. Los montañeros viven en zonas asiladas, con fuerte endogamia social y cultural, y basando sus recursos en el contrabando de esclavos (de su propia tribu si no pillaban de la ajena) y opio, así como en la rapiña que de forma habitual ejercen sobre las zonas más ricas. Los del llano, en represalia, les acosan de forma recurrente hasta sus madrigueras, donde los saqueadores hacen fuertes en zonas más agrestes, y se mantienen enriscados una temporada. Así ha sido desde que los afganos eran budistas (muy píos ellos) y aun antes zoroastristas (para eso era de la tierra, qué menos) y chamanistas (también fervorosísimos).

En todo este tiempo la principal diversión de los afganos ha sido pelearse, entre ellos o con los de fuera, generalmente a cuenta de las tres zetas fundamentales que son los pilares de la vida en los poblados: Zar, Zan y Zamin (oro, mujeres y tierra). Muy honorable todo, sí, matando con estilo, un feudo contra otro en lo que el oficial británico Curtis, allá por los años 30, llama “the Tweedledums and Tweedledees of tribal life“. Porque si alguien se ha partido la cara a y conoce a fondo a los afganos son los ingleses, que en sus épocas imperiales intentaron establecer sus asientos por la zona y acabaron dejándolos como almohadilla entre ellos y el oso ruso. A pesar de que por entonces ya circulaba el mito del noble tribal, los ingleses no dejaron de ver a los afganos como a bestiajos con espingardas, crueles y sedientos de sangre cuando estaban en posición de fuerza, cobardes hipócritas si no conseguían la superioridad. “Cuando lo británicos intentaron subyugar a los afganos, se sorprendieron al encontrar hombres tan bravos y brutales como no habían hallado antes, y tan resistentes como la ásperas montañas en las que vivían”: buena cita, que cambiando a los hijos de Albión por las tropas macedónicas podría haber servido para lo que encontró Alejandro Magno cuando estuvo por allí buscando el paso a la India.

Por esos caminos de cabras han pasado mucha gente, y por más que los afganos hagan versos con rima de sus hazañas guerreras la verdad es que casi todos le han dado con ganas. Aparte de los macedonios, que de paso dejaron una buena reserva genética en la zona, les han sacudido las chaquetas los escitas, los persas de Ciro el Grande, los hunos, los mogoles (que se la cobraron tan caras que no sólo todos los habitantes de Bamyan fueron masacrados, sino que hasta los animales domésticos y los salvajes cayeron aniquilados), los hindues desde antes de la confederación Maharata (con estos empataron algun round), y con especial entusiasmo los Sijs, que bajo el reinado de Ranjit Singh les entraron hasta la cocina en Cachemira y el valle de Peshawar, quedándose bien establecidos en las agradables y ricas llanuras y manteniendo a los insurrectos en las montañas cual si fueran talmente carneros de Marco Polo. Los ingleses, cuando aparecen, casi tienen que pedir la vez para arrearse de guantazos con los pastunes. Que les machacaron sin piedad siempre que tuvieron oportunidad: uno de los momentos mas terribles fue el paso del Khyber en la retirada de enero de 1842. Aquí no se libraron ni las mujeres ni los niños de ser aniquilados al traicionar los afganos el pacto de no agresión.

Los mangoneos, guerras, enfrentamientos y maniobras de los ingleses en tira y afloja con Rusia a cuenta del Gran Juego dicen mucho de la chapucería de los políticos ingleses. Ni siquiera la experiencia y los consejos de Lawrence de Arabia pudieron hacer funcionar las oxidadas neuronas de los mentecatos que pretendían planificar una estrategia militar en los altos del Pamir como si fuera un juego de cricket en los Banks de Cambridge, usando como mazos a los Sijs, los afganos y a quien por alli pasara de camino a ninguna parte.

Aun así, los pocos aventureros y exploradores e ingleses que por allí se pateaban el terreno, como Charles Masson, intentaron enseñar y ayudar todo lo que pudieron, conmovidos por la miseria de sus gentes, lo que por cierto no entraba en los objetivos de los equivalentes yanquis como Josiah Harlan: estos, a la que podían, los engañaban, robaban y corrompían sin ningún reparo.

-Caramba, no me compares a Daniel Dravot con uno de esos cuatreros de saldo que andan dando tumbos por el filo de la navaja, hasta ahí podíamos llegar… Por mucho que le inspirara el americano, seguro que tuvo más peso la historia de Brooke a la hora de mandar a su personaje a corretear por el Kafiristán. Kipling es ante todo un brit con pedigree.

-Pues a pesar de que los ingleses tuvieron su ración cumplida de guerra a la muyaidina, con su yihad y todo proclamada para levantar al pueblo frente al invasor, y la abundante literatura al efecto, cuando los rusos se deciden a “echar una manita –al cuello- a sus colegas afganos”, entran con mucho garbo y desfiles glorificante y acaban estrellándose con los harapientos aborígenes. Repiten los errores de los ingleses con entusiasmo, los mismos que inaguró Craso y su legión perdida en el otro extremo del imperio Parto. No sé para qué estudian en las academias militares si no aprenden de la Historia. Igual que los ingleses (y que los hunos, y que los sijs, y que los hindúes...) se encuentran con que tribus de zonas limítrofes cruzan las fronteras con alegría para echar unos tiritos, ‘just for the fun of it’, que los tratados no se respetan, que allí no existe el equivalente a "civil", que la matanza y el pillaje son lo normal en los choques. Expertos en guerrillas, conocedores de su terreno, correosos como el cuero de sus monturas, los afganos, ayudados por asesores americanos que se dedican a meter el dedo en el ojo de los soviéticos mediante intermediario, consiguen que los rusos acaben tirando la toalla. Tras el abandono soviético, los afganos vuelven a sus patrones tradicionales de lucha entre ellos, pero esta vez con armas mucho mas mortíferas, capacitados para matarse a gran escala y sin complejos (si es que alguna vez los tuvieron), convirtiendo Afaganistan en una zona de guerra sin ley, impenetrable e incontrolable. y si se aburren de matarse entre ellos, no hay problema, se buscan una excusa externa. Si no es el intento de invasión y corrupción religiosa con extrañas herejías (como las que diseñó el mogol Akbar el Grande en el siglo XIV), se levantarán a pelearse en defensa de sus correligionarios, a los cuales si pudieran les cortarían el cuello y robarían hasta los empaste de oro si nadie mirara en ese momento.

-¿Que difrencia hay entre talibales y mujaidines?

-Repartamos a cada uno en su categoría, que la organización es el primer paso de la ciencia. Primero distinguiremos a los estudiantes de religión. Estos son objeto de numerosas reformas, pero en general han sido bastante tranquilos (dentro de lo que un afgano pueda estar sin liarse a tiros con su vecino). Los estudiantes, por razones de lógica capacidad física y vulnerables psicológicamente a la atracción de los menajes de los líderes de cualquier discurso, fueron reclutados en la Guerra Fría como soldados de a pie, tropas sin más preparación que la necesaria para cargar y disparar. Otros fueron enviados por sus propios maestros religiosos para ser “acondicionados” como tropas de choque, como leemos en el relato-testimonio que recoge Bourdeax en este artículo, merecedor de una lectura atentísima. Estos estudiantes con armas en la mano se transformaron en la segunda categoría, la de los Mujahidines. Tradicionalmente, se les llama así a los luchadores contra los invasores (los que toquen en ese turno), y están rodeados aun ahora de un aura romántica de luchadores por la libertad con mucho flu. Si en su momento pelearon contra un invasor soviético que se jactaba de procurar erradicar cualquier manifestación religiosa o pensamientos alternativos (fueran los que fueran), ahora llevan tal mezcolanza en su cabeza que es dudoso saber si distinguen rusos de americanos, convencidos de que existe un Gran Plan de la Gran Conspiración para erradicar el islam del mundo y conseguir que sus fieles caigan en pecado y se condenen.

Otra categoría es la que aparece cuando los luchadores, o más bien quienes los mueven, deciden poner bajo control absoluto a las regiones controladas militarmente con fines económicos y políticos. Claro que no hace falta mucho para que los ministros de cualquier religión, sea la que sea, decidan que van a organizar la vida de los que están a su cargo hasta el último minuto, que para eso ellos hablan con Dios con línea directa. Aparecen así los talibanes, que no sólo luchan contra el enemigo exterior sino sobre todo contra el interior, es decir, los mismos a los cuales iban a proteger. De la sartén a las brasas. Los mujahidine que no entran en el juego, casi todos por considerar que sus negocietes particulares como señores del opio en sus pueblecitos no admiten socios con ideas supranaturales, se revuelven contra los mandones talibanes, y para ello ambos bandos pelean todo lo sucio que pueden. Unos y otros se dedican al reclutamiento fozoso de jóvenes y niños en las escuelas coránicas y los campamentos de refugiados.

-No es que haga falta mucho para que los más rabiosos de estos grupos decidan reunirse con ellos, mayormente vistas las perspectivas que les rodean. De estos pucheros lo raro es que no salgan todos enloquecidos dispuestos a hacer estallar el mundo en pedacitos. Si es que les quedan miembros para andar o sostener un arma: Afganistán sigue siendo uno de los países que oculta mas minas personales esperando a llevarse por los aires cabra, tractor, paseante o lo que sea que la roce.

-Los talibanes siguen siendo uno de los movimientos islamistas principales surgidos como respuesta a la desintegración de la nación-estado de Afganistán. Aparecieron como la alternativa a la secularización de corte occidental y a otros movimientos islamistas urbanos, incapaces ambas tendencias de construir una nueva sociedad civil tras la retirada de las fuerzas soviéticas en los 80, que dejó una situación de caos general que llega a su máximo desorden en los 90, especialmente después de que “los americanos hayan dado la espalda a las ruinas de Afganistán” (primero lloran porque no le dejan solos y luego porque lo hacen, vaya plan). Los talibanes imponen un régimen de terror, represión y miseria como no ha habido otro. Han masacrado a todos los pueblos y grupos sociales que mostraban alguna diferencia con “su” concepto de Islam, inclyendo a los pueblos budistas e hinduístas que aún sobrevivían en esas tierras y a los heredros de las tropas de Alejandro magno que se agarran a sus valles con uñas y dientes (y mucha mala leche).

La cuarta categoría son los yihaidistas, extranjeros que tras su paso por Afganistan como combatientes vuelven a sus casas dispuestos a seguir pegando tiros. Los líderes y gran parte de los enrolados son personas de clase media, seglares educados en ambiente no necesariamente piadosos. Estos iluminados con reloj de oro y zapatos italianos que se apuntan a salvar a la Humanidad de sus pecados suelen organizarse en grupos que dirigen ejércitos privados, recogen donativos que más parecen chantajes y se dedican con regocijo a actividades militantes y terroristas. Puritanos que todo lo justifican por el Deus lo Volt traducido en algarabía, y que se permiten incluso paradojas como apoyar a los chechenos… pero manteniéndolos a distancia, no sea que les peguen los piojos.

-Para acabar danos algo de belleza en la cual descansar nuestros ojos. Eso, o deja que acabemos con las botellas del embriagador néctar que alivia el dolor de ser mortal.

-Te diré que a pesar de todo lo que he contado de los cerriles afganos, también han tenido civilización y refinamiento asombrosos, y gente capaz de defenderlos de los invasores que los buscaban y aún de sus compatriotas destructores. Brindemos por el director del museo que salvó estas maravillas y pidamos para el buen hombre un homenaje grandioso como su hazaña merece. Brindemos por los que siguen invitando a los extranjeros para que conozcan su belleza y su historia, y brindemos (un tanto aturdidos en este punto) por un país en el cual podríamos creernos viajeros antiguos de zurrón y cayado

-… Si no fuera por los tipos malencarados que te apuntan con armas automáticas, los avisos de no salir fuera de las rutas protegidas por el ejército omnipresente, los restos de tanques y armas pesadas… Y eso que el gobierno está empeñado en sacar adelante un desarrollo turístico y vendernos eso de que es el país más hospitalario del mundo. Será por todos lo que han pasado por allí, pero no termino de ver a Genghis Khan de ejemplo de turista precursor.

(Escrito por Mandarin Goose)









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23 noviembre 2007
La pelota sobre el tejado (y su poquito de Kierkegaard)
El siglo viene muy jodido. Se las tiene aviesas con nosotros. El tema (y lema) de nuestro tiempo no es otro más que el de la desreligiosidad de las grandes culturas humanas. China (y Japón), Occidente (sobre todo Europa) y la India (creer en muchos dioses es no creer en ninguno) han dejado de temer a Dios, y eso implica graves consecuencias.

Las causas de lo anterior son diversas y conocidas. Las consecuencias, no tanto. El hecho de dejar de creer en Dios para creer en uno mismo no es moco de pavo. Ya saben (siempre estoy hablando de mí mismo) que yo sigo conservando ese arcaísmo antropológico llamado fe, pero a nadie se le escapa (tampoco a mí) que la fe pertenece al catálogo de especies en extinción. La morería parece atravesar una época de fuerte espiritualización, pero el Islam es un sumidero de escoria y miseria intelectual donde el asesinato y la destrucción resultan agradables a los ojos de Dios. Así, los creyentes no vamos a ningún lado.

De eso hablaba con mi amiga Teresa ayer, hasta hace muy poco monja clarisa de clausura (casi cuatro años). Le ha faltado fe (normal por otra parte) para "tirar" su vida por la borda. Recuerdo ahora con emoción la lectura de ciertas obras de Kierkegaard, cuando las comentábamos juntos hace cinco o seis años. Tiene cojones que los autores a los que me agarro para defenderme de ese mundo wittgensteniano que nos acecha sean en su mayoría heréticos, pero es así. Unamuno, Kierkegaard, Brentano, Bergson, Levinas... La herejía provoca soledad, y la soledad te lleva a enfrentarte diariamente a la Nueva Bestia. Debe ser esa la razón por la que nos son más "reconocibles" que los ortodoxos maestros. O tal vez el orbe católico no dé para más. Kierkegaard resumía toda su teología en que "para creer hay que querer" (¿poco viaje...?).

Así respondía el danés a la apuesta pascaliana, pero de un modo espiritualizado. Se le llama padre de los existencialistas, cuando en realidad proclama que "hay que querer". A Camus sí lo podríamos emparentar, al único. No se trata de porcentajes de acierto, ni de arrojo o valentía como en don Blas Pascal. Se trata de que "lo demás no (me) convence". Ayer, hablando con una ex-monjita de pelo raso y gorda como una peonza (ya sé a quien le copiaron las lesbianas su actual tualé), acabamos con Kierkegaard y su desesperación vital. Y es que el escritor se preguntó hace siglo y medio por las mismas cosas por las que nos preguntábamos aquellos dos veinteañeros sentados en la mesa de un pub, lo cual que tiene su mérito.

¿Qué hacer si Dios no existe y cada uno es su propio Dios? Me mantengo expectante ante esa respuesta que espero de la Nueva Bestia, la sociedad atea. Quiero ver cómo se desenvuelve el hijo sin el padre, cómo justifica que existe el mal y se defiende del mismo, cómo se erige en juez de sus semejantes por la simple "fuerza de la convención" y se arroga la capacidad de encerrar a un ser humano en una prisión e incluso hacerlo de por vida. Kierkegaard decía que la humanidad se sobrevaloraba, que sin Dios, sin esa Trascendencia, el hombre no era más que un animal muy espabilao.

Yo creo, más modestamente, que el hombre morirá de éxito. Por eso desespero, porque espero más de lo que recibo o creo recibir, porque yo también he sobrevalorado al hombre. Es esa purificación kierkeguiana la última muestra de fe "razonable" que nos queda. Quien no desespera, ha aceptado el mundo tal y como es. Está muerto para Dios, y puede que también para su prójimo.

Porque mientras los discípulos dormían, Cristo sufría. No durmamos los cristianos, no tenemos tanto tiempo. Suframos, mantengámonos en vela, intentemos frenar el Gran Tsunami Materialista. La Gran Bestia Atea quiere que soñemos, que descansemos sobre ella. Sé Dios, porque no lo hay.

No creo que el hombre sea ni dé para tanto.
(Escrito por Edgardo de Gloucester)

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[0] Editado por Protactínio a las 9:18:00 | Todos los comentarios 608 comentarios // Año IV
22 noviembre 2007
SIN receta




Allí estaremos. Obra pictórica de Arturo Marian Llanos.

El estreno de la película será el martes, 27 de noviembre a las 12.00 de la mañana en el cine del Palacio de Bellas Artes (metro Banco de España). Los interesados pueden pedir una invitación al Productor Asociado, Fernando García Alonso, en su correo: marquesdecuvaslibres@hotmail.com

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21 noviembre 2007
Tolerancia cero


Soy de naturaleza optimista, aunque parezca lo contrario y siempre atiendo con cariño los encargos que en su momento me hacía Meló y ahora Tse para participar en este foro. Escoger el tema no es siempre tarea fácil, y en no pocas ocasiones tengo que pensar más de un rato o dos para finalmente ponerme delante del espacio en blanco. Para el último encargo me había documentado sobre el Sahara Occidental, pensé hacer una crónica sobre mis viajes en cercanías y la fauna y flora que comparte el vagón conmigo, y hasta estuve tentado de frivolizar con el desuso de un artefacto en mi opinión imprescindible como el bidet.

Pero una noticia, trágica como no podía ser de otra forma, me ha hecho cambiar la entrada: la pareja de una compañera de trabajo se debate entre la vida y la muerte mientras escribo esto en el Hospital Clínico de Barcelona por culpa de un estúpido accidente de tráfico. Yo que tengo cierta tendencia a los acontecimientos con vocación de mortales (y he salido bien parado de accidentes de tráfico, de bicicleta y desmayos mientras entrenaba en medio de la montaña), estoy concienciado de que la muerte te ronda, y la espero sin temor, pero se me hace difícil que esta venga por causas ajenas a mi voluntad o a mi forma de hacer, comer o vivir. Repugno la muerte y dolor provocado directamente por el tercero. El joven (pues es insultantemente joven para lo que le está pasando) cumplía con las normas cuando un borracho (que así es como se le llama en mi idioma a quien da positivo en un test de alcoholemia) se saltó un semáforo en rojo y se lo llevó por delante. Mi formación me permite saber que el homicida no saldrá excesivamente perjudicado del trance, o por lo menos, no peor que el joven (lo mismo puede ser condenado a una pena de prisión pero no más allá de cuatro años), y si realmente no tiene empatía (lo cual queda demostrado por su forma de conducir) ni tan siquiera tendrá la pena de la mala conciencia y el peso de haber podido irremediablemente destrozar una vida más los daños colaterales.

La noticia me vino coadyuvada de otras (en este caso resoluciones judiciales) que demuestran que vivimos en una verdadera “hoguera de las vanidades”, y se pone el foco con gran alharaca en acontecimientos más o menos graves, pero que en el fondo sólo se abordan porque son noticia o pueden revertir beneficios a quien las emite. Mientras se descuida una eficaz política criminal por estúpidos prejuicios o por complejos idiotas cuando llevamos casi una generación de democracia. Se esconde a la opinión pública que la víctima en la mayoría de los casos es del mismo estrato social que el delincuente, por lo que no estamos ante un conflicto de ricos o pobres, que una política sólo social no disminuye los índices de violencia, que en general la sociedad es la menos violenta desde que el hombre es hombre (en parte por la eficacia de políticas criminales que eliminan al sociópata), que la maldad en no pocas ocasiones (y no la falta de oportunidades) es la causa del delito. Y es que se ha instalado una verdadera cultura del incumplimiento, donde desde la cosa más nimia (la falta de respeto entre vecinos) hasta la más grave (el asesinato político), tiene no pocas veces la comprensión social y de los poderes del estado. En una sociedad como la nuestra, ni el delito, ni la falta de respeto a las personas o bienes públicos o privado, ni el ataque a la dignidad de los ciudadanos puede ser tolerado, y debemos exigir de los poderes públicos y privados la máxima dureza contra los mismos. Por eso ya es hora de pedir “tolerancia cero”.



The future teaches you to be alone
The present to be afraid and cold
So if I can shoot rabbits
Then I can shoot fascists
Bullets for your brain today
But we'll forget it all again
Monuments put from pen to paper
Turns me into a gutless wonder
And if you tolerate this
Then your children will be next
And if you tolerate this
Then your children will be next
Will be next
Will be next
Will be next
Gravity keeps my head down
Or is it maybe shame
At being so young and being so vain
Holes in your head today
But I'm a pacifist
I've walked La Ramblas
But not with real intent
And if you tolerate this
Then your children will be next
And if you tolerate this
Then your children will be next
Will be next
Will be next
Will be next
Will be next
And on the street tonight an old man plays
With newspaper cuttings of his glory days
And if you tolerate this
Then your children will be next
And if you tolerate this
Then your children will be next
Will be next
Will be next
Will be next

(Escrito por Cateto de Pacifistán)

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[0] Editado por Tsevanrabtan a las 8:30:00 | Todos los comentarios 516 comentarios // Año IV
19 noviembre 2007
Una historia ctónica


Hoy martes regresa la saga ctónica tras un prolongado receso. Empecemos con cine. Hace unos años, el cineasta Neil LaBute estrenó su película Shape of things, traducida aquí como Por amor al arte. En ella mostraba un caso fascinante y brutal: un chico ingenuo y remilgado se enamora de una ctónica (interpretada por la bellísima Rachel Weisz, arriba en la foto) que le cambia la vida por completo. Por influencia de la chica, con mucha más iniciativa que él, el protagonista cambia de forma de ser, de intereses, de amigos, e incluso de aspecto físico, llegando a operarse la nariz por consejo de la bella ctónica. Al final resulta que toda la relación no era más que el proyecto de fin de curso del personaje de Weisz, estudiante d
e arte, que pretendía demostrar lo que éste puede llegar a influir en la vida de las personas. Todo el retorcido proceso pigmaliónico le es revelado traumáticamente al enamorado (y al espectador) al final de la película, cuando ella defiende en público su trabajo, que no era otra cosa que su mismo novio.

Dejando de lado no pocas diferencias, una historia parecida, en este caso real, me contó Ella cuando todavía nos tratábamos. Resulta que Ella, cuando tenía unos 20 añitos, conoció una noche a un grupo de amigotes en un bar de su ciudad y empezó a salir con uno de ellos. En realidad no tenían apenas afinidades, pero a ella le debió gustar la actitud an
imalesca del sujeto, parece que bastante macarra. Pero con quien de verdad se compenetraba era con Él, uno de los amigos del novio, con el que éste apenas guardaba parentesco alguno. Él era muy serio, aplicado, culto, vestía “como los de las Juventudes del PP” (Ella dixit) y, a sus 25/26 años, todavía no había besado a una mujer. Era muy apocado y tímido, al contrario que Ella, que “era muy echada p’alante”, pero pronto congeniaron, sobre todo a través de la vertiente cultural. A los dos les gustaba estar juntos y hablar de cualquier tema, y sus conversaciones podían durar horas y horas. Una de sus actividades favoritas consistía en coger el tren hacia la capital y pasarse el día allí viendo películas, hablando de ellas y paseando por las calles. La relación parecía perfecta, pero Ella seguía saliendo con su novio, el macarra, y Él comiéndose los mocos en su casa. Él estaba destrozado y Ella lo sabía perfectamente. Se sentía halagada por la compañía de Él y por su interés, pero, como buena ctónica, apreciaba más la testosterona de su novio. Esa relación de verse y tratarse constantemente, pero sin sexo, duró nada menos que año y medio, tiempo en el que Él cada vez acusaba más su amor no correspondido por Ella. Las despedidas en la puerta de la casa de Ella eran traumáticas para el chico; Ella veía su dolor, sus lágrimas, pero no dio un paso ni tampoco cortó la relación. Evidentemente no se le puede reprochar que no se enamorara de Él, eso sería absurdo; lo más discutible se dio más adelante.

Pasó, como he dicho, un año y medio. Él cada vez más enamorado y también dolido, resentido. Ella con el novio, pero pasando muchas más horas con Él, aunque sin permitirle ni un beso. Poco a poco Él empezó a cambiar. De forma de vestir, de comportarse, de hablar. También cambió de gustos musicales y otras cosas. Y su metamorfosis, lógicamente, se producía en la línea marcada por Ella. Los gustos que recién iba adoptando Él eran los que Ella profesaba y que, además, en ocasiones, prescribía. Como el protagonista de Por amor al arte, Él se convirtió en una creación de la pigmaliónica Ella, aunque ésta no fuera estudiante del arte ni pretendiera hacer con él el trabajo de final de carrera. Él pretendía agradarla más, hacérsele más interesante. Pero no entendía la lógica de las mujeres; no sospechaba que a una ctónica no se la satisface aceptando su criterio, al contrario. Una verdadera ctónica privilegia mucho más que su víctima mantenga precisamente un elevado nivel de autonomía, porque, entre otras cosas (subrayo: entre otras cosas), es eso, autonomía y determinación, lo que más aprecian en sus parejas.

Ya digo que Él fue cambiando, pero no Ella, que siguió siendo la misma, al tiempo que su noviazgo con el macarra continuaba y Él, a pesar de todo, no tenía acceso a Ella, ni siquiera a una caricia. “Lejos de ti hace mucho frío”, le confesaba.

Pero todo cambió un día. Él ya no podía más, después de año y medio de transformación inútil en el que Ella se había convertido en el centro idolatrado de toda su existencia (Ella me reconocía que pocas veces se ha sentido más amada que entonces. Sin embargo...). Una noche, harto de todo, se armó de decisión y la besó. Nunca antes había besado a una mujer. Estaban en un bar, con el grupo de amigos, y eso implica que el novio estaba presente. Éste y Él se enzarzaron en una pelea que acabó con la salida del último del círculo de amigos. Rompió con todos, pero sobre todo con Ella, que se había enfadado mucho con el beso. Ahora Él la odiaba, no quería verla más. Como decía Fellini, refiriéndose a las mujeres, sólo se suele criticar aquello por lo que se manifiesta un cierto interés, y en este caso el odio era análogo al amor con que la había idolatrado hasta este momento. Por primera vez, después de dieciocho meses, Él montó su vida al margen de Ella. Dejó de verla y, también, dejó de desearla. Se buscó la vida en otra parte. Los resultados llegaron rápido: conoció a una chica y empezó a salir con ella. Eso lo cambió todo, al menos en lo que respecta a Ella.

Una soleada tarde, creo que de junio, Ella paseaba en solitario por un parque de su ciudad cuando vio a la nueva pareja besándose, sentados en un banco. No sabía que Él tuviera novia. La ctónica entró en erupción. “Tiene que ser mío”, debió pensar, si tenemos en cuenta lo que sucedió después. Años después, al contarme la historia, trataba de justificarse diciéndome que su súbito interés sexual por Él se debía a que éste había cambiado, de forma de vestir, de comportarse, etc. Yo no quise decir nada, pero estaba claro que el argumento no se sostenía, porque estos cambios fueron muy anteriores y, por sí mismos, en su momento, no provocaron cambio alguno en la actitud de Ella. Ahora sí se produjo un cambio, pero eso claramente tiene que ver con la capacidad sexual que empezaba a ver en Él. Ya se sabe lo competitivas que suelen ser las ctónicas con/contra ellas mismas; cuando Él se consagraba para Ella, nada de nada, pero todo cambia cuando ve que lo pierde en brazos de otra mujer. Es en ese momento cuando, casi inconscientemente, se dispara en las ctónicas un mecanismo ancestral, anclado en una dimensión prerracional y telúrica, que no obedece a criterios individuales. El caso es que en ese punto todo lo que Ella sentía por Él cambió de sentido. Creo que fue al día siguiente cuando lo abordó (o esa misma tarde, una vez que la novia había desaparecido). Él ya no estaba enfadado, y le contó a Ella, orgulloso de sí mismo, que tenía novia y las cosas marchaban muy bien. Si no recuerdo mal, esa misma tarde Ella ya lo sedujo. Me contaba, orgullosa también de su gesta: “y durante todo ese verano conseguí que él le pusiera los cuernos a su novia”.


Al final del verano los dos se convirtieron en novios, rompiendo con sus respectivas parejas. Fueron felices durante muchos meses. Una felicidad envidiable, por lo que Ella me contaba. Mucho sexo, complicidad, cariño, respeto. Pero el alien gigeriano que lo iba a destruir todo ya se había introducido en las tripas de la relación. Él la amaba con locura, pero el año y medio de humillaciones y desprecios que había sufrido sometido a la ctónica no podía borrarse. El odio acumulado era demasiado grande, y al final pudo más que el amor. Cuando la relación parecía ya asentada, comenzaron los problemas. Él le fue devolviendo, aunque de forma inconsciente, todos y cada uno de los golpes que había recibido de Ella durante meses. Llevados por un impulso mimético que era más grande y poderoso que ellos y sus voluntades, ambos cayeron en una espiral destructiva que acabó arrasando toda la relación. No entraré en detalles, pero la parte final de la historia es sórdida y escabrosa. Todo lo que Él había aprendido en manejos ctónicos lo utilizó y aplicó contra Ella, con resultados letales. Se amaban, pero se acabaron destruyendo casi sin darse cuenta de ello. Una historia trágica.

Llegó la ruptura inevitable y el trauma para Ella, que tuvo que ser tratada por psicólogos y psiquiatras durante unos tres años. Ahora era Ella la que padecía el vértigo del frío lejos de Él. Un derrumbe casi total, una derrota que bordeó lo definitivo. Tras mucho sufrimiento, superó el trauma y desde que le dieron el alta hace vida normal. Pero seguramente nunca llegó a recuperarse del todo. Esa idea me quedó tras mi experiencia con Ella. Me gustó conocerla, aunque reconozco que más me gustó perderla de vista.

Para quien haya llegado hasta el final de este historieta, el Nickjournal les regala a cada uno un bonito ejemplar de la divina Muñeca System (1), esa joya que acabará algún día con las retorcidas ctónicas rompehuevos. ¡¡Aleluya por Muñeca System, hermanos!!:



(1) Para pedidos, remítanse a los administradores del blog, que me consta son personas generosas y más pudientes que el mismísimo Marqués de Cubaslibres.


(Escrito por Horrach)

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[0] Editado por Bartleby a las 15:13:00 | Todos los comentarios 393 comentarios // Año IV
Lucha de titanes
A muy pocas personas les ha sido dado formular una teoría para más tarde rebatirla mediante la escritura de su contrario. Lo normal es que vivamos de prestado, sin ideas propias, por más que la opinión del momento insista en lo contrario. Algunos logran, tras arduo trabajo y sinsabores, exponer una débil sistematización de pensamientos dispersos. Otros hay que logran dar forma más o menos decente a sus no tan originales ideas. Pocos, apenas unos elegidos, son capaces de dejarnos algo original. Casi ninguno ha sido capaz de torcer su propio tiempo dos veces, la segunda con una genial refutación de lo que con anterioridad había escrito.

Samuel Taylor Coleridge lo logró, como quien acostumbra a ello todos los días, pues su titanismo intelectual no se encontraba aún corroído por la decadencia, aunque sí por la pereza y la falta de voluntad que lo atormentó toda la vida.

Ya se conocían, él y Wordsworth, cuando en Alfoxden vieron la posibilidad de publicar un libro con poemas de los dos. Ya habían compartido el entusiasmo por los jacobinos franceses y la desilusión por la derrota que había tomado la Revolución. En sus poemas y diarios queda el registro de los años en que según dijo, se despertó la elocuencia, y él se sintió llamado a montar una comuna en Estados Unidos junto con Robert Southey y alguno más, proyecto que como tantos otros suyos, ni siquiera llegó a iniciar. Pero a mediados de 1798 en el oeste de Inglaterra, entre la colinas de Quantock, no muy lejos de Bristol, Wordsworth y él decidieron el destino de la poesía moderna británica (y aquellas dispersas por el mundo cuyas corrientes subterráneas provienen de las Islas) al ponerse a trabajar en las Baladas líricas. Buscaba simplemente costearse el viaje a Alemania, y publicaron un libro con poemas y baladas, como les gustaba diferenciar, y un pequeño prólogo que justificara la aventurilla, sin pensar que estaban revelando el fundamento poético más persistente de los últimos siglos. En el Preludio Wordsworth describe aquellos días como felices y fructíferos. Coleridge no indica lo contrario en sus diarios, aunque sí que deja claro que ambos sabían del riesgo que conllevaba una separación tan radical de los gustos poéticos del siglo XVIII. Es un momento dulce para Coleridge, ya en la cumbre, en la que tan poco duraría, casado con Sara Fricker y enamorado de Sara Hutchinson a partir 1799 -- a quien dedica los poemas a “Asra” --. Como era costumbre en él, el tiempo transcurre y él no acaba ni el prólogo ni los poemas, vagabundea por Inglaterra de Londres a Bristol, pasando por cualquiera de las casas de sus amigos, quizás porque se sabe dueño de una tremenda fuerza poética que dará sus frutos en cuanto se ponga a la tarea, como así fue.


En 1815, Coleridge, que ya se ha peleado con Wordsworth, al igual que con tantos otros, y sorprende la volatilidad e incapacidad para mantener amistades masculinas, inicia su último esfuerzo titánico, la redacción de Biographia Literaria. Una vez más necesita dinero, acaba de dejar atrás una gravísima recaído en el consumo de opio, y duda de su capacidad para esforzarse durante un período prolongado.

Le dicta a John Morgan la Biographia (en sus años felices había dictado a Asra sus artículos para The Friend). Esa escritura en parte oral confiere al libro un ambiente cálido, conversacional, de amigo que acompaña con su verborrea inteligente, errática y nunca pedante. Los estilos se van sucediendo y repitiendo según el humor de Coleridge y cubren desde la apología melancólica hasta el tono jovial de los recuerdos de juventud sin olvidar el crítico y brillante. La biografía es un recuerdo de su vida, con sus claroscuros, sus pasiones y sus caídas. Pero es sobre todo el más amargo desmentido que tuvo que hacer de su temporada con Wordsworth, en cierto sentido su maestro, en otros tantos, su compañero poético. Pero también dos veces el traidor.

Como fue frecuente en la vida de Coleridge, el plan trazado en los inicios, lo fue alterando cuantas veces lo consideró necesario conforme la obra iba creciendo. Lo que iba a ser un mero prólogo para uno de sus libros de poesía, Sibylline Leaves, terminó como el tratado de poética más grandioso de la época no sin antes haber sido una autobiografía. La escritura desorganizada, las presiones por parte del editor, los interminables días dictándolo y corrigiendo apresuradamente los manuscritos, reelaborando lo que poco antes había afirmado para negarlo, matizarlo o complementarlo, dan cuenta del entusiasmo, su último entusiasmo, que lo empujaba a continuar, y que hace del libro algo caótico, no desde luego la exposición detallada y ordenada de sus ideas que esperaríamos, sino sucesivas divagaciones al modo en que habría tenido cuando años antes paseaba solo o en compañía de Wordsworth por los lagos.

Coleridge se sintió traicionado dos veces por su amigo. La primera con ocasión de la segunda edición de las Baladas líricas en 1800. Pasaba por uno de sus frecuentes momentos de apuro económico y vio la posibilidad de un renacimiento a partir de lo que había sido un éxito literario dos años atrás. En Grasmere, residencia por entonces de William y su hermana Dorothy, Wordsworth consigue que el mismo Coleridge renuncie a publicar Christabel, y que las Baladas aparezcan firmadas solo con el nombre suyo.

Lo había utilizado como consejero, primer lector de sus poemas, inspirador de su teoría poética, para desplazarlo en cuanto dejó de servirle y empezó a molestarle. Coleridge tardó en darse cuenta de cómo su amigo lo había manejado. Es difícil hacerse una idea clara si no tenemos en cuenta la necesidad que Coleridge tenía de alguien como Wordsworth, de los paseos que compartieron por la zona de los lagos, de las confesiones poéticas, del cariño que le tomó. Pero un Gran Poeta ha de serlo a pesar de todo, y ese todo incluye quitar de en medio a quienes fueron sus amigos si es necesario. O a traicionarlos dos veces.

La segunda vez fue en Coleorton en 1807. Sara vivía allí de forma casi permanente desde que su hermana Mary había contraído matrimonio con Wordsworth. El 27 de diciembre Coleridge se enfrentó a Sara y Wordsworth. El hecho no quedó nunca bien aclarado, pero por lo que da entender Coleridge en sus diarios, encontró a los dos en la cama de Asra. Esto lo escribe varias veces a lo largo de varios años, algunos bien lejanos de aquel momento, aunque siempre bajo la sombra de la dudosa percepción de la realidad mediatizada por el opio. En esos días, Asra, Coleridge y Wordsworth mantenían unas relaciones joviales en las que el coqueteo no estaba ausente. A Wordsworth, seguro de sí mismo, aquello no le causaba ningún problema. A Coleridge, consciente de que Asra nunca sería suya ni moriría en sus brazos -- como soñó aquel otro -- y cada vez más suspicaz del éxito poético de su amigo, la intimidad y confidencias de Asra y William le debieron causar resquemores por no hablar de celos. Lo cierto es que a Wordsworth no le importó quedar una vez más por encima de su amigo, y ni siquiera se molestó en desmentir las acusaciones de Coleridge (y eso que pensaba dejarle leer el Preludio para que le hiciera las correcciones y anotaciones pertinentes.)

No es de extrañar que así las cosas, Coleridge, intuyendo que el de 1815 iba a ser su último golpe de lucidez, se decidiera a escribir su refutación de Wordsworth. La sensación, sin embargo, que el lector saca cuando acaba el libro es que Coleridge se ha dirigido únicamente a su antiguo amigo, quien tanto había aprendido de él y a quien tanto debía a su vez, y que su presencia revela la potente fuerza que emanó y de la que Coleridge nunca logró zafarse.

Propina:

Aunque no se debe hacer, y menos con una entrada tan extensa como esta, me permito el lujo de relatar otro episodio de la vida de Coleridge, esta vez la de su competencia con William Hazlitt, un mozalbete radical, genial, de pluma afilada y ácida sorna.

Hazlitt había sido amigo y en cierto sentido discípulo de Coleridge, pero terminó separándose de él. En 1810 Morgan invitó a Coleridge a que impartiera unas cuantas conferencias sobre Shakespeare y Milton en la Philosophical Institution, de reciente creación. Entre los asistentes (además de la pandilla: Morgan, Lamb, Crabb Robinson y Godwin) se encontraban Hazlitt, Humphry Davy, George Dyer o Lord Byron. Faltaron, sin embargo, Percy Bysshe Shelley y John Keats. Entre las conferencias a las que Hazlitt asistió está la famosa en que Coleridge habla de Mercutio. Pero, aburrido de tanta cháchara, pues le acusó de vago, impreciso y dubitativo, inició una sesión alternativa en el Russell Institute, muy cerca de donde Coleridge se dejaba todas las noches la piel aun a riesgo de aumentar lo que debía ser una úlcera importante. Tanto Coleridge como Hazlitt tenían informantes que les ponían al tanto de las proezas del rival. Durante una cuantas tardes, a eso de las 7:30 los londinenses fueron testigos de un combate, un duelo dialéctico, entre dos de los talentos literarios más impresionantes de la época y de la historia habría que decir, sin exagerar lo más mínimo. El gran hombre de letras, poeta reconocido alcanzable solo por unos privilegiados, con una erudición tan brutal que le excusaba de llevar escritas las intervenciones en las que se paseaba lo mismo por la poesía griega, que por la filosofía idealista alemana, por la religión y los neoplatónicos de Cambridge que por la poesía de sus contemporáneos, cuando no arremetía contra las teorías políticas de Godwin, que habían sido las suyas en toros tiempos, tuvo como competidor al jovencito imberbe pletórico, atrevido y lenguaraz, ya con pleno dominio de un estilo agresivo, punzante y sutil, de quien iba a ser el futuro sin apenas tardanza.

Incitaciones
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- Richard Holmes: Coleridge: Early Visions, 1772-1804.

- Coleridge: Darker Reflections, 1804-1834.

- William Hazlitt. The Spirit of the Age.

(Escrito por Garven)

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